Pablo Crespo o la trastienda corrupta del elegante hombre del traje gris

La política en Vilagarcía aún arrastra los flecos de los tres años en los que el número 2 de la trama Gürtel dominó el PP local a su antojo

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vilagarcía / la voz

Ni es oro todo lo que reluce ni el hábito hace al monje, aunque muchos en Vilagarcía aplaudieron con las orejas su desembarco, atraídos por sus maneras desenvueltas, su aureola de ejecutivo agresivo y el respaldo sin fisuras que le prestaba el entonces todopoderoso Xosé Cuíña. Pablo Crespo, el elegante hijo de Crespo Alfaya -toda una institución en la Diputación desde los tiempos del Movimiento- que había dirigido la sucursal de Caixa Galicia en la ciudad, regresó a la capital arousana en 1996 con un mandato bajo el brazo: deshacerse del hasta entonces prohombre del PP en la plaza, José Luis Rivera Mallo, y abrir una nueva etapa en la formación de la gaviota. Un año después de su primera condena vinculada a la trama Gürtel (en el 2017 le cayeron trece años y tres meses por los contratos de la Generalitat valenciana en Fitur), Crespo vuelve a estar en el candelero. O en el candelabro, que diría Sofía Mazagatos, o tal vez Marta Sánchez, también de perfecta actualidad a raíz del feroz arreón patriótico que la domina y ha hecho de ella la perfecta letrista de un Albert Rivera que asegura ver únicamente españoles allá donde va.

Como el líder de Ciudadanos, que no parece ser capaz de distinguir empresarios de trabajadores, poderosos de oprimidos, más allá de su adscripción rojigualda, tampoco el grupo de empresarios principales que apadrinaron el empoleiramento de Pablo Crespo en Vilagarcía quisieron profundizar bajo el impecable traje gris que tan bien vestía, el perfecto corte de su pelo cano y las feromonas de poder que desprendía. «Lo apoyamos mucho por esa imagen», reconocía hace algunos años uno de los militantes del PP que lo acompañaron en la ejecutiva local conservadora, que Crespo presidió entre 1997 y 1999 mientras ocupaba escaño en Santiago y desempeñaba la secretaría de organización de la gaviota en Galicia.

Cuando cayó en desgracia, tras la calamitosa gestión de las municipales del 99, Crespo dejó mangada a gente como Bouzas y Coello, que se jugaron el tipo por él, para abrazar Madrid y las empresas de Francisco Correa. Eso sí, conservó su vocalía en Portos de Galicia hasta que el bipartito lo fulminó en el 2005. Aquello queda atrás en el tiempo, pero los populares vilagarcianos aún arrastran los flecos de sus tres años de ordeno y mando. Al fin y al cabo, los independientes de Rivera nacieron de sus decisiones.

Aunque la sentencia no es firme, Crespo acaba de ser condenado de nuevo. A 37 años y medio de cárcel por la primera época de la Gürtel. Si alguien hubiese reparado en las reuniones que él y algún poderoso sujeto con altísimas influencias urbanísticas en Madrid celebraban en el puerto deportivo, allá por el 2001, todavía tendría los pelos de punta. Eran verdaderos encuentros entre escualos que olfateaban el dinero. Sus risas metían miedo.

Los encuentros entre tiburones en el puerto deportivo, allá por el 2001, metían miedo

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