De Vilagarcía a Madrid en tres horas

La sociedad civil arousana tiene que luchar para que el AVE pare en la estación de la comarca


redacción / la voz

Sin puerto y sin tren, Vilagarcía sería Escarabote. Con puerto y sin tren, sería Boiro. Como tiene puerto y tiene estación de ferrocarril, es Vilagarcía de Arousa. Esta ciudad le debe mucho al puerto de interés general, pero también le debe muchísimo al tren. Y últimamente, casi tiene más importancia en su desarrollo la conexión ferroviaria que la conexión portuaria.

Si leyéramos este domingo los diarios españoles de provincias, nos llamaría la atención que en casi todas las portadas aparece alguna noticia sobre el AVE. El tren de alta velocidad moviliza, hace soñar, llena de esperanzas y marca el futuro o, cuando menos, las previsiones de futuro de las ciudades españolas. Quizás sea un sueño vano, pero el AVE tiene tanto de razonable factor de progreso como de emocional factor de autoestima. Si pasa el AVE, ¡y para!, el imaginario colectivo se ve sacudido por un suspiro de satisfacción. Si no pasa, o peor, si pasa y no para, el suspiro se torna bufido depresivo, huraño, irritado, reivindicativo...

El pasado domingo, La Voz de Arousa abría con la noticia de que Vilagarcía se caía de los cálculos del tren a Madrid para 2020 y la desazón nos agobió. No es lo mismo subirse en un AVE tranquilamente a las diez de la mañana en A Escardia y bajarse en Chamartín a la una del mediodía que tener que hacer transbordos engorrosos a la ida y a la vuelta. Para Vilagarcía de Arousa, tener una conexión directa con Madrid y llegar a la capital o volver en tres horas es fundamental. Ese detalle va a condicionar una parte del futuro de la ciudad y dedicar esfuerzos a conseguir esa parada debe ser desde ya un empeño de la sociedad civil arousana.

Cuando llegué a Vilagarcía un 1 de septiembre de 1981 para tomar posesión de mi flamante plaza de profesor, lo hice en tren. Tuve que ir en un TER a Vigo y desde allí venir en un horrible ferrobús que se bamboleaba de lo lindo. 18 días después, volvía con mi mujer, recién casados, también en tren: un expreso hasta Pontevedra y un semidirecto lentísimo, que tardaba casi una hora, hasta Vilagarcía. Si hubiera venido un mes antes, ese expreso, el Rías Baixas, me hubiera traído hasta Vilagarcía porque en verano, un par de vagones salían desde nuestra estación y enlazaban en Redondela con la composición principal, que había partido de Vigo. Era algo puntual y esporádico que un año después dejó de circular, pero era cómodo y facilitaba el viaje hasta su lugar de veraneo a muchos turistas madrileños.

Sospecho que si se sabe presionar y se manejan los datos sin apriorismos ni fundamentalismos del tipo «el AVE solo para en capitales», Vilagarcía tiene razones suficientes para conseguir que pare aquí el tren a Madrid. Porque en habitantes somos la novena ciudad de Galicia, pero en viajeros ferroviarios somos la sexta y sospecho que pronto superaremos a Ourense. Nuestros poderes son los casi 700.000 viajeros que usan la estación cada año, redondeando, 2.000 cada día. Bastantes más que en Lugo o Ferrol, que sí entran en las previsiones de paradas del AVE.

Pelear por viajar a Madrid en tres horas es pelear por la calidad de vida, por la comodidad y por el futuro de la comarca. La historia de la ciudad lo demuestra. Cuando, el 15 de septiembre de 1873, llegaba el primer convoy desde Santiago a la vieja estación de la playa de Compostela, Vilagarcía de Arousa daba un salto hacia adelante que en ese momento no se percibía, pero que dibujó un hito histórico. Vilagarcía empezó a crecer empujada por el tren. Aquel camino de hierro que entraba por Bamio y, con los años, saldría por Rubiáns camino de Pontevedra, trajo consigo no solo viajeros, sino un ramal para las mercancías del puerto, unos talleres activos e importantes donde se mantenían y reparaban las locomotoras y hasta una escuela de aprendices que se levantó en O Salgueiral.

Se construyeron viviendas sociales para los empleados de Renfe frente a la playa de Compostela y aquel tren nocturno directo a Madrid supuso la culminación de las ventajas que el tren trajo a Vilagarcía. Pero pareció como si la desaparición del expreso puntual a la capital marcara el comienzo de una etapa de declive ferroviario. A mitad de la década de los 80, cerraba el colegio de aprendices de Bamio, donde se preparaban los hijos de los ferroviarios, que eran educados por los salesianos y cobraban un sueldo interesante desde los 18 años con internado gratuito y trabajo seguro en Renfe al acabar. De aquel tiempo, perduran muchos matrimonios entre antiguos aprendices y muchachas vilagarcianas.

Aquella etapa negativa remató con el cierre en 1992 de los talleres de Renfe, lo que suponía la pérdida paulatina de 150 puestos de trabajo (según se retiraban o trasladaban, nadie los sustituía). Fue ya en el siglo XXI, cuando la llegada del tren de altas prestaciones entre A Coruña y Vigo revitalizó ferroviariamente la ciudad, convirtiendo el trayecto Vilagarcía-Santiago en el tercero más utilizado de Galicia. La visita del ministro Ábalos y su silencio sobre la parada del AVE a Madrid en Vilagarcía suponen un aviso: o espabilamos o perderemos el tren.

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