La mujer que se atreve con un hórreo de 120 metros

En su taller de Ribadumia restaura 300 relojes y guarda 200 bancos de piedra que Marruecos no quiso


ribadumia / la voz

Loli Mouta lleva dos décadas trabajando con el granito. Le viene de familia. Su abuelo Francisco ya esculpía la piedra y su padre agrandó el negocio con un aserradero. Ella iba para arquitecta, porque lo de dibujar siempre se le dio muy bien, pero este proyecto se quedó por el camino y se matriculó en la Escola de Canteiros de Poio Cuando empezó solo había dos chicas. Hoy son más, aunque las mujeres siguen siendo minoría en este mundillo. Tanto que, según afirma, es la única que actualmente regenta una empresa del sector en Galicia; primero con Turquesa y ahora bajo la marca Camelia Blanca, con la que trabaja a caballo entre Ribadumia, Cambados y Madrid.

Esta mujer, acostumbrada a manejarse con la piedra, se atreve ahora con un hórreo de 120 metros cuadrados. Sí, más grande que la mayoría de los pisos y con unos acabados que permitirán pernoctar en su interior. Saldrá a la venta por 45.000 euros y su instalación, a efectos de logística y permisos, es mucho más sencilla que la de una casa prefabricada, y no digamos de una de obra. Ya hizo y vendió otro hórreo de sesenta metros cuadrados, y eso la animó a doblar su apuesta.

El piorno gigante lo está construyendo por módulos y este verano tiene previsto montarlo para exponerlo en Cambados. Será en una finca situada en la avenida do Salnés, al lado de la que ya utiliza como escaparate a unos metros del cuartel de la Guardia Civil, con excelentes resultados. «Chámame moita xente que pasa por alí. Só na semana do Albariño, en agosto, vendo para todo o ano», explica.

Los turistas, especialmente los madrileños, se desviven por la piedra gallega, bien sea en forma de concha de vieira o de búho de la suerte que vende como suvenir, bien sea una fuente ornamental o el típico cruceiro.

La empresaria vilanovesa compagina el trabajo de creación propia con las subcontratas, pues, aunque los buenos tiempos del bum del ladrillo han pasado, sus manos no le bastan para atender todos los pedidos. Loli Mouta se ha especializado en los últimos años en la restauración de relojes de piedra, hasta el punto de que en su taller guarda unas trescientas piezas llegadas de Italia, Francia y otros países. La más sencilla cuesta 280 euros, la más valiosa alcanza los 20.000 euros, y aún conserva aquella joya de doscientos años de antigüedad, de mármol y coronada por una dama romana, cuya restauración le costó un disgusto.

Su principal proveedor es Turquesa Luna Madrid, una firma que tomó el nombre de su primera empresa y con la que también hace negocios inmobiliarios. Una cosa llevó a la otra. Loli Mouta decora con piedra interiores y jardines, y en Galicia hay todavía mucha vivienda rústica por restaurar que, afirma, sigue siendo un buen nicho de negocio.

Lo que ha dejado atrás La Turquesa -nombre con el que se la conoce en el sector- es la exportación. Sus adornos y mobiliario urbano en piedra llegaron a Dubái, Argelia y Marruecos. Al Reino Alauí le vendió cientos de bancos y aún hoy guarda en su taller una buena remesa de ellos, con estrella de cinco puntas, mezquita y león incluidos, que ahora trata de recolocar en los paseos de España. Su próximo viaje será a Bali, para comprar hamacas para sus conjuntos de jardín, y procura no faltar a la feria anual del mármol que se celebra en Verona.

Loli viaja, Loli vende, esculpe, restaura, pinta e incluso ha ejercido de profesora de canteros, pero esa etapa quedó atrás. Los vaivenes de la vida la han situado en Madrid, donde trabaja con una tienda de antigüedades situada al lado Museo del Prado, pero nunca tarda más de un mes en volver a Ribadumia, a su universo de cinceles y polvo, aunque los pulmones se resientan.

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