«No sé nadar y casi me dejo ir»

Las víctimas del naufragio subrayan la veloz reacción de la tripulación y la solidaridad de las gentes de O Grove

María Dolores Pascual, 80 años: «No me quería tirar al agua porque no sé nadar» María Dolores tiene quemaduras en un brazo pero a pesar de todo sonríe. Está aliviada porque toda su familia está a salvo. Ella se resistió a saltar al agua porque no sabe nadar pero al final un trabajador del catamarán la convenció

O Grove / La Voz

Si en algo coinciden los testimonios de los turistas que viajaban en el catamarán es en el gran papel desempeñado por los tripulantes de la embarcación. Actuaron rápido, con seguridad y no abandonaron el barco hasta que no hubo nadie a bordo. Incluso saltaron con las personas mayores y con los niños que no sabían nadar. «Mi ángel estaba en ese barco, porque yo me iba a dejar ir. Fue un hombre de la tripulación que me dijo: ‘‘Señora, usted tiene que saltar y va a saltar conmigo’’ y así lo hice», relata María Dolores Pascual, una ourensana de 80 años. También se deshacen en palabras de agradecimiento con todo el personal que los atendió. «La gente que me sacó del agua y que me regaló esta sudadera que evitó que me muriera de frío», cuenta una madre de Majadahonda que viajaba con su marido y con sus dos hijos.

A María Dolores la venían a visitar sus dos nietos, su hija y su yerno desde Tenerife. Lo que comenzó como un martes de vacaciones en familia terminó de forma aterradora: «No dejo de persignarme por lo mal que lo pasé y las gracias que doy por seguir viva para contarlo». A esta ourensana ni tiempo le dio a tomar asiento en el catamarán cuando de golpe un estruendo sacudía la embarcación. Acto seguido, una espesa columna de humo negro comenzó a brotar por la popa . «Mi yerno me dijo que había que saltar, pero yo no sé nadar. Me atemoricé tanto que les dije que yo no saltaba», relata emocionada. Su hija se tiró al mar sin dudarlo con uno de sus nietos, «¡hasta se metió por debajo del barco!», y su yerno se echó al mar con la otra pequeña. María Dolores, dice, se agarró fuerte a la virgen de Coromoto que siempre lleva colgada en su cuello y cerró los ojos. «Me salvó la vida, me la salvó doblemente porque no morí quemada ni ahogada gracias a él», relata visiblemente emocionada.

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