El hombre orquesta que toca para el alma

Acompañado por su colección de instrumentos nuevos, Adrián ofrece conciertos y sesiones de meditación

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vilagarcía / la voz

Adrián Barreiro habla con voz baja y suave. Casi como en un susurro. Está entrenado para utilizar ese tono. A fin de cuentas, su voz es uno de los instrumentos que afina para cada una de las sesiones de meditación que imparte allá donde lo llaman. Adrián, que es de Valga, es una de esas personas que ha cincelado su vida a su gusto. «No recuerdo qué quería ser cuando era pequeño. Cuando era adolescente, sé que quería hacer algo relacionado con la música. Y luego descubrí los senderos de la espiritualidad...». La cuenta ya está hecha. Y el resultado son unas sesiones de meditación en las que la música de instrumentos exóticos -toca desde los cuencos tibetanos hasta el hang, el kotamo o la sánsula-, la voz y el silencio empujan a los oyentes hacia sí mismos.

Para llegar a ser un virtuoso de estos instrumentos extraordinarios, el camino no es sencillo. La formación no está reglada, así que Adrián se confiesa «un autodidacta» que ha extraído todo el jugo posible a los cursos que ha ido haciendo aquí y allá. Ha asistido a seminarios de espiritualidad, ha estudiado el yoga del sonido, se ha sumergido en la tradición india, realizó cursos de bioacústica y se fue a los Pirineos a hacer meditación... Todo eso le ha permitido escribir su vida a su manera. «Vivo de dar seminarios, conciertos, y realizo talleres en centros para personas con diversidad funcional», relata. La suya fue una apuesta vital que cogió a su familia por sorpresa, pero a estas alturas, con la noticia «asumida, y hasta contentos por mí», Adrián da rienda suelta a su extraño talento allí donde lo reclaman.

La guitarra fue el primer instrumento que cayó en sus manos. «Fue lo primero que aprendí a tocar». «Luego conocí el hang y me enamoró». Es fácil caer en el error y pensar que el sonido del hang arrastra años de historia, pero nada más lejos de la realidad. Este instrumento, que se asemeja a una réplica en miniatura de un platillo volante, fue inventado hace menos de veinte años en Suiza: está claro que la meditación no es patrimonio de nadie.

Seducido por el hang, se introdujo Adrián en un camino en el que fue descubriendo sonidos que abren las puertas del alma. Y se entregó a su conocimiento. No fue fácil: cada nuevo elemento de su extraña colección musical requería de una inversión. Y para conseguir fondos con los que sufragar esas adquisiciones, Adrián tocaba en las calles de Santiago de Compostela. El esfuerzo ha valido la pena, porque desde hace un tiempo este joven valgués, residente ahora en Cuntis, ha logrado convertir su pasión en su oficio.

Y le encanta. Porque a través de unos «instrumentos armónicos, vibracionales e intuitivos», logra que sus oyentes entren en contacto con esa parte de sí mismos de la que con frecuencia se olvidan. Para ello, echa mano también del silencio -maravilloso silencio-, un instrumento más para pararse y pensar en uno mismo y en sus circunstancias, para meditar sobre lo importante. «Lo más importante en todo esto no es la parte musical, aunque conozco el solfeo y las armonías... Lo importante es utilizar los instrumentos para llegar al interior de las personas», explica.

Teniendo en cuenta ese ritmo frenético, desbocado, agotador, que impone el inicio del siglo XXI, no es de extrañar que su oferta esté teniendo éxito, y que Adrián ofrezca cursos y sesiones en numerosos rincones de Galicia. A fin de cuentas, todos necesitamos, alguna vez, encontrar el camino hacia nosotros mismos.

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