Vilagarcía recupera su Festa da Auga

El Punto Lila registró una denuncia por agresión sexual al filo de las diez de la mañana

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a. g. daniela de amorín
vilagarcía / la voz

La contemplación de la estación de ferrocarril en la sobremesa del 15 de agosto suele deparar interesantes semblanzas sobre los divertimentos preferidos de las generaciones más jóvenes. La Festa da Auga de Vilagarcía constituye un reclamo poderoso para la chavalada de cualquier rincón de Galicia. «¿Cómo es que hace este calor», se preguntaba el miércoles por la tarde una chica, nada más desembarcar en la capital arousana. «Es que estamos en el sur», respondió su compañera, delatando que su latitud de origen se acercaba más a Estaca de Bares que a Serra de Outes, por la que preguntaban, de buena mañana, un grupo de supervivientes de la noche. «¿Outes onde estará?». Solo respondió un tipo moreno, que saludaba al bus que une Carril y Vilaxoán: «Por alá», dijo, señalizando hacia O Barbanza o por ahí.

La Festa da Auga y su noche previa no estuvieron mal. El personal del servicio municipal de Emerxencias e Protección Civil y los agentes de la Guardia Civil que no es que sean muchos ni abundantes, pero hacían lo que podían, subrayan que el ambiente, dentro de lo que cabe, no estuvo mal. Nada de grandes cristos, más allá de algún que otro descontrol con la ingesta alcohólica. La playa se internó en la noche repleta de personal en fase de botellón, pero, aunque tiempo habrá para que afloren si alguno se produjo, no existe constancia de desmanes fuera de control.

Hubo, de todas formas, al menos un incidente que puso de manifiesto la utilidad de los servicios de atención contra posibles agresiones sexuales. El Punto Lila que funcionó durante toda la noche en la explanada del auditorio, en la plaza de la Segunda República, registró al filo de las diez de la mañana una denuncia por agresión sexual. Lo ocurrido todavía debe desplegar su desarrollo policial, pero como mínimo existe constancia de que una mujer venida de una localidad del sur de la provincia denunció que un sujeto de su mismo municipio le había abordado con intención de mantener relaciones con ella. La mujer subraya que se negó, pese a lo cual el individuo siguió adelante.

Más allá de este deplorable episodio, la impresión general apunta a que Vilagarcía recibió, en estas 48 horas de juerga, un aporte de gente inferior al de años anteriores. Ningún problema, en cualquier caso. En el pueblo hubo gente de sobre para poblar bares, cafeterías y pubs, ni que decir tiene que la playa de A Compostela se estiró hasta Carril como si no hubiese un mañana. Pero el arenal amaneció aseado. A las siete estaba limpio, más allá de excepciones puntuales. La estación de tren abrió sus puertas a las seis de la mañana. El equilibrio entre los viajeros que huían y los que acudían al Auga fue constante, sobre todo al principio. Y las nubes y los claros apenas deslucieron los disparos de agua. La plaza de Galicia, para conocimiento de los apocalípticos, no sufrió daños aparentes. Nadie se la jugó haciendo tonterías más allá de las vallas que instaló Ravella. Y los vilagarcianos de pro subieron a la carrera con su santo en volandas sin demasiado problema, como siempre. Hasta el punto de que alguno no dudó en exclamar: «Recuperamos nuestra fiesta».

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