«Los mecanismos para generar miedo y odio no han cambiado»

En su libro, en el que narra la historia de muchos terrores colectivos, Monje recoge testimonios sobre el mal de ojo en Valga


valga / la voz

Escuchando atentamente. Así empezó todo. Natalia Monje prestó oído a los vecinos más ancianos de la isla de Lanzarote y se quedó atrapada en las historias que le contaron sobre el mal de ojo. Pasó el tiempo y hace dos años, gracias al premio de investigación Ferro Couselo, pudo prestar atención a lo que los mayores de Valga tenían que contar sobre la sanación tradicional y distintas enfermedades. Fue entonces cuando los vecinos de este rincón del Baixo Ulla comenzaron a hablarle también del mal de ojo y de las personas «con mirada fuerte». «Enseguida me di cuenta de que había una especie de diálogo entre la gente de Valga y la de Lanzarote. Hay miles de kilómetros de distancia, pero hablaban de lo mismo», relata la escritora. Se fraguaba, así, el último capítulo de su libro Mala cosecha, galardonado con el premio Juan Antonio Cebrián de divulgación histórica.

-¿Es un libro sobre el miedo?

-Es un libro sobre cómo los miedos han cambiado la historia de la humanidad, sobre cómo los prejuicios y los rumores han generado comportamientos fanáticos, hasta el punto de que se llegasen a cometer crímenes.

-Divide su libro en tres partes y lo centra en personajes muy concretos. ¿Por qué esa elección?

-Porque son tres formas de miedo colectivo. La primera parte está muy vinculada a personas que buscaban la curación de determinadas enfermedades a través de prácticas repugnantes, como alimentarse de la sangre de bebés o usar la grasa humana. En la segunda parte, me centro en personajes que provocaban, al mismo tiempo, atracción y repulsión. Por un lado, los verdugos, que eran apartados por la misma sociedad que, cuando había una ejecución, la entendía como un gran espectáculo. Por el otro, hablo de los «monstruos humanos», personas con algún tipo de deformidad física que eran apartadas porque se entendía que eran portadores de la catástrofe. Y en la tercera parte entran ya cuestiones más ligadas a lo sobrenatural. Son miedos más incontrolables a los endemoniados, a las brujas o al mal de ojo...

-Y es aquí donde entra la memoria de los valgueses a ilustrar un temor que es universal...

-Sí, es universal. Cuestiones como la brujería y el mal de ojo están en todos lados. Cuando estuve en Valga tuve la suerte de que me ayudó mucha gente con mi proyecto y aprendí muchas cosas. Por ejemplo, el mal de ojo solía ir contra niños sonrosados y sanotes, y también contra las vacas, con lo que tienen de tótem. Un señor de As Cernadas me contó también un caso de una vaca que le echó un mal de ojo a un bebé, una historia fascinante. Y en Valga también me hablaron de la gente de «mirada fuerte». Una mujer que se llama Laura me contó la historia de un hombre que siempre llevaba gafas de sol porque tenía esa mirada fuerte. Un día en un mercado se las quitó, y un buey que lo miró cayó desplomado, muerto. Él no dudó que era culpa suya y sacó el dinero y lo pagó.

-¿Y los remedios?

-Pues en el caso de los niños, en los que el mal de ojo se manifestaba porque lloraban o dejaban de comer, había quien los metía varias veces, muy rápido, en el horno del pan, en la pala que se usaba para cocerlo. También hay una historia de un hombre de cerca de Santiago que hacía una especie de rituales con harina, con hierbas... En el caso del de las vacas, se pone la leche a hervir, y así la gente que le echó el mal de ojo a la vaca sufriría las quemaduras... O se apaleaba la leche, para que la persona que le había echado el mal de ojo sufriese los golpes... Hay muchos rituales.

-Por muchas de las páginas de su libro desfila gente que provocaba miedo sin pretenderlo, sin poder evitarlo...

-Sí, claro. El capítulo de los monstruos humanos, por ejemplo. No eran personas que quisiesen provocar miedo, el miedo lo provoca el desconocimiento. El libro habla también de los rumores que podían acabar generando miedos colectivos... Eran como las fake news de la época y podían llegar a generar situaciones muy violentas. Como el caso de los boticarios de Viveiro, a los que acusaban de traficar con restos de niños. Aquel rumor hizo que la gente se quedase paralizada de miedo, que se encerrase en sus casas y que luego, acabasen al borde del linchamiento. Y todo había sido una calumnia contra los boticarios, porque eran liberales.

-¿No se parece un poco eso que cuenta a lo que acabamos de vivir con el covid-19? Quedarse en casa, volverse policía de balcón.

-Yo trabajo en una ONG con estrategias para afrontar los discursos del odio y la desinformación en las redes sociales. Y he llegado la conclusión de que los mecanismos para generar miedo y odio no han cambiado. Siguen consistiendo en señalar a una persona, perseguir al otro, hacer generalizaciones... En el siglo XIX hubo una epidemia de cólera terrible en Galicia, y pasaron cosas muy parecidas a las que han pasado ahora. En la zona de Vilagarcía y del norte de la provincia de Pontevedra llegaron a acusar a los médicos de ser los que provocaban la enfermedad. Y también entonces se hablaba de todo tipo de remedios absurdos, algunos contraproducentes incluso.

-Tiene material para un nuevo libro... ¿Lo habrá?

-Es probable que sí, aún lo estoy madurando. En España, la historia de lo macabro aún está en desarrollo, incluso está un poco denostada. Yo no creo que el rigor esté reñido con escribir de una forma literaria. Y la historia de que en Agolada había una gente que le chupaba la sangre a los bebés nos va a servir de excusa para situar en un contexto histórico a un público que, a lo mejor de otra manera, no se interesaría por ese asunto.

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