A Tomás Fole le vino a ver la semana pasada el tabernero de la Lotería de Navidad. Tras gestionar la vertiente municipal del conflicto con mayor estrépito que el paso de Belén Esteban por Gran Hermano, la visita de la dirección de Lantero permitió al alcalde de Vilagarcía emerger como el portavoz de la buena nueva, el heraldo del preacuerdo que, apenas unas horas más tarde, desbloqueaba la huelga más dura que se recuerda en la capital arousana. Correcto, institucional, razonable, el regidor popular aprovechaba la ocasión para corregir tanta metedura de pata en los cuatro meses anteriores.

¿Son 21 euros y a celebrarlo con el ojo puesto en las elecciones? Pues no. El regidor ha cogido el décimo premiado y le ha prendido fuego. Sus prisas por llevar a pleno el convenio urbanístico, cuando su propio equipo técnico le ha advertido de que el documento carece de sentido, alimentan a quienes denuncian, como EU, que PP e Ivil actúan al dictado del staff de la cartonera. Y pone muy difícil a los suyos defender que alguna otra lógica mueve las decisiones de la alcaldía y de su socio independiente. Como si de un Carmona urbanístico se tratase, Fole entona un pim, pam, convenio, pim, pam, convenio, políticamente suicida, alarmante en lo sociolaboral y, por si fuese poco, perjudicial para la maltrecha imagen de la empresa.

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Pim, pam, convenio