Y Vilagarcía respiró, por fin, aliviada

El final del conflicto de Lantero fue celebrado ayer en todos los rincones de la capital arousana, una ciudad que se volcó con la plantilla de la cartonera durante toda la huelga

Mañana por la mañana comenzará el desmontaje del «campamento de la dignidad».
Mañana por la mañana comenzará el desmontaje del «campamento de la dignidad».

vilagarcía / la voz

Los trabajadores de Lantero lo saben: Vilagarcía se ha mojado, literalmente, para demostrarles su apoyo. Los vecinos de la capital arousana han protagonizado masivas manifestaciones bajo la lluvia para dar réplica, desde las calles, al grito de «Ou todos ou ningún» que llegaba desde O Pousadoiro. Vistos los precedentes, no es de extrañar que ayer, nada más conocerse la noticia del acuerdo alcanzado en Lantero, un suspiro de alivio generalizado recorriese la ciudad.

«Hoy estoy muy contenta. Por una vez ganamos los de abajo», exclamaba, exultante, la camarera de un bar de la capital arousana. Aunque no todo el mundo tenía tan claro como ella que el acuerdo firmado fuese una victoria para los trabajadores, la mayoría de los vecinos de la capital arousana esbozaban una sonrisa al conocer la noticia. Quizás porque «todo el mundo tiene a alguien en Lantero. Si no es un familiar es un amigo». Esa realidad la dibuja Rocío Louzán, la presidenta de Zona Aberta. El colectivo de comerciantes al que representa fue uno de los que se volcó con los trabajadores en huelga. Ayer estaba radiante. «Yo creo que este acuerdo es una buena noticia no solo para los empleados de Lantero. Creo que es buena para todos los empresarios y todos los vecinos de Vilagarcía. Es una inyección de ánimo para todos nosotros y es, también, una lección. Nos han demostrado que luchando todos juntos se consiguen las cosas», señalaba la presidenta.

Ella, representante de la asociación de comerciantes, sabe de la importancia que el final de este conflicto tendrá en la economía local. «La huelga ya se notó. Eran muchas casas sin ingresos y eso se notó en el consumo». Y más se notaría si los planes de la empresa para despedir a 56 personas se hubiesen llevado a cabo. Afortunadamente, no ha sido así.

Y de eso se felicita, también, el alcalde de Vilagarcía. El popular Tomás Fole, cuyo papel en esta crisis ha estado lleno de sombras, aseguraba ayer que «no puede haber mejor noticia que esta». La «dureza de cuatro meses» de conflicto la han sentido «los trabajadores, por supuesto», pero también «la empresa, que ha tenido su parte de pérdidas, y Vilagarcía en general. Que se acaben todas las incertidumbres y dudas es una gran noticia», argumenta.

 

 

Los políticos

 

El alcalde considera que al Concello le toca ahora «ver en qué podemos seguir ayudando». Juan Fajardo (EU) entiende que el papel de la Administración local va un poco más allá. Le toca «estar alerta e facerlle saber á empresa que non se poden pisotear os dereitos dos traballadores». A juicio de Fajardo, la huelga de Lantero se ha hecho un hueco de honor en la historia de Vilagarcía de Arousa, y como tal merecerá «algún tipo de recoñecemento público». Ya habrá tiempo de hablar de eso: de momento, la jornada de ayer debía ser día de fiesta y de celebración: «Nun momento no que todo o mundo recúa diante do poderoso, os traballadores de Lantero non o fixeron e demostraron que a loita obreira e a unidad sirven para acadar obxectivos».

También Alberto Varela, candidato del PSOE a la alcaldía de Vilagarcía, quiso poner el foco sobre «la lucha, el compañerismo y la solidaridad» demostrada por la plantilla de Lantero, que ha conducido a los trabajadores a «un final feliz y un buen resultado». «Ahora toca pensar si era necesario haber llegado hasta donde se llegó, si las demandas de la empresa eran realmente necesarias o si a lo mejor se pretendía aprovechar la reforma laboral para abaratar costes, sin pensar en la gente que hay detrás de cada despido». Como Fajardo, Varela considera que «los trabajadores no tuvieron el respaldo del gobierno municipal», pero el socialista espera que «se haya tomado nota y se haya aprendido la lección».

Para María Villaronga (BNG), lo prioritario ayer era «felicitar aos traballadores polo esforzo, a unidade e a loita. Está claro que os dereitos non se regalan, se conseguen». Aún así, le queda la duda a la edil nacionalista de «que se se fixeran as cousas doutro xeito este acordo se poidera acadar ao principio e así os traballadores non terían que ter pasado catro meses de incertidume».

El tiempo de la huelga ha terminado. El campamento de la dignidad de O Pousadoiro estaba ayer por la tarde vacío, silencioso. Por la noche se hizo guardia, pero el calendario de huelga ya estaba congelado en el número mágico: 118.

La hora de recoger el campamento de la dignidad y de preparar la vuelta a la fábrica

El comité de empresa de Lantero comunicó ayer a la Xunta el fin de la huelga «con fecha del 6 de febrero». Pero que se haya terminado la protesta no significa que el reingreso en la fábrica vaya a ser inmediato. Comité y empresa se tomarán un par de días para organizar la vuelta y poner a andar una factoría que lleva cuatro meses parada. «El lunes los trabajadores se van a coger los días de vacaciones pendientes, así que las máquinas aún no se pondrán en marcha», explicaba ayer Jesús López.

El presidente del comité indicaba, también, que los trabajadores verán compensados los ingresos perdidos durante la protesta. Así, los días de huelga no afectarán a las extras -de hecho se abonará parte de la de diciembre-, y los trabajadores cobrarán su salario a partir del 23 de enero.

 

 

Asumiendo la situación

 

Estos son los flecos del acuerdo que ayer fue aprobado por los trabajadores. Estos acudieron a la asamblea convencidos de que iban a salir de allí con una solución bajo el brazo. De hecho, antes de que empezase la sesión, en algunos corrillos los operarios ya planificaban el desmantelamiento del campamento de la dignidad: una caseta de obra y una tienda de campaña en la que han pasado 118 días.

Sin embargo, cuando terminó el encuentro, la mayor parte de los trabajadores abandonaban el edificio con los rostros serios y un gesto contrito, de tensión extrema. Solo cuando posaron para la foto de familia comenzaron a aflorar sonrisas a sus rostros y sonaron aplausos y algunos vítores. Quienes relajaban el gesto se explicaban. «Tedes que pensar en toda a tensión que temos dentro... Tivemos moita presión e había que aguantala». Y lo hicieron.

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