Impotencia ante un diluvio catastrófico

X. Melchor
Vilagarcía / La Voz.

Algunos miraron al cielo aliviados ayer, de buena mañana, cuando el sol llegó a coquetear con romper la barrera de nubes que los arousanos soportan sobre sus cabezas desde hace semanas. Entonces, comenzó a llover. Eran las tres de la tarde. Primero, tímidamente. Después, a mares. Las zonas más sensibles -la calle Rey Daviña y la rotonda de O Ramal hacia Carril- comenzaron a sumergirse bajo el agua. Nada que no hubiese ocurrido antes. Hasta las siete. A partir de ahí, en sesenta minutos fatídicos, el río de O Con decidió que su cauce no era sufi ciente y echó a correr por las calles del centro.

Cualquier imagen que alguien pueda concebir al oír que un río se vuelca sobre una ciudad cobró forma en Vilagarcía. Corrientes vertiginosas buscaban el mar a través de calles y avenidas. En muchos lugares, cambiar de acera suponía asumir el riesgo de ser arrastrado por un torrente de agua sucia. De pintura, incluso, ya que de un establecimiento especializado comenzaron a manar espesos barnices. «Nunca había visto esto. Antes, el río, si llovía demasiado, se desbordaba sobre la zona de A Maroma y A Xunqueira». Luis, quien habla, fue concejal. Se le ocurrió salir a la calle para comprar unas pilas. Está empapado y apenas puede retornar.

Aquellos aliviaderos naturales fueron desecados hace años para levantar un flamante recinto ferial, un parque y un centro comercial en una ciudad fraguada a base de rellenos. El agua, está claro, reclama sus antiguas posesiones. Los comerciantes, como en trance, trataban al principio de levantar protecciones con lo que tenían a mano. Espuma, poliuretano -«dicen que es lo mejor para sellar cuando hay humedad», le decía uno a otro-, cajas de cervezas, gaseosas y hasta plastilina. Un bordillo de veinte centímetros podía marcar la diferencia entre la ruina y la supervivencia. Un hombre buscaba desagües a martillazos. Todo se fue al traste cuando el río vomitó. Seguían empuñando fregonas -«algo hay que hacer, algo hay que hacer», decían- en un intento en vano, desesperado.

El mundo vuelto del revés. Patos nadando por la plaza principal de la ciudad, la de Galicia, que metía miedo. Contenedores en el aire. Gente atrapada en el Casino. Metros más abajo, en el garaje subterráneo, los automóviles flotaban, colisionando, llenando las calles de estruendo. Garajes inundados hasta el techo, en la plaza de España, en Rey Daviña. Vecinos invitando a otros a refugiarse en sus domicilios, a tomar un café, a lo que fuese. «Estamos llamando a la Policía Local. Nos dicen que hablemos con Protección Civil. No hacen nada». Una mujer llora por siete coches sumergidos.

El aire también se inundó. De un apestoso olor a gasoil quemado. Los motores rugían, echaban humo pese al atasco. Y todo el mundo aparcaba donde podía. En jardines, sobre forjados diseñados no para soportar tales pesos, que fácilmente pudieron venirse abajo. A las once de la noche, el centro aún no había recuperado

el suministro eléctrico. Protección Civil seguía rescatando a gente atrapada entre el agua y el temor a lo que el amanecer traerá consigo.

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