Vilagarcía es Recuna en bicicleta

Demasiados vilagarcianos siguen soñando con la ciudad inglesa que fue


redacción / la voz

Sucedió el año del Casón, aquel carguero panameño que embarrancó en la costa de Fisterra muriendo 23 de sus 31 tripulantes. El mismo temporal que provocó aquella catástrofe, hizo de las suyas en Vilagarcía ese sábado 5 de diciembre de 1987. El lunes siguiente, fui a Correos. Eché una carta en el buzón exterior y entré a la oficina. Mientras me buscaba un envío, Cachucho, el funcionario, un señor encantador de pelo canoso, me preguntó si había pasado miedo el fin de semana. «El vendaval debía de pegar fuerte en su casa porque usted vive en lo que en Vilagarcía llamamos El Callejón del Viento», me dijo.

Efectivamente, habíamos pasado miedo en casa. Nos habíamos metido en una habitación interior porque la que daba al puerto amenazaba con salir volando en cualquier momento. Yo vivía en Juan Francisco Fontán, esquina avenida de la Marina, en el edificio Arealonga, justo encima de la farmacia de Pilar Martínez. Es decir, en El Callejón del Viento. Cuando, unos meses después, empecé a escribir artículos en la edición de Arousa de La Voz de Galicia, tuve claro desde el primer momento cuál sería su encabezamiento: El Callejón del Viento.

El año del Casón, en El Callejón abrían la librería de Pampín, el hostal Garabán y creo que ya estaba la ortopedia. Además, había un solar ruinoso donde anidaba una lechuza y a un par de metros, cortaba el pelo Pepete, el peluquero más entrañable. Han pasado 31 años, el hijo de Pilar Martínez, la farmacéutica de debajo de casa, es mi vecino en Cáceres y hoy vuelvo a El Callejón del Viento, pero algunas cosas han cambiado en Juan Francisco Fontán. Siguen Pampín y la ortopedia Pedicor, pero donde no había ningún bar, abren un local de tapas y otro de gintonics. Se puede comprar pan en Xeve, lanas en Marga y ropa cool en LA 29. Donde anidaba la lechuza, alquilan karts a pedales y donde estaba el Garabán, vende Teté unas joyas preciosas.

Si quiero echar una carta, iré a la antigua oficina de Correos y estará cerrada, al igual que el California, donde tomaba café Amancio Ortega con sus empleadas, cuando solo había Zara en A Coruña, en la calle Rey Daviña de Vilagarcía y en un par de ciudades más. Aunque lo peor es que no podré echar esa carta como se hace en Vilaxoán, en As Pistas o en cualquier ciudad de España porque en la nueva oficina de Correos de Vilagarcía no tienen lo sustancial: un buzón. ¿Dónde se ha visto que en Correos no haya buzón?

A pesar de estos cambios, hay cosas que parecen grabadas a fuego en el imaginario colectivo de Vilagarcía de Arousa. La principal es la nostalgia de la gran ciudad que fuimos. A pesar de un presente envidiable, que atrae a forasteros y los atrapa, los vilagarcianos siguen empeñados en que cualquier tiempo pasado fue mejor y cualquier cambio es horrible. La peatonalización de la Plaza de Galicia ha levantado tantas ampollas que todas las personas a las que he comentado que volvía a El Callejón del Viento me han pedido que opinara no sobre el paro juvenil ni sobre las listas de espera en la sanidad pública, sino sobre la plaza de Galicia y su fuente.

Me encanta la plaza peatonal, me encanta que los planes para hacer una ciudad más sostenible y paseable no dejen de presentarse y ejecutarse y me encanta Vilagarcía, pero si se fijan, junto a la modernidad de la plaza, una exposición fotográfica recreaba la Vilagarcía de principios de siglo, aquella en la que el mar llegaba hasta la iglesia y los muelles y balnearios de madera regalaban prestancia. En la misma plaza, otras fotos nos recuerdan los tiempos gloriosos de Almacenes Bobo y hasta hay rutas guiadas por la Vilagarcía British que cuelgan el cartel de no hay billetes en cuanto se convocan.

Esto no es nuevo. En la Navidad de 1989, el alcalde Rivera Mallo nos felicitó las fiestas con una imagen de la Vilagarcía del siglo XIX. Dos años después, era el alcalde Javier Gago quien volvía a felicitarnos la Navidad y a desearnos un próspero 1992 con una foto de la Vilagarcía de principios del siglo XX. Nostalgia en vena ya en los 80.

Las Cenas del Callejón

Han pasado 31 años desde lo del Casón. En este tiempo, un grupo de bares crearon el marbete Los Pubs del Callejón del Viento y un grupo de amigos celebra cada año Las Cenas del Callejón. La ciudad ha crecido, el comercio y la hostelería se han modernizado, el centro es para los peatones y no hay forastero que no alabe la calidad de vida de Vilagarcía. Pero seguimos soñando con la Vilagarcía que fue y frunciendo el ceño ante la Vilagarcía que es. Bienvenida sea la actitud crítica, pero para que entiendan lo bien que se vive aquí, les bastará con fijarse en cómo se conservan los tres alcaldes clásicos de Vilagarcía de Arousa: Recuna, Rivera y Gago. Los tres lozanos, los tres juveniles, los tres asombrando por su donosura y su madurez bien llevada. Vilagarcía tiene que ser José Recuna pedaleando en su bicicleta, sin parar, sin mirar atrás, sin melancolía, infatigable, seguro, feliz...

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