Cuando las aceras están pensadas para todo, menos para los peatones

La Avenida de Cambados soporta un tráfico denso y continuo frente al que los caminantes no tienen apenas defensa

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vilagarcía / la voz

Parece que el sol, por fin, ha encontrado acomodo en el cielo arousano. Llega el verano, y con él se disparan las ganas de aprovechar el tiempo al aire libre. Y una de las mejores maneras de hacerlo es paseando. Claro que no siempre es fácil: hemos construido un mundo lleno de barreras. Buena muestra de esta realidad la hallamos en Sobradelo. Esta parte de Vilagarcía se articula alrededor de la carretera PO-549, rebautizada en ese tramo como Avenida de Cambados. Por esa carretera circulan, según los datos del plan de aforos de la Xunta de Galicia, más de diez mil vehículos al día. Y un buen puñado de caminantes que se ven relegados a unas aceras que, en algunos puntos, no merecen otro calificativo que el de infames.

Iniciamos el recorrido de comprobación en la rotonda en la que el vial del puerto enlaza con Pablo Picasso. Una de las puertas principales de Vilagarcía. Desde ese punto arranca la Avenida de Cambados y, con ella, unas aceras que han perdido tanto terreno que, en algunos puntos, en vez de estar construidas están pintadas sobre el asfalto. Y sobre las líneas blancas que deberían abrir paso a los caminantes, no es extraño encontrar aparcado un coche.

Son esos encuentros los que más enfadan a Alejandro y David, que llevan a sus hijos a una guardería situada en Sobradelo. Cuando van andando, empujando las sillas de los pequeños, tropiezan con vehículos y se desesperan sorteando las roturas de las losetas, o aquellos puntos en los que, directamente, estas desaparecen sin ninguna razón aparente. Si a ello se suma que desde algunas fincas la maleza asalta al caminante, no es de extrañar que llevar a los niños a la guardería se convierta en lo que algunos padres califican de carrera de obstáculos.

«Las aceras cómodas, precisamente, no son. No es la primera vez que cae una persona», cuenta Jorge, que vive por la zona. Y es que las baldosas rotas hacen relativamente fácil dar un mal paso y acabar con los huesos en el suelo. Es el caso de una mujer que nos cruzamos durante el recorrido. «Yo ya me caí tres veces. Ahora voy muy pendiente, pero aún así puede volver a pasarme».

La resignación de Jorge

Las aceras están visiblemente deterioradas. Y en ocasiones, alcanzan tal punto de estrechez que su mera existencia parece una burla para quien se mueve a pie por esta parte de Vilagarcía. En varios puntos, el paso para peatones apenas alcanza un par de palmos de ancho. Y es, precisamente en esos desfiladeros urbanos, donde han sido plantados los báculos de los que cuelgan unos semáforos. No siempre funcionan, pero todos los días obligan a algún peatón a bajarse a la calzada para poder continuar su camino. «Muy bien no están, pero ya llevan muchos años ahí», dice Jorge, resignado.

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