«Traballei nun petroleiro no que ías de proa a popa en bicicleta»

A bordo de cargueros y otras embarcaciones, el grovense Manolo Iglesias, ahora jubilado recorrió medio mundo


Redacción / La Voz

Manolo tiene mil historias que contar. Y la mayoría de ellas tienen que ver con el mar. Con cuando recorría el mundo a bordo de petroleros y cargueros. O con el frío que pasaba cuando, con solo doce años, salía a faenar a las cinco de la tarde para no regresar hasta la mañana siguiente. Pero la suya, asegura, no es una historia especial. Es la misma que la de muchos otros marineros de O Grove que hace no tantos años se enfrentaban al mar con lo puesto. O se marchaban a otras tierras de las que ignoraban hasta el idioma, con poco más que una referencia de donde encontrar trabajo y un pasaporte que les impedía cruzar a la zona comunista, «aínda que iamos igual», reconoce. La suya, reitera, es la historia de otros muchos Porque en cada puerto en el que desembarcaba, fuera Kuwait o Nueva York, lo primero que se encontraba entonces era a un vecino de O Grove.

«Empecei no mar con doce anos. Non quedaba outra. Daquela ou ías de carpinteiro ou axudar a teu pai», cuenta. Era de familia numerosa y, mientras las mujeres se ocupaban de mariscar y reparar aparejos, los hombres salían cada tarde al mar para pasar allí la noche. Las condiciones de entonces no eran las de ahora, «e iso que na casa dicíanme sempre que eu xa nacera na época da fartura», sostiene. Porque, entonces, no había ropas o botas de agua, ni calefacción en las casas. «Chegabas ás sete da mañá á casa cos pés fríos de toda a noite no mar, metíaste na cama e espertabas cos pés fríos», cuenta. Tampoco el trabajo era sencillo. «As dornas ían a remo, ou a vela se tiñas sorte. Nos anos 60 xa empezaron as embarcacións a motor e xa non remabamos, a non ser que este se avariara», sostiene.

Pero a Manolo le llegó también la época de la emigración. Fue en el año 67 cuando decidió hacer las maletas y probar suerte fuera de las fronteras españolas. Se marchó a Amberes y, de allí, a Alemania. «De aquí do Grove marchamos sete xuntos, a buscar a vida», explica. No sabían más idioma que el español y el gallego. Su primera parada fue en París. Allí tuvo que hacer noche, en casa de una hermana suya, porque el ferrocarril estaba paralizado por una huelga. En la estación, «atopei a un do Grove que me dixo que non había servizo», relata. A Bélgica llegó al día siguiente y en la estación pidió un taxi para que lo llevar a la dirección que le habían facilitado. El problema, «que para pagar só tiña pesetas. Quíxenlle dar un billete de mil, pero non o quería», cuenta. Por fortuna, de nuevo, unos de O Grove que había por allí salieron en su rescate y abonaron la factura.

Fue en Hamburgo donde consiguió embarcar, en un carguero que llevaba madera a Rusia. Y eso a pesar de que su pasaporte ponía que no podían viajar a zonas comunistas. «Tiñamos a idea de que eso era o peor, de que os comunistas tiñan rabo e cornos», dice. Así que su sorpresa fue mayúscula cuando tuvieron que ir a visitar a un compañero que fue hospitalizado. «En España, os hospitais tiñan cuartos para sete camas e pensamos que aquilo sería peor. Levabamos unha chuleta e froita porque pensamos que nin lle daban de comer», asegura. La realidad era bien distinta. «Estaba nun cuarto el só, con outra cama, e tiña unha fartura de comida», asegura.

Después se pasó a los petroleros. «Estiven en barcos de 30.000 toneladas, de 75.000 e despois nun de 125.000 toneladas. Iamos de proa a popa en bicicleta porque era coma un campo de fútbol», relata. En uno de ellos viajó a Sídney, «foi a primeira vez que vin o edificio da ópera», explica. La travesía duró 24 días y, en las horas muertas, «xogabamos ás cartas ou iamos á piscina», cuenta. Porque cuando pasaban frente a las costas de la India, donde el calor apretaba, se improvisaba con una lona un refugio en el que bañarse. Subido en estas embarcaciones recorrió medio mundo. Estuvo en África, donde tuvo que ser atendido en un destartalado dispensario por médicos franceses. En Colombia, «donde nos roubaron toda a pintura que tiñamos no barco». Y atravesó el canal de Panamá. Pasó por Kuwait y pudo disfrutar del alumbrado de Navidad en Nueva York «na época na que no Grove non había nin unha lámpada», relata. En el 73 decidió regresar a casa, donde le esperaban su mujer y sus hijos. Tuvo la oportunidad de volver a marcharse, pero ya no quiso. Tenía embarcación propia y, de nuevo, encontró en el mar la forma de ganarse la vida. Fue durante muchos años vicepatrón de la cofradía y hasta concejal en un mandato. Ahora, está jubilado y al mar no va ni a pescar. 

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