La desaparición del bigote más conocido de O Grove

Miguel Pérez tampoco le daba mal a la piragüa


Su poderío con la pala no alcanzaba el nivel que exhibió con olímpica firmeza Fredi Bea, compañero de gobierno y contrincante político de forma alterna, en función de la geometría variable del momento. Pero Miguel Ángel Pérez tampoco le daba mal a la piragua. Lo demostró en junio de 1999, deslizándose raudo y veloz hacia la alcaldía a golpe de remo. Habrá quien piense que Pérez, el político que más tiempo ha aferrado el bastón de mando en la historia democrática del municipio arousano, cumplía razonablemente sus promesas electorales. Sobre todo, a la vista de que ni siquiera el vómito negro del Prestige, que golpeó con fuerza el litoral meco tres años más tarde, fue capaz de restarle votos en la siguiente cita con las urnas. No faltará quien entienda, en cambio, que nuestro hombre falló en varios de sus cometidos. Nosotros ni quitamos ni ponemos rey, pero nos vemos en la obligación de revelar una tacha en la hoja de servicios del antiguo regidor popular. Recordarán que uno de los motes que en sus buenos tiempos pendían sobre el alcalde recogía su impactante parecido con Ned Flanders, el melifluo vecino de Los Simpson. Hace veinte años, le preguntamos directamente a Pérez qué motivo sería lo suficientemente poderoso como para convencerlo de acudir la barbería y afeitarse su inconfundible bigote. «No me lo he planteado, pero posiblemente no lo haría por nada», proclamó el político en campaña. Tiempo después, sin embargo, el mostacho se esfumó de su labio superior para no volver jamás. Así, sin explicaciones, rápido e indoloro. Tanto, que el episodio fue debidamente aireado por las comparsas del entroido meco.

Podía parecer modosito e inofensivo, como el bueno de Flanders, pero no le tembló el pulso a la hora de despejarse el camino de rivales, como la misma Paula Janza o Ana Isabel Domínguez. Nos despachó con cierta sorna en los prolegómenos de las elecciones del 2007, asegurando que, si bien no le disgustaba, tampoco era precisamente un fan de la disfuncional familia amarilla de la Fox. ¿No tendría más que ver con el implacable señor Burns? «Non coñezo tanto os personaxes», resolvió Pérez. Y sonrió bajo su bigote de acero.

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