Las mujeres que llegaron cuando no había nada

Trabajaban en galpones, casi de prestado, y sintiendo la mirada recelosa de la gente del mar. El esfuerzo valió la pena: ayudaron a crear el Intecmar, un centro que, 25 años después, es una referencia

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vilagarcía / la voz

Aquel año, el Se le apagó la luz de Alejandro Sanz y el Smells like teen spirit de Nirvana no pararon de sonar en las emisoras de radio. Probablemente ambas canciones formasen el escenario musical en el que un grupo de jóvenes científicos, repescados de otros servicios de la Xunta, empezaban a tejer lo que hoy es el Intecmar. Adela López Gómez, Milagros Madriñán Méndez y María José Crespo Hermida fueron tres de aquellas jóvenes que desembarcaron en Vilaxoán sin saber muy bien en qué se habían metido.

Aunque alguna pista tenían. Antes de sumarse al club del entonces centro de control, Adela trabajaba con una beca en Couso (Ribeira), donde se hacían análisis de agua, Milagros tomaba muestras para Sanidade, y María José Crespo también había estado becada por la Universidad. Pero llegó el 92, el año de las Olimpiadas, y alguien en la Administración se dio cuenta de que, si Galicia quería ser una potencia en la producción de mejillón y demás bivalvos, era necesario poner en marcha un sistema que blindase la seguridad alimentaria de esos productos.

Los comienzos fueron duros. Adela recuerda cómo ella y sus compañeros tuvieron que hacer el traslado de los microscopios de Couso para unas salas cedidas por Inspección Pesqueira en Vilaxoán. Eran siete personas, a las que poco a poco se fueron sumando nuevos equipos. En las primeras remesas llegaron Milagros Madriñán y María José Crespo, que trabajaban para Sanidade recogiendo muestras de moluscos por toda la costa gallega.

«En aquella época, todo lo teníamos que hacer, empezamos de cero», cuenta Adela. Quienes como ella se dedicaban al recuento de células tóxicas, debían hacerlo sin demasiada ayuda. «Cuando veíamos algo raro, lo sacábamos por una impresora en blanco y negro, y entre todos intentábamos descubrir qué era». Un grueso manual lleno de códigos, claves y nombres en latín les servía de apoyo.

Faxes y walkie talkies

Para quienes se dedicaban a recoger muestras las cosas no eran mucho mejores. Milagros y María José se recorrían la Galicia costera de puerto en puerto para subirse a «barcos cativos» y salir al mar con tripulaciones que solían estar compuestas por el patrón del barco y la propia científica. «Me acuerdo de una vez en Muros que se soltó el cabo del barco y se fue a la deriva. El hombre que me llevara estaba sobre la batea, y yo al timón, siguiendo sus instrucciones», decía Milagros. Asegura que aquel día paso un inmenso terror. Como otra vez, en O Grove, cuando la que embarcó fue María José. «Se fue en un barco pequeñito, con un señor mayor y su mujer. Había un temporal horrible, no se veían los barcos, y yo la llamaba por el walkie talkie y no contestaba...».

Afortunadamente, las condiciones de trabajo cambiaron. «Houbo todo un gran salto tecnolóxico», recuerda María José. Todo se ha vuelto más fácil: ahora ya no es necesario ni parar en los peajes de la AP-9, y hay programas informáticos que analizan por sí mismos los resultados de algunas muestras. Pero, pese a la dureza de los comienzos, en las voces de estas tres pioneras del Intecmar hay un deje de nostalgia. «Éramos pocos, y nos tomamos el proyecto como algo personal. Recuerdo que a veces llamaban diciendo que había una mancha en Aveiro y allá íbamos, en helicóptero, a por ella», relata Adela. «Éramos moi novas, acababamos de saír da formación», remachan sus compañeras. «Y nos machacaban diciéndonos que nuestro chollo era muy importante», recupera el hilo Adela. «Fíjate, es que de nuestro trabajo depende un sector que... Telita».

Las tres mujeres que tenemos delante fueron testigos del malestar que la entrada en escena del Intecmar causó en el sector del mar, especialmente en el mejillonero. «No lo entendían. Decían: si antes no pasaba nada, por qué pasa ahora. No se fiaban del criterio científico, ni de los análisis. Y cuantas veces decían, ‘si a este le abres, ¿por que no me abres a mi?’». «Hubo que convencerlos de que todo lo que se hacía era por ellos, para que pudiesen vender su producto con todas las garantías».

Pero ese objetivo se ha cumplido. El gran salto tecnológico y la irrupción masiva de Internet ha permitido trasladar al sector, de forma casi inmediata, la información que genera el Intecmar. «Ahora el sector está concienciado. Todo el mundo sabe lo que son las biotoxinas y tienen sus propios estudios», relatan estas mujeres. Ellas declaran estar orgullosas y satisfechas del trabajo que hacen. Y de la implicación con la que lo siguen haciendo 25 años después. «El nuestro no es solo un trabajo administrativo. De nosotros depende un sector, muchas empresas. Y si la cosa está muy peliaguda y hay que salir a muestrear, se sale. Y si hay que venir un festivo, se viene», concluyen.

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