Las aventuras de un veterano policía ilustrado

Salvó el pellejo en Barcelona, durmió la mili en Tarifa, fundó el pub Tamboura... Emilio es mucho Miluco


vilagarcía / la voz

«Ayer convidé a Torcuato / comió sopas y puchero / media pierna de cordero / dos gazapillos y un pato / doyle vino y respondió: / Tomadlo, por vuestra vida / que hasta mitad de comida / no acostumbro a beber yo». Además de pasar con ellos cinco años interno, «amarrado al duro banco de una galera turquesa», recibiendo su ración de leña diaria, los reverendos Paulos inculcaron en nuestro hombre un verdadero aprecio por los clásicos. No es que el colegio de Marín al que llegó siendo un chaval fuese un prodigio de bondades. Pero aquel binomio de letra y sangre por lo menos le proporcionó a Emilio Redondo (Moraña, 1953) una enorme soltura a la hora de citar a Cervantes, Lope o Quevedo. También a Moratín, a quien se debe el epigrama que encabeza estas líneas. Y que está muy bien traído, por cierto, ya que de lo que se trata aquí es de hablar de comida. Del banquete digno de una boda que sus compañeros le dispensaron a Miluco el viernes, en el Forniños. Y de la tremenda fabada y el espectacular codillo que cocinó para nosotros.

Aunque años después, en Barcelona, le asaltaron las dudas y concluyó que aquello no iba con él, a Miluco lo de ser policía le viene de lejos. De un tío suyo, comisario, y de su padrino, que era inspector jefe. El caso es que empezó a preparar las oposiciones muy pronto, al acabar el bachillerato superior, con 16 años. Y las sacó a la tercera bien sacadas: «El número 20 de 500 plazas». «Ahí fue cuando dejé de estudiar, porque tenías que ser muy burro para que te echasen de la academia, que era lo que venía después, una vez aprobadas las pruebas». Su primer destino, Barcelona, nada menos que homicidios. «Era el año 74, Franco estaba vivo, era la época de Puig Antich [anarquista, el último ajusticiado por garrote en España], de la Ley de Vagos y Maleantes y sus jueces especializados, que metían a cualquiera dos meses en la cárcel alegando, simplemente, que estaba en paro; era lo que se llamaba la gandula».

Tiempo habrá de hablar de Barcelona. De momento, Emilio, hace el petate y se va a Córdoba para cumplir tres meses de campamento. De allí, a Tarifa. Exacto, toca hacer la mili, amigos. «Como no sabían donde meterme se inventaron el puesto de ayudante de furriel, que no existía, y a dormir y matar el tiempo. Con Luis Álvarez Pousa [gran periodista y profesor de Xornalismo en Santiago], que había entrevistado al capitán Fortes, el de la Unión Militar Democrática, y se chupó la mili con treinta años».

Licenciado y hecho un hombre, de acuerdo con los castrenses cánones de la época, Emilio se reincorpora a la policía en Barcelona. «Entonces era una ciudad mucho más abierta que Madrid. Allí llegaba la Sexta Flota y se engalanaba el barrio de las putas, welcome marines, los gais paseaban a pecho descubierto, era mucho más permisiva, más cosmopolita». Con todo, el asunto no acaba de convencerle y al año y medio pide una excedencia para irse a Santiago, a hacer magisterio. «Compostela fue un mundo nuevo, todas las noches había movimiento». Mano a mano con dos compinches, el cantautor Luis Emilio Batallán y Pepe Caamaño, un psiquiatra ya fallecido, monta el legendario pub Tamboura, el auténtico. «Como dijo Pepe Blanco cuando era ministro, tengo estudios de magisterio. Pero no lo acabé; en cambio hice vidriería artística en la Real Sociedad Económica de Amigos del Pais, y a eso me dediqué, porque ni Batallán ni Caamaño se tomaban lo del pub como un negocio».

Emilio se casa con Pili y regresa a Barcelona una vez más, incorporado de nuevo a la policía. Cuando su hijo Borja es pequeño surge la disyuntiva: «Pili, ou imos agora ou se o rapaz empeza a estudar en catalán e bota moza non marchamos nunca». Así que a Tenerife, siete años de Udyco, y por fin a Vilagarcía, donde ejerce como secretario hasta hace un suspiro. «¿Puedes creer que aquí llevo tantos alcaldes como inspectores jefe?», comenta Miluco [es verdad, echen las cuentas desde el 2002 y verán].

Puestos a escoger, la comisaría de Vilagarcía, asegura, «es una maravilla; cuanto más pequeñas mejor». Nada que ver con aquella Barcelona de su juventud, con sus vaquillas y sus toretes, su campo de la Bota y su barrio de la Mina. «Había muchísimos atracos. Era una época jodida. Antes no patrullabas en coche, si pasaba algo llamabas a un K (vehículo camuflado) o a un zeta (coche patrulla de toda la vida), que venían con su conductor. Un día saltó la alarma del Banco de Santander, allá íbamos, en coche, y yo le decía al conductor, sigue, sigue, acércate, pero él, que era perro viejo, frenó una manzana antes. De la sucursal salieron un grupo de etarras a tiros, un cabo primero murió, un etarra herido... Nos salvó no parar en la puerta del banco. O tipo sabía o que facía». El atraco que recuerda Emilio se perpetró el 6 de junio de 1975. Aquel cabo fue la primera víctima mortal de ETA en Cataluña. Paredes Manot, Txiki, detenido y acusado por ello, fue uno de los cinco últimos fusilados del franquismo.

Vilagarcía, en definitiva, le vino bien a Miluco para templar el pulso de cocinero y poder hacerles de comer a Pili, a Borja y a su moza, Carlota, que es lo que toca ahora. Hombre, y también para pagar alguna ronda en A Perla mientras van cayendo las historias, que allí sí, a nivel del bar, se pueden contar como es debido.

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