La ruta que el catamarán no pudo surcar

El naufragio de O Grove frustró un paseo con vistas idílicas, explicaciones sobre el marisco y un sabroso festín a bordo

La Voz en un catamarán de pasajeros de O Grove La Voz en un catamarán de pasajeros de O Grove

O Grove / La Voz

Dicen que si la vida es una fiesta has de aprender a bailar a su ritmo. Y en O Grove se toman este principio al pie de la letra. Pese a que el accidente que el martes envolvía a un catamarán en llamas sigue en la mente y en la boca de todos, la vida no tiene botón de pausa. Familias al completo, de Galicia y de fuera de nuestras fronteras, abuelos o pandillas de jóvenes continuaban ayer surcando la ría de Arousa. Lo cierto es que, por quince euros, los catamaranes alimentan los cinco sentidos. Con el viento rozando la cara, navegando entre los polígonos de bateas, se divisan al fondo postales idílicas como la de A Illa de Arousa y la inconfundible arena de O Carreirón. Así es la ruta que la embarcación turística que ardió con 48 pasajeros y cuatro tripulantes a bordo no pudo concluir.

Cerca de la una del mediodía, se cambia el vermú por un albariño bien fresquito, y aceitunas, por mejillones al vapor. Barra libre. El inconfundible olor a mar se mezcla con el de los bivalvos y se acentúa cuando, ante la mirada atónita de los pasajeros, el barco se detiene y la tripulación explica cómo se cultivan y se recogen los mejillones, las vieiras y las ostras. «¡Qué flipe! Papá, mira cómo levantan las cuerdas con los mejillones que están pegados a las maderas flotantes», exclama un cativo. La hora de recorrido por la ría anima a repetir. «Somos de Palencia y este es el segundo verano que venimos porque nos encanta todo: las vistas, la comida, el vino... Lo pasamos genial», dice una madre de familia. La singladura continúa con un hilo musical de lo más latino. Los niños juegan a darle de comer a las gaviotas, otros disparan selfis que parecen sacados de un anuncio veraniego, fotos en grupo y hasta hay quien da envidia al cuñado por videollamada entre mejillón y mejillón. «¡Eh! Mira cómo se pone tu hermana, hasta arriba de marisco. De película», ríe uno de los pasajeros. Como dirían los Looney Tunes, esto es todo amigos. El catamarán acaba su viaje, vuelve al muelle a por la siguiente remesa de pasajeros y se despide al son de Solo se vive una vez.

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