O Grove se sacude el miedo y cientos de turistas vuelven a los catamaranes

Pasajeros catalanes, madrileños y australianos subían ayer con normalidad y buen ánimo
a los barcos


O Grove / La Voz

«Hay que disfrutar, que la vida son dos días». Con este lema se incorporaba Carlos, un madrileño que veranea en O Grove, a la larga cola que ayer se formó en el muelle número 1 de embarque, para tomar un catamarán y recorrer la ría. Se disponía a mostrarles a sus nietos, por primera vez, el paisaje y sus bateas desde el barco. «Yo ya tenía la idea de traerles aquí, porque es la primera vez que están. Y aunque ha pasado lo que ha pasado, no se puede tener miedo. Hay que disfrutar de cada momento de la vida y no pensar en lo malo que nos puede tocar, hombre», exclama sonriente mientras pasa el brazo por encima de su nieto mayor y besa la frente del pequeño. Pese a que esta es la imagen más habitual en el puerto de O Grove, ayer era una jornada delicada para todos. Los había que, desde la barandilla, miraban atónitos a los cientos de visitantes que se organizaban, felices y contentos, para subir al barco: «Esto es increíble, qué ánimo tiene la gente. Yo hoy aún no sería capaz de montarme en ningún catamarán después de lo vivido aquí». Pero la vida sigue, y el verano, también.

En el medio de la fila asoman un grupo de amigos que, entre carcajada y carcajada, se ponen bien de crema protectora, «que en el barco, en la zona de arriba, pega fuerte», mientras mueven las caderas al ritmo de la música caribeña que procede de otra de las embarcaciones que llegaba a puerto. «Estos qué van a tener miedo, si son vascos», bromeaban entre ellos. «Miedo no se puede tener, a nada. Es una pena lo que ha pasado ayer, pero hay que ser positivo y pensar que al final no ha ocurrido nada grave. Esto es como un accidente de un avión. ¿Si se cae uno dejas de viajar en él por el miedo a que te pase? Pues no».

De Barcelona, Valencia, Madrid y hasta de Australia. Nadie quería perderse el paseo por la ría, pasase lo que pasase. El día acompañaba, el mercurio marcaba los 27 grados y para combatir el calor todo el mundo se rindió a los pies de los gorros-sombrilla. Un artilugio que se coloca en la cabeza, como si fuera una gorra de las de toda la vida, pero en forma de sombrilla, lo que evita «queimar o nariz». En la hilera, aunque los ánimos era festivos, solo se hablaba de una cosa: del catamarán el llamas del día anterior. Unos se enteraron por la televisión y las webs de los periódicos, otros por las redes y las retransmisiones en directo, y algún rezagado permaneció ajeno a lo sucedido hasta el día siguiente, «porque de vacaciones se está para desconectar y vivir alejado hasta de la realidad».

Mientras se sacaban unos selfis antes de zarpar, un grupo de catalanas, uniformadas con sus pamelas florales rosas, sonreían y bailaban para amenizar la espera. «Llevamos ya casi una hora esperando, salimos a las doce pero llevamos aquí desde las once, y con este calor, hija. Hay que llevarlo con ganas». Todas coinciden en que están pasando unos días «maravillosos» por la zona, descubriendo el paisaje y también ganándose unos kilos de más: «Porque como estamos comiendo aquí, ya te digo que en ningún sitio. Qué rico todo dios mío... Eso sí, para que veas, los pantalones ya me aprietan y ahora espérate que nos den el vino y los mejillones», confiesa entre risas una de ellas.

En definitiva, en O Grove aún se lamentan por lo sucedido, pero la normalidad y la tranquilidad se instala en el muelle. La gente se niega a que el miedo estropee sus vacaciones. Y por eso la mejor de las soluciones es «espantar a la mala suerte bailando».

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