El cura grovense que reza con los musulmanes

Quería ser misionero y encontró su lugar acogiendo a los inmigrantes que a diario llegan a su parroquia


O GROVE / la voz

Forofo del Celta, defensor a ultranza de todo lo gallego y amante «dos paseos pola Lanzada ou por San Vicente», donde viene a recargar las pilas siempre que sus obligaciones se lo permiten. Así es Germán Padín, un grovense que lleva más de una década trabajando en uno de los barrios más marginales de Valencia. Cuenta que desde bien pequeño sintió su vocación. Pero, por cuestiones de la vida, no fue hasta hace veinte años que decidió dar el paso. Se hizo misionero claretiano, «porque tiña ilusión por ir ás misións». Las encontró bien cerca, en Valencia. En un barrio marginal de la ciudad lleva años ayudando a los inmigrantes que llaman a su puerta. Muchos son pakistaníes, musulmanes que apenas saben una palabra de español. «Hoxe en día se teño que ir para a India, vou, pero sei que se me deixan quedar aquí podo facer un labor importante», asegura. Sus historias son duras, quizás demasiado. Incluso para alguien que ha decidido dedicar su vida a ayudar a los demás.

Fuensanta es un barrio marginal con un 60 % de inmigrantes, la mayoría pakistaníes o del Magreb, y una gran colonia gitana. No es de extrañar que los problemas aquí sean muchos y muy variados. Y con todos ellos ha aprendido a lidiar el padre Germán. Su parroquia cuenta con un sinfín de programas para acoger a las familias que llegan con lo puesto y sin conocer el idioma. Que de repente se encuentran con una cultura completamente diferente a la suya en la que tienen que integrarse. «Os paquistanís son todos musulmáns. Son tremendamente respectuosos e moi educados co cristianismo e participan en todas as nosas celebracións», cuenta. Porque la iglesia se ha convertido en el primero lugar de encuentro para muchas de estas familias. «O que chocan son as culturas, veñen a unha realidade á que se teñen que acostumar sen perder o seu», argumenta el párroco. Él les ayuda y en sus misas cambian símbolos cristianos por los abrazos, por ejemplo. «Dígolles: imos rezar en silencio, vos a Alá e nós ao noso deus», relata.

Su parroquia ofrece un sinfín de programas para los que no tienen nada. No solo dan ayuda, también les enseñan cómo deben gestionar sus recursos para que puedan salir adelante. «Temos un programa de acollida para que os nenos poidan aprender castelán e para que fagan os deberes», explica. Y se están ocupando también de sus madres, cuya cultura las hace totalmente dependientes de sus maridos. «Fixemos uns talleres de costura aos que, pouco a pouco, van vindo», relata. El objetivo no es solo que aprendan a coser, es también que se relacione y que se acerquen a un idioma que desconocen por completo. Poco a poco, y con mucha paciencia, se van ganando su confianza y les ayudan también a ir al supermercado, a aprender a hacer la compra. «Ensinámoslles a ler as etiquetas para que non coman porco. Elas apréciante cando ven que respectas a súa cultura», argumenta.

La mayoría de los pakistaníes llegan a Valencia con los papeles en regla, «pero moitos deixan ás súas familias alá», explica el cura. Ayudarlos a reagruparse es otra de sus tareas. «A lei é unha contradición porque di que a reagrupación é importante, pero tamén que teñen que ter un traballo fixo e unha renda mínima», explica. Entre eso y los problemas que tienen con el idioma a la hora de conversar con las diferentes administraciones, el proceso se hace interminable y muy duro. Aún así, han conseguido ya que varios padres se reencuentren con sus hijos.

No solo con la burocracia tiene que lidiar este párroco. Desde la crisis, esa que dejó sin casa a muchas familias en España, se ha convertido también en experto en desahucios. Ha tramitado un sinfín de alquileres sociales y peleado para que muchos no pierdan su vivienda habitual. Cuenta, para ello, con la ayuda de Cáritas. Entre ambos han puesto también en marcha un economato en el que los más necesitados pueden adquirir productos de primera necesidad a precios muy bajos. Y allí obligan a sus usuarios a comprar productos de higiene. «O pobre ten que ser pobre, pero non esmoleiro, a pobreza haina que dignificar», argumenta. Es partidario de ir dando oportunidades. De ayudar, pero también de exigir la implicación del ayudado. «Cáritas ten dous pisos que se alugan a familias. Se teñen ingresos, unha parte teñen que gardalos nunha conta e non poden tocar eses cartos, que son deles. Así aprenden a administrarse», asegura.

Vivir a diario con estas historias no es sencillo. Ni siquiera para alguien que ha decidido dedicar su vida a ayudar a los demás. Porque, a pesar de todo, este párroco sigue preguntándose a diario si podría hacer más, si hubiera estado mejor actuar de otra manera... Por eso no es de extrañar que, de vez en cuando, necesite desconectar. Para eso está O Grove, «veño aquí a cargar as pilas. Levo moito tempo fóra pero non podo vivir sen os meus paseos pola Lanzada ou por San Vicente, sen ver os sorrisos da xente da miña vila», reconoce. Cuando se marcha, se lleva un pedacito en el bolsillo. Desde «a caña de Don Antonio -el párroco de la localidad- ao porco para facer un cocido», asegura. Porque allá, en Valencia, esos productos «non saben igual cós de aquí», concluye.

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