La jueza le suspende la patria potestad al asesino

La investigación sobre el triple crimen de Valga continúa y ayer los niños acudieron al juzgado. Por la tarde, las tres mujeres fueron enterradas mientras toda Galicia expresaba su repulsa en las calles

DOLOR La madre y abuela de las tres mujeres muertas, y otro de sus hijos (detrás, con gafas negras), ayer en el entierro
DOLOR La madre y abuela de las tres mujeres muertas, y otro de sus hijos (detrás, con gafas negras), ayer en el entierro

Valga / La Voz

Dolor, mucho dolor, y rabia. Esos eran los sentimientos que en la tarde de ayer llenaron el auditorio de Valga, donde a las seis y media se ofició el funeral por Sandra Boquete, por su hermana Alba, y por su madre María Elena. Las tres fueron asesinadas el lunes por la mañana por Jose Luis Abet, el exmarido de la primera de ellas, quien empuñando una pistola disparó hasta quince tiros para asegurarse de acabar con sus vidas delante de sus dos hijos. Ayer, la jueza le comunicó que había ordenado la suspensión de la patria potestad sobre los dos pequeños.

Fue un acto de violencia «irracional», «injusta», «perversa», dijo el arzobispo de Santiago, Julián Barrio, que fue quien ofició la misa de funeral. Las palabras del arzobispo apenas llegaban a la multitud que llenaba el patio de butacas, el vestíbulo interior del edificio e incluso el exterior.

La familia, que llevaba desde las diez de la mañana velando los cuerpos de las tres mujeres, pudo oír perfectamente sus palabras —«no estáis solos», les dijo—, y también su llamamiento al perdón. Su petición para que no se dejasen llevar por el rencor y para que educasen a los dos hijos de Sandra, testigos de la brutalidad del crimen cometido por su padre, lejos del odio.

 

Fernando Boquete, esposo y padre de las fallecidas, permaneció durante toda la ceremonia con la cabeza alta y la mirada fija. Las horas previas, sin embargo, apenas levantaba la cabeza. A su lado, la pareja de su hija menor y sus familiares más próximos, se dejaban arrastrar, en más de una ocasión, por el dolor más descarnado. Un equipo de psicólogos permaneció cerca en todo momento, pendientes para prestar ayuda si era necesario.

Alrededor de las siete y cuarto de la tarde, la intensa tristeza que impregna el municipio de Valga se trasladó hasta el cementerio de Campaña, un camposanto pequeño en el que las tres mujeres fueron enterradas. Allí descansarán juntas. Como vivieron. Como murieron.

«Te parte el alma»

Para la familia de las tres víctimas, el duelo no ha hecho más que empezar. De momento, además de con el inmenso dolor por lo ocurrido, tendrán que lidiar con la investigación policial y judicial, que sigue avanzando para tratar de esclarecer los hechos. Ayer por la mañana, los dos hijos de Sandra fueron explorados en el juzgado de Caldas por un equipo de profesionales y expertos que les tomaron testimonio. No era fácil el ejercicio de memoria al que se enfrentaron los niños: tenían que recordar el asesinato de su madre, de su tía, de su abuela. Era un paso inevitable, cuya dureza se intentó minimizar con la intención de que lo que vieron y vivieron pueda usarse como prueba de cargo preconstituida y que no tengan que comparecer en el juicio.

Es este un mecanismo que se emplea con menores, víctimas de delitos de carácter sexual u otros especialmente violentos, y con el que se pretende evitarles el mal trago de tener que testificar en la vista oral. De esa forma se trata de minimizar el riesgo de su victimización secundaria y proteger la calidad de su testimonio. Es una tarea extremadamente delicada. Lo contaba el martes el vecino que acogió a los niños en su casa instantes después de la tragedia. «Te parte el alma oír al niño decir que vio a su padre matar a su mamá».

