La amenaza de la piqueta pesa sobre tres chabolas del poblado de Berdón

La asociación Os Castros pide una solución para los afectados por esta situación

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vilagarcía / la voz

Francisco Raúl dos Reis tiene mujer, dos hijos y una pequeña casa que ha ido construyendo con el paso de los años. Al diminuto cuerpo inicial añadió, primero, un contenedor que usa como dormitorio. Y hace unos años, apremiado por la necesidad de dar una habitación propia a sus hijos, construyó un habitáculo más. Cuatro paredes y un techo que supusieron un esfuerzo enorme y que podrían acabar, pronto, reducidos a polvo. Y es que esa parte de su chabola, al igual que otras del poblado gitano de Berdón (Vilagarcía) están condenadas a ser derribadas. «Es cosa de la Xunta; dicen que son ilegales», explica Francisco Raúl. Si se pone en marcha, es probable que la piqueta no pare tras tumbar esas tres construcciones; calculan que alrededor de una quincena de edificaciones, construidas después del 2010, acabarán condenadas a sufrir ese destino. «Todo empezó por una vecina. Una paya a la que le van a tirar la casa porque es ilegal, y entonces denunció al poblado».

La concejala de Servicios Sociais de Vilagarcía, Tania García, conoce bien un problema sin solución aparente. «Son construcciones ilegales, en suelo rústico y sin licencia. Y sin posibilidad de legalizarlas, por la proximidad de un castro», razona la edila. Su gabinete está buscando fórmulas para reconducir la situación, trabajando para poder ofertar «viviendas alternativas» a quien pueda necesitarlas. No cuenta Ravella, en este caso, con demasiada ayuda por parte de otras administraciones. «Ese fue uno de los asuntos que abordamos el otro día en Santiago, pero no nos ofrecieron ninguna alternativa», explica García.

Fran Raúl comparte esa sensación de haber retornado de Santiago con las manos vacías, sin las respuestas esperadas. Pero él no puede permitirse el lujo de rendirse. Es uno de los amenazados por la piqueta y es, también, presidente de la asociación Os Castros, constituida para intentar mejorar las condiciones de vida de las sesenta familias que residen en este poblado, construido hace alrededor de veinte años, cuando se desmanteló el asentamiento de Guillán. «La gente compró aquí terrenos y se vino. Al principio todo fue bien, pero luego las cosas se desmadraron». La aldea creció sin control, porque «nuestra cultura es estar toda la familia junta», y eso hizo que las primeras chabolas se hayan ido ampliando con añadidos de ladrillo o con remolques de camiones reconvertidos en infraviviendas.

Sesenta familias

Este pequeño mundo ha crecido oculto a los ojos de la mayoría. Quienes pasan por la carretera que une Berdón con Trabanca apenas se asoman a una realidad que se extiende mucho más allá, articulada alrededor de un camino polvoriento sembrado de desperdicios, de montones de chatarra, de vehículos abandonados y a medio despiezar. Ese es el paisaje que Francisco Raúl quiere cambiar. «No ya por nosotros, sino por los que vienen detrás», dice señalando a sus hijos, Desi y Alberto.

Hacer del poblado un lugar más habitable es uno de sus sueños. «A veces hablan de darnos pisos... Esa no es una solución para nosotros. Nosotros queremos estar juntos y además no tenemos recursos para pagar un piso. Esa no es una solución para mí; acabarían teniendo que pagarme el alquiler y el agua y la luz», razona este hombre, que hasta hace unos años tenía un trabajo estable. «Pero llegó la crisis y se acabó todo», recuerda. Ahora hace lo que puede: combina la chatarra con pequeños trabajos de jardinería y mantenimiento de propiedades. Y va tirando con la ayuda de Cáritas, cuyos responsables «nos ayudan mucho». Hasta han puesto en marcha un programa por las tardes para echar una mano a los chavales con los estudios. «A ver si alguno consigue hacerse abogado, para que sepa defendernos».

«Lo único que queremos es tener unas condiciones de vida dignas; somos personas»

Este año, los servicios municipales han cortado la maleza que crecía a ambos lados de la carretera que sirve de entrada al poblado, junto a la que aún se ven las caravanas en las que hace unos años llegaron a Berdón varias familias procedentes de As Sinas. La poda ha dejado al descubierto un sinfín de desperdicios cuyo visionado parece desesperar a Francisco Raúl. Él ha intentado organizar varias batidas para limpiar el poblado, para darle una mejor cara al lugar en el que le ha tocado hacer su vida. «Pero hay quien hace caso y quien no», se lamenta. Está seguro de que si se hiciese un esfuerzo coordinado con el Concello y se adecentase la zona, el de Berdón podría ser un poblado modélico. «Aquí no somos gente problemática. Si todo estuviese limpio, estoy seguro de que contaríamos con el apoyo de los vecinos de Trabanca y de A Torre», dice el presidente de Os Castros.

Adecentar el espacio es una de sus obsesiones. Sería una muestra de buena voluntad, señala, que daría fuerza a las reivindicaciones planteadas ante el Concello para que se dote a las viviendas de alcantarillado, y a los caminos de alumbrado público. Así que la suya es una batalla doble: para convencer a los suyos y a los de fuera. «Al final, lo que estamos pidiendo desde la asociación es algo muy sencillo. Lo que queremos es tener unas condiciones de vida dignas; somos personas». Nos habla desde la pequeña huerta de su casa, donde los lotes de chatarra que constituyen su negocio siguen un cierto orden. Quiere dar ejemplo, demostrar que las cosas se pueden hacer mejor, de otra manera. Pero sabe, con esa certeza de quien conoce el terreno que pisa, que «esto no se cambia de un día para otro». Aún así, es necesario dar un paso cada día. Y en eso está la asociación Os Castros.

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