Las imprudencias en las aguas de Arousa se pagan muy caras

La idea de bañarse de noche, como los cuatro turistas rusos de fiesta en A Toxa, ha arrebatado varias vidas en la ría


VILAGARCÍA / la voz

Al margen de chanzas, chistes y todo tipo de bromas sobre las circunstancias en las que se produjo el baño, la ocurrencia de los cuatro turistas rusos que esta semana se echaron al agua a medianoche, tras todo un día de fiesta en A Toxa, podría haberles salido muy cara. Para su salud y sus propias vidas, no para sus bolsillos. Hasta la ensenada de O Grove se desplazaron, el jueves por la noche, tres embarcaciones, de Salvamento Marítimo, el Servizo de Gardacostas y la Armada, además de un helicóptero de rescate. Finalmente, su intervención no fue necesaria, porque los tres hombres y la mujer que se arrojaron al mar desde el embarcadero del Gran Hotel y fueron arrastrados por la corriente pudieron salir por su propio pie en las inmediaciones del hotel Louxo. Pero desplegar un operativo de esta envergadura, obviamente, cuesta un dinero que ellos no desembolsarán. «La Administración, en este país, no funciona así y asume los gastos. No cabe duda de que lo que estos turistas han cometido es una imprudencia, pero no hay ninguna imputación delictiva en esto», explica un miembro de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

El precio que podrían haber pagado es otro muy distinto. Pese al paso del tiempo, será muy difícil olvidar lo que sucedió hace ahora 19 años, en la madrugada de un domingo, sobre el puente de A Illa. Marcelino Paquay Rovira, al que todo el mundo llamaba Marcelo, se encontró con dos amigos en un local de copas de Cambados hacia las cinco de la mañana. Juntos, decidieron ir a Castrelo a echar la arrancadeira y comer un bocadillo en Vilanova. A continuación, en lugar de regresar a casa, Marcelo animó a sus compañeros a conducir hasta A Illa. Cuando circulaban sobre el puente, el joven insistió en detener el automóvil en el que viajaban para abandonarlo y lanzarse al mar. Una peligrosa costumbre que, por lo visto, gozaba de cierta prédica entre la chavalada por aquel entonces.

Aunque sus amigos lo vieron nadar en dirección a Vilanova, y se acercaron a la playa para proporcionarle algo de abrigo, Marcelo nunca llegó a la orilla. Dos días después, los buzos del servicio de Emerxencias e Protección Civil de O Grove encontraban su cuerpo a doscientos metros del puente.

Seis años más tarde, en enero del 2006, Guillermo Belloz, un hombre de 37 años que vivía en la localidad murciana de Cieza y estaba pasando unos días en Santiago con unos amigos, se encontraba en Pontecesures, cuya noche del sábado funcionaba entonces como una moto. Fue visto por última vez a las cinco de la mañana, saliendo de un pub. Según sus amigos se hallaba en un estado de euforia total. Una pareja, que permanecía en el interior de un automóvil, vio cómo el individuo se arrojaba al Ulla. Acudieron corriendo a la orilla y le preguntaron a gritos si necesitaba ayuda. Por toda respuesta Guillermo proclamó: «Yo controlo». Un piragüista encontró su cadáver, hundido a dos metros de profundidad, a la mañana siguiente. Otra imprudencia letal.

«La Administración en este país asume los gastos, pero el operativo de rescate cuesta un dinero»

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