Eso fue lo que el niño mayor, de siete años, contó a los primeros agentes que le preguntaron. Una frase sencilla, infantilmente clara, tras la que se escondía el tormento pasado por el niño esa mañana. Porque el mayor, dicen quienes lo cuidaron, se había dado cuenta de todo lo que había ocurrido y de cómo murió su madre a balazos. El niño pequeño, de cuatro años, parecía no ser de todo consciente de la tragedia que se había desplegado ante sus ojos. Ayer, un equipo de profesionales comprobó hasta dónde llegaban los recuerdos de uno y otro.

Los dos pequeños testificaron en el Juzgado de Instrucción número 2 de Caldas de Reis, que investiga el caso. Aunque los niños no lo sabían, en el mismo edificio judicial se hallaba su padre, José Luis Abet, con el que no se cruzaron en ningún momento. La jueza había reclamado su presencia en el juzgado para resolver una serie de cuestiones procesales y para informarle de la suspensión de la patria potestad, así que de buena mañana abandonó la cárcel de A Lama tras pasar su primera noche en prisión, en la enfermería y acompañado por un preso, como establece el protocolo de prevención de suicidios que le aplicaron.

Los niños están con la familia

Los niños, de momento, siguen al cuidado de la familia materna más directa. Así se decidió el pasado lunes, tras sopesar la posibilidad de que fuese la Xunta quien asumiese su tutela. Pero, finalmente, fue una tía abuela quien se hizo cargo de los menores. Era, decía el alcalde de Valga, «o mellor para os nenos». Y esa idea fue compartida por los distintos equipos de psicólogos que tenían voz y voto en este asunto. Sobre la tutela de los menores, en todo caso, tendrá que posicionarse la jueza a través de una sentencia. En Valga son muchos los que cruzan los dedos y confían en que los pequeños puedan volver con su abuelo materno, que perdió en este trance a su mujer y a sus dos hijas. A fin de cuentas, Fernando Boquete estaba implicado en la crianza de los menores, y en estos momentos, aseguran quienes lo conocen a él y a los niños, los tres se necesitan para poder seguir adelante.

Les espera un camino duro. Porque, a pesar de las muestras de solidaridad y cariño, el golpe es de los que resultan difíciles de asimilar. Incluso los vecinos tardarán en recuperarse. Ayer, en la aldea en la que ocurrieron estos trágicos hechos, las persianas estaban bajas. Las calles y las pistas, desiertas. Solo algún vecino se aventuraba a salir para echar la basura. Junto a la casa de Sandra, colgada de un poste de la luz, una esquela advertía, con su lenguaje neutro y solemne, de la tragedia que se había producido allí al lado. La casa de Sandra, a la que muchos les cuesta mirar, recibió ayer la visita de un grupo de investigadores de la Guardia Civil. Fue una visita rápida, de apenas cinco minutos, tras los que el portal se cerró.

Conmoción en toda Galicia

Miles de personas salieron a la calle en todos los rincones de Galicia para trasladar su repulsa contra el triple crimen machista cometido por José Luis Abet el lunes por la mañana en Valga. El rechazo social se extendió por toda la geografía gallega con numerosos actos de rechazo y de recuerdo a las tres víctimas. Ayer miércoles se celebraron decenas de concentraciones y manifestaciones en más de 50 municipios gallegos para clamar contra la violencia machista y para tener un recuerdo para las tres mujeres.

Ayer se confirmó el último crimen machista, cometido en Madrid, con lo que el número de mujeres que han sido asesinadas por sus parejas o exparejas este año se eleva a 42. La Delegación del Gobierno para la Violencia de Género indicó que desde el 2003 han muerto 1.016 mujeres víctimas de la violencia machista.

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Javier Romero
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José Luis Abet Lafuente (41 años) finalizó su último turno de trabajo en la nave de Exlabesa (Padrón) a las 6.20 horas del lunes. Se despidió de sus compañeros, que lo vieron entrar en el coche y desaparecer. Una hora y cuarenta minutos después se apostó frente a la casa de su exmujer, en Carracido (Valga), armado con una pistola del calibre 32 y con abundante munición. Ni tenía licencia ni le importaba. En su cabeza había un solo objetivo: acabar con la vida de Sandra Boquete Jamardo (39), madre de los dos hijos de 4 y 7 años que ambos compartían. Daba igual que ellos lo presenciaran, como así ocurrió.

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