El ilustrador que dibuja a conciencia

Dejó la arquitectura por coherencia y se enganchó al arte porque es el trabajo más honesto que se le ocurre


vilagarcía / la voz

Augusto Metztli estudió arquitectura en su país, México, pero el oficio -o las malas artes que lo envuelven- no tardó en desencantarlo. «Creo que es mucho más honesto hacer ciertos trabajos que otros. Yo no me sentía orgulloso del trabajo que hacía metiendo 250 casas en una parcelita, me estaba convirtiendo en cómplice de algo que no me gustaba», cuenta. Así que dejó la arquitectura y se dedicó a la pintura y la ilustración. En ese terreno, dice, no hay demasiado lugar para los engaños. «Esto es lo que pinto, esto es lo que hago, esto es lo que te ofrezco y lo que tú puedes comprar», dice extendiendo las manos.

Augusto dejó la arquitectura por coherencia. Y dejó su país por Marta. La conoció cuando ella colaboró con una publicación que él dirigía en México. «Llegué hasta Vilagarcía porque ella vive aquí», cuenta él. Asentado en Arousa, mientras se acostumbraba a las frías aguas de la ría, Augusto probó trabajos que le dejaban un regusto amargo en la boca. «Estuve una temporada como teleopeador. Imagínate, diciendo mentiras todo el tiempo», cuenta. Así que volvió a apostar por la coherencia y ahora «vivimos de dar clases, de vender cuadros y, solo a veces, de la ilustración», relata. No habla con amargura, esta es su elección: vivir haciendo malabarismos económicos, pero libre de ataduras, de vasallajes. «Hace un tiempo colaboramos con una fundación para mejorar la zona infantil del hospital de Santiago. Después de hacer varios espacios, nos dijeron que nos encargásemos también de otra zona, que por esa nos iban a pagar. Pero del proyecto que nos presentaron, nos quitaron el 80 % del contenido. Queríamos hacer un mural sobre la alimentación y ellos solo querían animales y florecillas... Al final les dijimos que no, y eso que para nosotros hubiese sido mucho dinero».

Sin miedos aprendidos

Esa libertad ganada a pulso rezuma en la publicación digital Boreal, que analiza desde un punto de vista absolutamente personal la actualidad. Aquí se abordan todos los temas, sin tapujos, sin velos, sin ese pudor absurdo en el que la sociedad envuelve algunas cuestiones, algunos debates que hemos calificado masivamente de poco decorosos. «Es verdad que, conforme van pasando los años, hemos ido radicalizando nuestra forma de estar en el mundo», relata Augusto. Radicalizando, sí. Usa la palabra sin miedo, porque a las palabras no se les debe temer. Solo a quien las utiliza mal, a quien las retuerce a propósito. A Augusto le gustan palabras como radicalidad, como política, como feminismo. «Y hay tanta gente que no sabe lo que quieren decir en realidad», reflexiona. Ese desconocimiento le parece, hasta cierto punto, sorprendente: «Es tan fácil saber qué significa una palabra... Basta con ir al diccionario y mirarlo».

Le hacemos caso. Acudimos a la RAE y buscamos la entrada de «política». Leemos: «Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo». No puede negar Augusto Metztli que es un ser político. Un político que utiliza la herramienta que tiene a su alcance, el arte, para intentar «defender aquellas cosas en las que creo, ayudar a los colectivos que creo que lo necesitan».

Sostiene Augusto que la vida debe construirse desde la congruencia, intentando que nuestros valores y nuestros hechos sean armónicos. El cree que el arte es necesario para la vida. Quizás no tanto como el alimento o la sanidad, pero necesario al fin y al cabo. Por eso los precios de sus obras se calculan «pensando en lo que cobra un obrero por hora trabajada». Él también considera que los gobiernos, especialmente los más próximos, deben alentar la vida cultural que burbujea en cada ciudad, en cada pueblo. No cree que los actuales inquilinos de Ravella lo estén haciendo, más bien todo lo contrario, y por eso «no voy nunca a nada en lo que participe el Concello». Quizás les parezca una estrategia pueril. Pero es, simplemente, otra forma de estar en el mundo, de construir la realidad que nos rodea.

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El ilustrador que dibuja a conciencia