Tan gallego como el «depende»

Trabaja en el Mexillón de Galicia, dedica tiempo a tocar el clarinete y se siente en esta tierra como uno más

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vilagarcía / la voz

Su nombre debería pronunciarse con una erre gutural, salida quién sabe de dónde. Pero Ren Shiang Lee sabe que no se pueden pedir imposibles: tras catorce años aquí es incapaz de pronunciar nuestra erre fuerte, vibrante y alveolar, así que considera «normal que la gente de aquí no pueda decir bien Ren». Tras ese nombre falsamente sencillo se esconde un hombre afable. Un científico cuyo trabajo resulta fundamental para el sector del mejillón gallego: él es, junto con Ángeles Longa, el padre del descubrimiento del ADN del mytilus galloprovincialis. No es cuestión baladí: desde su hallazgo, el sector ha podido emprender una batalla legal contra los falsos mejillones gallegos.

Ren Shiang vive a caballo entre Vilagarcía y Caldas. Trabaja en el laboratorio del consello, comprobando el contenido de cada lata de mejillón que ponen en sus manos. Y reside en Arcos da Condesa, un rincón pequeño y apacible en el que él y su mujer construyeron una casa de madera que, cuando empezó a recortarse contra el horizonte, dejó patidifusos a los que iban a ser sus nuevos vecinos.

Ren recuerda con humor su llegada a la aldea. «La gente decía que yo tenía un todo a cien en Pontevedra». A estas alturas, ya todos saben que Ren no es un hombre de negocios y comercio, sino de ciencia. Que su mujer, que fue el imán que lo atrajo hasta nosotros, es una bióloga que trabaja en el CIMA. Que ella sea gallega le ha facilitado y mucho, su transformación en uno más de los nuestros.

«En Taipéi llueve, aunque pienso que aquí llueve más», relata. En esa ciudad de Taiwán empezó su camino. Luego, la ciencia lo empujó a Francia, donde conoció a su mujer. Y el camino fue girando y girando hasta que Ren Shiang Lee llegó a este país nuestro de la humedad y las brumas. Primero se asentó en Vilanova. Después se mudó a Caldas. Jamás pensó en elegir una ciudad más grande. «A mí me gustan los sitios tranquilos, pequeños. Ya viví en grandes ciudades, y no me gustan», relata.

No echa de menos el ajetreo de Taipéi. Añora, claro, a su familia, pero «ahora no es como cuando estudiaba en Francia, que me dejaba mucho dinero en llamadas. Ahora gracias a la tecnología hablamos muy a menudo». La comida no es problema. «En Galicia se come muy bien...», empieza. Aunque a su juicio, cometemos algunos excesos. «Se comen muchas patatas», dice. ¿Y el mejillón le gusta? Hace unos años, recién aterrizado entre nosotros, Ren daba una respuesta afirmativa y rotunda. Ahora la matiza. «El mejillón me gusta. Y además es muy nutritivo y saludable. Pero trabajo con él todo el día, así que no lo como demasiado», razona.

La palabra clave

Asegura Ren Shiang que está perfectamente aclimatado en Galicia. «La sociedad de aquí es muy acogedora», sostiene. Desde su llegada, no ha sentido nunca el apestoso aliento del racismo en la cara. «Solo una vez, en el aeropuerto de Londres, me hicieron sentir un poco violento», señala. Y «alguna vez, algún niño, al verme, se estiraban los ojos con los dedos y decían ‘¡un chino’, pero son críos».

Ren se queda con todas las señales que indican que es uno más entre nosotros. «En todos los congresos a los que voy me dicen que ya soy un gallego». Y relata cómo, en una de esas citas con científicos de toda España, uno de los ponentes le hizo una pregunta. «Yo le contesté: ‘Depende’, y todos se pusieron a reír y a decir que sí que ya era un gallego total. Al principio no lo entendí». Relata la historia entre divertido y orgulloso.

Con la carta de nacionalidad otorgada por sus amigos, por sus vecinos y hasta por sus compañeros de trabajo, Ren Shiang se siente más que satisfecho. Solo le falta aprender a tocar el clarinete. «¡Me puse a estudiarlo con cincuenta años!». Con el empeño que le pone, pronto será un virtuoso.

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