La apasionante historia de la Vilagarcía perdida

Juan Carlos empezó buscando fotos de su bisabuelo y, ahora, tiene una colección de 36.000 imágenes de la Perla de Arousa


vilagarcía / la voz

No resulta difícil imaginarse la historia que cuenta Juan Carlos. Empieza con un niño -él mismo- mirando una y otra vez la foto de «un señor maior, de gran porte e longa barba branca, sobre unha locomotora de vapor nunha vella estación de ferrocarril», según ha escrito. Aquel hombre era su bisabuelo, Francisco Porto, al que el mismísimo John Trulock envió a Inglaterra para aprender a manejar las locomotoras hermanas de Sara, «Sarita», la primera máquina que circuló por la primera línea ferroviaria de Galicia, que llegaba a Carril. La historia de su antepasado fascinó el pequeño Juan Carlos, que se empeñó en rastrear sus pasos en las viejas fotos que guardaba la familia.

En aquellas imágenes, doradas ya por el tiempo, descubrió Juan Carlos Porto una pasión: Vilagarcía. Una Vilagarcía muy diferente a la ciudad que él conocía. «Empecé a indagar cómo eran los lugares por los que caminaban mis antepasados» y, al principio, cada imagen lo sorprendía. «Yo nací en el año 1961, así que recuerdo el mar en la alameda. Pero ya entonces se había destruido mucho», relata Porto. La ciudad que él conocía poco tenía que ver ya con la Perla de Arousa, aquella villa que a principios del siglo pasado era «un referente del turismo en toda España, una especie de Marbella», que cada cierto tiempo era invadida por los marineros de la armada inglesa. «Imagínate, 5.000 o 6.000 ingleses que desembarcaban aquí y con los que convivíamos durante meses». Muchos de aquellos hombres llegaban con cámara de fotos, una modernidad que aquí aún no se estilaba. Así que Juan Carlos está convencido de que en cientos de desvanes de Inglaterra habrá, perdidas, imágenes de aquella localidad luminosa y amable que engalanaba la ría hace cien años.

«Si tuviese dinero, me iría un par de años a Inglaterra a buscar esas fotos», confiesa Juan Carlos. Lleva años dedicando tiempo y esfuerzo a eso, a recopilar instantáneas de la ciudad perdida. Ha logrado rescatar del olvido unas 36.000 imágenes, halladas en todos los rincones del mundo. Y no es esta una hipérbole: en sus álbumes podemos rastrear fotos llegadas de las islas Británicas, pero también de Holanda, de Alemania, incluso de Canadá. Muchas de esas viejas fotos las ha compartido con el mundo a través de varios proyectos en Internet. Y ahora, ha abordado la titánica tarea de seleccionar doscientas para construir Scenes at Arosa Bay: Vidas propias, miradas alleas, la deliciosa exposición que ayer por la tarde se inauguró en la sala Rivas Briones. La muestra estará abierta hasta el 6 de octubre. «Es una pena que no pueda estar más tiempo», dice Juan Carlos, a quien le gustaría que los alumnos de todos los colegios e institutos de la zona se asomasen a este balcón que se abre sobre nuestra historia más próxima.

Una historia que, por desgracia, se ha ido borrando de nuestra realidad, de nuestro entorno. Porque Vilagarcía es una de esas localidades que, en algún momento del siglo pasado, perdieron el rumbo y se perdieron. Aquella pequeña villa que en verano resplandecía, aquel puerto cosmopolita y moderno, fue arrasado en nombre de la modernidad y del progreso mal entendido. «Este era un pueblo muy bonito, con playas fantásticas». De todo aquello apenas quedan referencias porque, dice Porto, «aquí todos los alcaldes han contribuido a destruir. Se quiso hacer de Vilagarcía una gran ciudad, como Vigo, había unas expectativas que se vieron frustradas...». En su nombre se cometieron muchos errores, como el de comer terreno al mar. Como el de devorar su propia historia.

Un museo

Ojalá se pudiera dar marcha atrás y corregir esa deriva autodestructiva. Pero es imposible. Lo que sí se puede hacer es intentar reconstruir la ciudad perdida a partir de todas las pistas que aún quedan. Fotos, periódicos, objetos que escaparon de la quema. «Vilagarcía merece un museo. Tenemos una historia muy interesante: las visitas de la escuadra inglesa, la estancia de Sorolla, fue el primer pueblo que tuvo línea de ferrocarril, las estancias de Alfonso XIII... ¡Si hasta llegó a haber aquí siete u ocho consulados!», cuenta Porto.

A la espera de que ese hermoso sueño se convierta en una realidad, aprovechen la ocasión y visiten la exposición de la Rivas Briones. Allí, una cascada de imágenes tomadas por los otros, por los que nos visitaban, nos cuentan cómo éramos hace cien años. Nos cogen desprevenidos, relajados, trabajando o disfrutando de la vida, por rigurosas que fuesen las condiciones en las que estas se desarrollasen. Cuando salgan de la sala, con el ojo inundado de imágenes en blanco y negro, no podrán evitar intentar hallar, en la Vilagarcía de hoy, la huella de la vieja Perla de Arousa, de aquella ciudad perdida.

La exposición habla de una ciudad abierta a la modernidad que llegaba por el mar

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