A Toxa, una isla empeñada en renacer

Tras años de declive, el buque insignia del turismo en las Rías Baixas parece haber puesto rumbo a una nueva edad dorada, recuperando el glamur de antaño


o grove / la voz

Durante muchos años, A Toxa fue la avanzadilla del turismo en Galicia. Un rincón glamuroso al que la gente de posibles llegaba buscando tranquilidad y descanso. Los años pasaron, el mundo cambió, y la isla del Gran Hotel y los chalés de lujo perdió su rumbo, nadando desorientada entre el turismo de élite y el de masas. La combinación de ambos modelos no es sencilla. Pero en A Toxa parecen empeñados en lograr esa extraña comunión que permite que, en un mismo instante, compartan espacio Amancio Ortega, que ha salido a pasear acompañado por su perro, y una familia de clase media que camina sin prisas, en bermudas y chanclas.

«A Toxa tiene que ser el motor del turismo en O Grove», decía esta misma semana el alcalde de O Grove. José Antonio Cacabelos asegura que el Concello está haciendo todo lo que está en su mano para ello, redoblando esfuerzos para que las parcelas de titularidad municipal, y especialmente el gran parque forestal del Monte Central, presenten una imagen impoluta. Pero considera Cacabelos que ha de ser la iniciativa privada la que devuelva a la isla el esplendor de antaño. Y parece que también en ese campo se están dando pasos. Hace poco más de una semana, el Club Náutico de A Toxa inauguraba un pequeño puerto deportivo. Nacen esos atraques del esfuerzo de un grupo de aficionados a la náutica, vinculados a la isla, que quisieron dotar a la misma de unas instalaciones a la altura de su deslumbrante historia.

Porque A Toxa, en estos últimos años, había entrado en un flanco declive. Hierbajos en las aceras, balaustradas que se caían a pedazos y rincones oscuros en los que se amontonaban, incluso, viejos trastos a unos metros de la capilla de As Cunchas. La imagen desconcertaba a los visitantes, que esperaban encontrar allí la perfección de los grandes lugares. Este año, muchos de esos errores estilísticos ya han sido corregidos, y el mar azul brilla aún más tras la balaustrada blanca e impoluta de la isla. También el Gran Hotel está sumergido en trabajos de reforma, y parecen sus gestores dispuestos a hacer florecer el palacio de Congresos que adormece en lo más alto de A Toxa. Y un poco más abajo, junto al mar, el Club de Golf ha decidido echar mano del Beach Club, que se había convertido en testigo de cargo de la frustración de una isla que, ahora, parece dispuesta a renacer de sus cenizas.

«Una isla encantada, donde los hombres se curan como en una historia de milagros»

En el verano de 1907, La Voz de Galicia reservó parte de su portada para una sección fija bautizada como «El veraneo en Galicia». A finales del mes de julio, ese espacio se dedicó a la isla de A Toxa en dos ocasiones. Firmaba aquellas crónicas El hidalgo de Tor, un sonoro nombre tras el que se escondía uno de los escritores-periodistas más ilustres que ha dado la ría de Arousa: Julio Camba. Su relato, lleno de viveza, arranca en Cambados, donde «un viejo, de recias barbas, como hechas con alambres cortos, se acerca y se descubre». Preguntan a nuestro corresponsal y a su acompañante, si van a A Toxa y les ofrece su bote para hacer el recorrido. Y es que, como sabremos al final de este relato, en 1907 a la isla solo se podía llegar por mar. Estaba en proyecto la construcción de «un monumental puente que pondrá en comunicación la isla con la carretera del Grove a Pontevedra».

Medieval y triste

Echa Camba pie a tierra convencido de llegar a un lugar de aspecto «medieval y triste». De nada le valen las advertencias del barquero, que le habla «del señorío inmenso que a esta milagrosa isla viene todos los años». El viaje le da otras pistas que no desdeña para su relato, pero en las que no confía: «Hasta la isla adelantan, sobre el cristal tranquilo de las aguas, unos esbeltos postes, de hierro, que traen la luz desde Caldas». «La Toja ha aparecido de repente ante nosotros. Aquella visión tiene algo de exótico, con sus pabellones de madera, con sus aleros salientes y con su gran abundancia de cristales. Parece un paisaje de abanico, uno de esos fantásticos países japoneses, a la orilla de un lago quieto y brillante».

Caras conocidas

Nada más llegar, Camba se sorprende al verse rodeado de «caras conocidas». Hay gente de Madrid, gente llegada de ciudades gallegas que «duermen a la sombra de una catedral». «Veo gente que, sin duda, ha venido de la brumosa Inglaterra... Y comienza a maravillarme un poco el no haber encontrado todavía el coche de manos de un paralítico, ni la triste visión de una muchacha joven y bonita que se vale, para andar, de dos muletas». La isla, lejos de escenas deprimentes, la música le ofrece «las notas de un vals que se desgranan alegres». Y, tras un primer recorrido por una isla fabril, concluye Camba que «se siente intensamente la vida en los grandes buques. Como en ellos, hay allí un rumor continuo de máquinas, un ambiente que huele a sal y a yodo, una mezcla de gente trabajadora y de gente que quiere entrever, del modo más dulce, los días de su destierro...».

Con esta imagen concluía la primera crónica de El hidalgo de Tor. Al día siguiente llegaba la segunda entrega. En ella, nos presenta el cronista a Fernando Rodríguez Porrero, el administrador de A Toxa. Un hombre gracias al que la isla «ha perdido su aspecto medieval y triste», y que «hará de este lugar un balneario digno de su importancia». Para la isla había grandes planes. Algunos, como la fábrica de jabones, ya estaban en marcha, y sus productos «han logrado introducirse en Francia y hacerse adoptar por los hospitales, militares y civiles, de tan culta nación. Donde el consumo alcanza cifras asombrosas es en toda América Latina». También el balneario, frecuentado por «banqueros, aristócratas, políticos y otras personalidades de alta distinción y universal renombre».

La seducción

Acaba Camba seducido por la isla y por su futuro. Un futuro en el que entraba un hotel «espléndido», «montado con los últimos adelantos de confort»: desde ascensores a teléfonos en todas las habitaciones. «Este proyecto habrá de completarse con la urbanización de la isla toda», con grandes avenidas «y anchurosos paseos». «De La Toja quedará en mi alma un recuerdo grato y perdurable», decía, ya cerca de la despedida, El hidalgo de Tor.

En 1907, Julio Camba escribió para La Voz una crónica de su viaje a la isla grovense

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