Una cocina pequeña para un talento inesperado

Cuando eligió casa, a Fran no le preocupó nada que el espacio en el que se hace la comida fuese reducido; pero descubrió el arte de los fogones e inició un viaje que ya ha tenido parada en algún restaurante con estrella

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vilagarcía /la voz

Ay, pobre Internet. A ella le echamos la culpa de muchas cosas. De la banalización de la información, de la invasión de la vida privada, del fluir de todo tipo de bulos... Fran Jamardo puede echarle la culpa, incluso, de que su cocina se le haya quedado pequeña. «Cuando compré el piso fue lo que menos me preocupó. No cocinaba, así que no necesitaba demasiado espacio», nos cuenta. Pero, por culpa de Internet, Fran cayó hace cuatro años en la red de los fogones. «Empecé a mirar cómo se hacían algunas cosas y, como me iban saliendo bastante bien, me empecé a aficionar a la cocina». Así que, cuatro años después, el hombre que apenas recordaba «cómo hacía bizcochos de pequeño» con su madre, se ha convertido en un auténtico cocinillas al que familiares y amigos acuden a buscar consejos culinarios.

Esa fama, alimentada por las redes sociales en las que Fran Jamardo va colgando algunas de sus creaciones, está bien cimentada. Porque este delineante de profesión reconoce que no es de esas personas que se manejan con facilidad en la superficie de las cosas. «Si algo me interesa, me vuelco en ello». Así que, tras los tonteos iniciales con las recetas que encontraba en Internet, empezó Jamardo a viajar a Vigo periódicamente para participar en todo tipo de cursos de cocina. «Lo hacía porque me gustaba y por llenar las tardes», libres tras las intensas mañanas de trabajo.

Pero, demasiado pronto, esas clases empezaron a saberle a poco a nuestro cocinero del día. Cuantas más cosas aprendía a hacer, más hambre de conocimientos le entraban. Así fue como decidió matricularse en un ciclo medio de Formación Profesional de cocina, en Santiago de Compostela. «Podría haber accedido al ciclo superior, pero me matriculé en el medio porque quería aprender de cero, pasar horas en los fogones», cuenta Fran. No iba a por el título, al menos no al principio. Pero, de nuevo, su tozudez hizo que se emplease a fondo en unas clases a las que llegaba por los pelos y que le hicieron, ¡paradojas de la vida!, descuidar su dieta. «Salía de trabajar a las tres, en Valga. Cogía el coche y para Santiago. Me comía un par de piezas de fruta, y entraba en clases a las cuatro». El chico de las tardes desocupadas vio como, de repente, los días se le quedaban cortos.

El esfuerzo valió la pena y ya tiene su título bajo el brazo. Y no solo el título. «Volver a estudiar pasados los cuarenta años es una experiencia que le recomiendo a todo el mundo», dice. Y aunque reconoce que lo pasó fatal cuando llegó el primer examen -«pensaba que ya no estaba para esas cosas»-, asegura que compartir horas y esfuerzo con estudiantes de todas las edades, y aprender «de profesores más jóvenes» que él, le ha dado «mucha vida». Por no hablar de la sorpresa final que le tenía deparada su formación: la ocasión de hacer prácticas en la cocina del Yayo Daporta, un restaurante con estrella Michelin. De allí salió con una lección bien aprendida. Una de las importantes, además, de las que valen para todo en la vida: «Me di cuenta de la importancia de formar un buen equipo de trabajo».

Ahora, Fran está a la espera de noticias de Santiago. Aspira a entrar en el ciclo superior de cocina. «Va a ser una locura otra vez», afirma. Pero la sonrisa de su cara demuestra que está dispuesto a aceptar el reto. Nos habla de él mientras monta el plato que ha cocinado para La Voz. Estamos en su pequeña cocina, equipada con herramientas que parecen sacadas de un restaurante. Como el aparato en el que acaba de cocinar una merluza a baja temperatura. Mientras, en el fuego, un risotto de pulpo sigue el ritmo del fogón. Y ya está listo el puré de guisantes y la reducción de ajo negro con que aderezará la propuesta. Se mueve Fran con la naturalidad de quien domina un territorio. Con la concentración del artista que está trabajando «sobre un lienzo». «Yo, mientras cocino, me estreso. Pero luego, cuando la gente prueba el plato y le gusta, me resulta muy gratificante». Por eso, siempre que puede prepara la cena para sus amigos. «Es lo que más me gusta», reconoce. ¿Y de montar un negocio de hostelería, qué? «No me planteo nada y estoy abierto a todo». Ustedes dirán.

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