«Aunque nací en Palencia, sueño en gallego»

Aterrizó en Vilagarcía en 1998, al mismo tiempo que el juez Taín; y ahora el abogado palentino Antonio García no se imagina viviendo en otro lugar

Antonio García, gallego nacido en Palencia y forofo del Dépor, cocina con el mandil que sus hijas, Paula y María, le han regalado.
Antonio García, gallego nacido en Palencia y forofo del Dépor, cocina con el mandil que sus hijas, Paula y María, le han regalado.

vilagarcía / la voz

Nacer donde a uno le da la gana es privilegio de unos pocos. Como es bien conocido, se atribuye esta facultad a los naturales de Bilbao. Según Antonio García Gómez (Palencia, 1968), asiste también a algunos gallegos. A él mismo, sin ir más lejos. Bromas aparte, el abogado afincado en Vilagarcía asegura haberse identificado con su tierra de acogida hasta el punto de «soñar en gallego». Matiz curioso puesto que, aunque lo entiende a la perfección y no tiene ningún problema con el acento cantarín e insinuante de la ría, le cuesta hablarlo. «La verdad es que no me es fácil pronunciar Sanxenxo». Pero lo hace, a diferencia de algún que otro ilustre personaje nacido aquí cerca, que por lo visto prefiere el rudo sonido de la jota al sensual fonema galaico.

Antonio nació gallego en Palencia pese a carecer de vínculos familiares con Galicia. Estudió en Salamanca. Y trabajó en Castilla tres años antes de decidirse por Vilagarcía. «Vine directo, conocía el lugar por mi hermano y no me resultaba extraño, así que aquí nos presentamos Loli y yo». Se refiere a su mujer, quien, como es natural, «pronto se convirtió en a miña Loliña». La conservera Rosa Santórum y el asesor Bieito Mariño, «amigo con mayúsculas, que me enseñó el poco gallego que sé», figuran entre sus primeras y más sólidas amistades. También el juez José Antonio Vázquez Taín, que desembarca en los juzgados vilagarcianos al mismo tiempo que él. «La verdad es que me he leído sus libros y en el primero, el del Códice, salgo yo, pero si he de quedarme con algo es sin duda con su amistad». Nos adentramos así en el tramo profesional de la conversación. «Soy un abogado de aldea, nos dedicamos a lo que nos entra porque en un lugar como este uno debe saber un poco de todo y no ser especialista en nada». La crisis se ha notado, confiesa, pero como letrado reconoce no poder quejarse.

En efecto, ha hecho un poco de todo. Desde redactar los estatutos y poner en marcha lo que hoy es Ahituvi junto a Eduardo Abad Sabarís -«Ramona Castaño, que entonces era concejala, nos decía que no íbamos a ser capaces de unir a los hosteleros, pero la asociación sigue ahí»- a ganarle un pleito y una indemnización a una próspera cadena de supermercados por la caída de una mujer, poner orden en los siempre complejos litigios que acostumbran a entablar los mejilloneros, tumbar las pretensiones de la Sociedad General de Autores o pelear la recuperación del dinero estafado en participaciones preferentes y subordinadas. Aunque en estos dos últimos aspectos, admite Antonio, son necesarios los matices. «Ahora a la SGAE es imposible ganarle porque el Gobierno los ha protegido con leyes». Por otra parte, «en cuanto a las preferentes debo reconocer que al principio fui conservador, se veía difícil, y fueron otros compañeros, como Avelino Ochoa, quienes en realidad nos allanaron el camino». Nada, en definitiva, de medallas ajenas convertidas en méritos propios.

Cuestiones de la buena mesa

Atención, pregunta. ¿Es el gallego tan peleón como lo pintan? ¿Es mejor un buen pleito que un mal acuerdo? «Hombre, sí, en Palencia por ejemplo nadie discute por cien metros como aquí, allí de media hectárea en adelante, pero en cuanto al mal acuerdo, presumo de haber arreglado muchos asuntos en actos de conciliación, así que no». Poco a poco la charla deriva hacia cuestiones de enjundia. La buena mesa, que al fin y al cabo es a lo que estamos. El bacalao que no falte. Tampoco los chuletones, que de vez en cuando caen junto a los pintores Xaquín Chaves y Uxío López, y el arquitecto Ildefonso Estévez. «He descubierto la cocina, me relaja y he de decir que soy un cocinero aseado». Cómo dudarlo ante el mandil Breaking Bad y su Hoxe Cociño Eu, que sus hijas, Paula y María, le han regalado. «Si en casa hacemos un referendo, Galicia gana por goleada», concluye Antonio para centrarse ya en sus boquerones.

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