Un Tucho que tiene don abonado al número 13

El cura que llevó el rock al altar y rompió moldes dando misa en gallego aboga por una Iglesia más actual


vilanova / la voz

Nos recibe con una virguería. Una bandeja de salpicón coronada con un cerdo hecho de huevo cocido, y lo pone título: Sinfonía culinaria con cocho da nosa terra. El plato lo improvisó esa misma mañana y lo creó en honor a su madre, Mercedes, que tanto lloraba cada vez que tocaba matar el cerdo de casa. Este pequeño detalle ya define al personaje. Como que se haga llamar don Tucho, un nombre poco ortodoxo para un sacerdote, pero que él lleva a gala porque el Tucho se lo pusieron en casa y porque le gusta sentirse próximo a la gente. «O de don xa non me gusta tanto porque quédalle como un mandil a unha vaca», matiza, pero acepta el tratamiento porque todavía hay mucha gente, sobre todo mayor, que no se acostumbra a tutear a un sacerdote.

Es síntoma de uno de los males que, a su juicio, sufre la Iglesia. «Debería ser máis aberta, hai que cambiar as mentalidades, dos curas e tamén da xente en relación coa Igrexa. A xuventude escapou porque non lle resulta atractiva. Vena como algo triste cando debería ser alegre». Desde luego por él no queda, de manera que si los chavales le piden que les permita rodar en el altar y que cambie la sotana por una camiseta promocional del festival Rock’in Vila, él lo hace y lo volvería a hacer, aunque no todo el mundo lo comparta. ¿Un cura rebelde?, preguntamos. «Non son rebelde, son consecuente», corrige. Por que si algo tiene claro el párroco de Vilanova es cuál es su misión: Id por el mundo y anunciar el evangelio (San Mateo 28-16), cita. Y su idea de las escrituras no pasa solo por la doctrina y la penitencia. «Máis que unha igrexa canonista eu quero unha igrexa misioneira, máis pastoral e instrutiva, que practique a caridade». Sobre una cuestión tan espinosa como celibato, se moja. «Debera ser opcional».

Antonio Sineiro empleó parte de su vida a la enseñanza religiosa, primero como profesor en el seminario y, después, como coordinador de un grupo pedagógico, allá por 1971, lo que le llevó a recorrer buena parte de los colegios de la Diócesis de Santiago.

Hoy, desde su posición de párroco, sigue cuidando todo lo relacionado con la formación. Presume, y tiene motivos para hacerlo, de que tiene casi doscientos niños y chavales en la catequesis, que cuarenta y cuatro chicos hicieron la Confirmación el último año con él -algunos procedentes de otras parroquias- y que ha contribuido a que surjan nuevas vocaciones en un momento en que si algo le hace falta a la Iglesia son curas. Esta es una de sus angustias, dice, por eso aboga fervientemente por dar cancha a los laicos para que celebren la liturgia de la palabra cuando no haya un sacerdote para dar misa.

A sus 79 años, Antonio Sineiro mantiene su espíritu revolucionario, por eso se siente tan identificado con el Papa Francisco, que está rompiendo algunos moldes, como fue casar en un avión, con motivo de su reciente viaje a Chile, a una pareja de periodistas que hacían vida en común sin haber pasado por la vicaría. «Houbo quen o criticou, pero a min encantoume. A Igrexa ten moito medo a perder o dominio das cousas, debería ser máis arriscada, saír das covas», señala.

Él también ha roto algunos esquemas. Aparte de llevar el rock al templo, fue de los pioneros en la comarca en dar la misa en gallego. Aquello levantó ampollas entre algunos feligreses, pero don Tucho se mantuvo en sus trece y sigue haciéndolo cada domingo al mediodía.

Quizá la tozudez le venga de ahí, del trece, porque Antonio Sineiro presume de que este número con tal mala fama ha marcado su vida, y lo ha hecho para bien. Nació un 13 de abril, su santo es el 13 de junio, se ordenó sacerdote un 13 de agosto, 13 años fueron los que estudió en el seminario y 13 fueron los carneros que mató su padre para la fiesta que hizo en 1961 con motivo de su primera misa en Barrantes.

De allí es nuestro protagonista, y ejerce. Hace acompañar su «sinfonía culinaria» con una taza de tinto que, como dijo cuando tomó posesión como valedor del Tinto de Barrantes el pasado año, debería estar en las farmacias. No es la única distinción que tiene en su haber. Hace tres años le entregaron el Mexillón de Ouro de las fiestas de Vilanova, y es que en su pueblo de adopción también se le quiere.

Llegó a la cuna de Valle-Inclán hace 24 años, a petición propia, porque quería trabajar con los jóvenes y ayudar a combatir la lacra de las drogas, que en aquellos años azotó esta comarca de forma implacable. Antes había estado en San Vicente de O Grove, donde pretendía crear una suerte de Proxecto Home, pero el entonces Arzobispo de Santiago, Rouco Varela, se trasladó a Madrid, y aquella iniciativa se frustró.

Antonio Sineiro encontró en Vilanova su segunda casa, donde además de cura es considerado un vecino más. No es raro encontrarlo en el bar siguiendo el partido del Celta de sus amores. El Real Madrid también le tira «aínda que perdeu contra o Leganés, pero estalle ben, a ver se lle baixan os fumes». A lo que se resiste es a jugar a las cartas a la hora de la chiquita «porque cando se perde a xente non sabe o que di», y a comprarse un teléfono móvil. No porque no le haga falta. Lo hace para dar ejemplo. «O primeiro que lle regalan aos nenos na Comuñón é un móbil, e iso é unha ferramenta moi perigosa». Palabra de cura.

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