El balneario de nunca acabar

En Vilagarcía, siempre hay algún edificio abandonado que no parece tener solución


redacción / la voz

El 17 de julio del año 1888, se publicaba en la Gaceta de Galicia la crónica de la inauguración del flamante balneario de la playa de A Concha de Vilagarcía de Arousa. En el artículo, el reportero refería admirado la belleza chinesca del edificio, el espacioso restaurante con mesas de mármol, la máquina eléctrica, construida en los talleres vilagarcianos de Alemparte y capaz de dar luz a 50 farolas. La crónica seguía describiendo las 60 habitaciones de la casa de baños, el gabinete de lectura, el tocador de señoras, el mirador, el billar romano y el elegante salón central amueblado con cómodos divanes, cortinas suntuosas, vidrieras, piano... Un magnífico balneario para recibir baños de pila, de placer, de algas y medicinales.

El 13 de noviembre de 2018, es decir, 130 años después de la crónica de aquella inauguración, dos redactores de La Voz de Galicia publicaban un reportaje contando su visita al balneario del parque de A Compostela, heredero de aquel de 1888, pero la descripción era bastante diferente: acababa de morir un sintecho en su interior, había desperdicios en el hueco de las escaleras y junto a las cristaleras, envases vacíos, puertas viejas almacenadas y hasta el tablero de una canasta de baloncesto.

Leer en 2018 el reportaje de Antonio Garrido y Serxio González te provocaba una tristeza tan honda como te maravillaba leer la crónica de la inauguración del emblemático balneario en 1888. Pero Vilagarcía es así: la ciudad de los edificios emblemáticos abandonados y de la memoria sentimental marcada por aquel período, a caballo de los siglos XIX y XX, en que fue calificada como la Niza española, la San Sebastián gallega o, en fin, la perla de Arousa.

Llegué por primera vez a Vilagarcía un 3 de septiembre de 1981. Era miércoles y venía a tomar posesión de mi plaza de profesor. Acababa de sacar las oposiciones en Madrid y cuando tuve que escoger plaza, lo hice atendiendo a las fotos de una enciclopedia de las ciudades y pueblos más bellos de España que mi padre tenía en su biblioteca. Era el primer opositor en elegir así que tenía ante mí una decisión importante: me iría a vivir al lugar que quisiera. Como era muy joven, deseaba conocer mundo y no había gozado de ningún Erasmus ni nada parecido, decidí establecerme en algún lugar alejado, bonito y con mar. Y me fijé en Vilagarcía.

En la enciclopedia de mi padre, aparecían fotos del muelle de hierro, del Casablanca, del palacete del Casino, de los palacios de A Comboa, de la playa de A Compostela con marea baja y del balneario chinesco. Ante tanta belleza, exótica y señorial a la vez, no dudé en escoger Vilagarcía, aunque no conocía aquí a nadie ni la había visitado nunca.

Aquel 3 de septiembre, al descender del tren que me traía de Pontevedra, me gustó la estación y me reconfortó el aire del mar, pero lo que siguió fue una cadena de decepciones bastante considerable: no había balneario de madera ni existía el Casablanca, la playa, con pleamar, no se veía por ningún lado, el muelle de hierro era historia y los palacios de los duques de Terranova y de Medina de las Torres, en A Comboa, parecían más bien caserones abandonados preparados para rodar una película de terror que palacios suntuosos y aristocráticos.

El taxista que me llevó hasta el Instituto de Fontecarmoa, hoy Bouza Brey, donde iba a impartir clase, me informó de que todo aquello había desaparecido y me fue introduciendo en las claves de la ciudad contándome maravillas de un pasado siempre añorado: la escuadra inglesa, los conciertos de Rubinstein y Andrés Segovia, las perfumerías vilagarcianas a las que llegaban antes las esencias francesas que a Madrid o Barcelona... En fin, un pasado fabuloso, pero un presente que me golpeaba inmisericorde a través de los ventanales del taxi porque pasamos frente al edificio Lara, un esqueleto gigante y vacío en el centro de la ciudad, y frente a las ruinas del cine Cervantes, que se había quemado cuatro años antes.

Aquel recorrido turístico me inquietó: «¿Pero dónde te has metido, a quién se le ocurre escoger destino fiándose de una vieja enciclopedia?». Menos mal que mi decepcionante paseo en taxi por la ciudad culminó en un instituto acogedor donde el equipo directivo, Elías, Alonso y Celso, me recibieron con el cariño que necesitaba un chaval pirado de 24 años que decidía dónde vivir por unas fotos.

Lo que siguió me fue congraciando poco a poco con Vilagarcía: probé la ternera gallega en el Carballinés, tomé café en el bar España, sentado en una de las inolvidables mesas de las cristaleras, dormí estupendamente en una pensión muy literaria y antigua llamada Cortegada, di un paseo hasta la playa, conocí el nuevo balneario, levantado en 1956, y empezó a gustarme Vilagarcía.

Han pasado los años y ya no están ni Elías, ni Alonso, ni el Carballinés, ni el España, ni la pensión Cortegada. El rascacielos Lara se acabó por fin y en el solar del Cervantes hay un edificio estupendo. En cuanto al balneario, ya ven, ahí sigue, esperando una solución y corroborando una constante histórica: Vilagarcía, la ciudad donde siempre hay un edificio que no se sabe qué hacer con él.

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