Buscando aquel Grove perdido bajo tierra

En los años 70 y 80, la villa renunció a sus rasgos tradicionales en aras de un supuesto progreso


o grove / la voz

Muchos pueblos de Galicia se han perdido a sí mismos a lo largo de la historia. O Grove es una de esas localidades que, en nombre del progreso, sacrificó su identidad urbanística y arquitectónica. «Cando chegas aquí, ves que non hai casco histórico. Desapareceu por completo», dice el historiador Francisco Meis. Él, especializado en bucear en el pasado de la península meca, ofrece hoy una conferencia sobre ese O Grove sepultado por la tierra, por el hormigón, por el mar incluso. Será en el ciclo Cultivando o Mar.

Su paseo lo obliga a mirar bajo tierra. Comenzará levantando las capas que cubren la plaza de O Corgo para sacar a la luz, con fotografías y recuerdos, el viejo puerto grovense, hasta el que llegaban los barcos en los siglos XVII, XVIII y XIX. A comienzos del siglo pasado empezó a construirse, sobre él, otro mucho mayor. Y luego llegaron los rellenos y la transformación de O Corgo en la gran explanada que hoy es. Bajo ella, señala Meis, se esconde aún un auténtico tesoro. Las escaleras del viejo puerto, los viejos muros... «É un lugar impresionante para a súa revalorización», dice el historiador.

Pero el viejo puerto no es el único lugar al que Francisco Meis llevará a quienes esta noche se acerquen a la carpa institucional de la Festa do Marisco. El viaje en el tiempo incluirá también un paseo por una localidad cuya esencia se puede rastrear, aún hoy, en esa sucesión de calles y callejuelas estrechas que rodean Beiramar y que responden a la lógica de otros tiempos. De aquellos tiempos en los que en O Grove «apenas había casas que tivesen dúas plantas». En los que las calles discurrían paralelas al mar, para esquivar la fuerza de los vientos, mientras que estrechas travesías perpendiculares abrían pasos rápidos hacia el puerto.

Contenido en esas casas de planta baja y suelo de tierra vivió O Grove durante diez siglos. Prácticamente sin sufrir alteraciones. Pero entonces llegó el siglo XX, y todo comenzó a cambiar. En sus dos primeras décadas, «houbo unha especie de febre construtiva», las casas comenzaron a coger más altura y a modernizarse. A hacerse más confortables, quizás. Luego llegó la emigración masiva de los años sesenta. «Nos anos setenta comezaban a chegar cartos dos emigrantes, e iniciouse unha febre destrutiva que arrasou con toda a arquitectura popular mariñeira». «Nese tempo destruíronse dez séculos de historia», asegura Francisco Meis.

Muchos restos de aquel O Grove que fue, que desapareció bajo la imparable máquina del desarrollismo, se encuentran hoy en día bajo el mar. Porque -y en eso no hemos cambiado tanto, por desgracia- el mar era entonces «o gran vertedoiro» al que fueron a parar lareiras, columnas, pedestales y, en fin, los restos de las viejas casas marineras para las que la villa de finales del siglo veinte parecía no tener espacio. El viaje en el tiempo que nos propone Francisco Meis incluye, aún, una parada más. Esta, en las playas do Hospital -en las inmediaciones de la capilla de San Antón- y la de Peralto. Dos arenales engullidos por el hormigón y los nuevos tiempos del que Francisco Meis aún conserva un puñado de arena.

Por esas playas desaparecidas podrán caminar hoy, aunque solo sea con la imaginación, los asistentes a la ponencia de Francisco Meis. Seguro que, tras la charla, verán O Grove entero con otros ojos.

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