La mujer que pone cara al balonmano arousano

Con 17 años Patricia, que tocó todos los palos de su deporte, fue una de las pioneras en el arbitraje en Galicia


vilagarcía / la voz

Cuesta salvar las reticencias de nuestra cocinera a elevar su nombre a relato de interés común, por el temor a que alguien pueda pensar que se cree por encima de lo que ella considera «un miembro más de mi familia»; el Rasoeiro, al que le une toda una vida, y del que es secretaria administrativa desde hace 12 años. Pero, aún respetando su modestia, parece de justicia contar lo que convierte a Patricia Sánchez Solla (Backnang, Alemania, 5 de abril de 1967) en una persona singular. De las que contribuyen a hacer palanca para enderezar los renglones torcidos sobre los que todavía se escribe el presente de las mujeres sin su minuto de gloria. Como una de aquellas pioneras que en los 80 abrían camino en Galicia en el mundo del arbitraje de balonmano.

Alemania fue la cuna de Patricia. Y su niñera hasta que con 6 años su padre almeriense y su madre de O Grove decidieron volver, al noroeste del sur, con ella y el primogénito Javi; el hoy conocido animador musical, padre de la guardameta del Porriño de División de Honor Irene Sánchez y Saulo, jugador del Xuven. A los 12, cuando Patricia empezaba a hacer sus pinitos como costurera de muñecas -hoy se hace parte de su vestuario-, nacía Diego, su otro hermano, convertido después en el portero entre porteros del Rasu con 22 temporadas en el club.

Con 14 años Patricia empezó a frecuentar el pabellón por su hermano mayor, guardameta del Rasoeiro. «Empecé a jugar. Era lateral, me hice colaboradora del club, y en 1984 -con 17 años- directiva con Queco Fresco haciendo labores de secretariado». Igual cuadraba los horarios de los entrenamientos de los equipos o tramitaba fichas y subvenciones, como ayudaba a preparar los desfiles de moda y los festivales musicales en el Cine Marino o la discoteca Number One con los que el club completaba su financiación. «También echaba una mano como ayudante técnica en el club y las escuelas municipales», con alumnos como el hoy actor Javier Veiga, «un traste de niño», recuerda.

«Me involucré tanto en el balonmano porque me gustaba mucho, tanto en la pista como en la oficina». Y no hallando oportunidad de sacarse el título de entrenador, no se lo pensó cuando la Federación Gallega organizó en 1984 un curso de árbitro en O Grove. La meca solo coincidió con otras tres mujeres durante sus cuatro años impartiendo justicia en partidos de categorías base, provincial y regional, y llevando la mesa, incluso en algún encuentro de Asobal. Gozando de lo que más le gustaba. Pero también soportando experiencias que, comenta, «me hacen sentir muy identificada con esa mujer árbitro de fútbol que acaba de denunciar actitudes machistas». En los 80 «llevábamos el pantaloncito corto y medias, y recuerdo en ocasiones escuchar a algún machito ‘Ven a pasear tu culito por aquí’, o al final de los partidos ‘Lo vuestro es la cocina’ y cosas así».

Lo más obsceno de aquello, advierte Patricia, es que «los peores comentarios venían de mujeres». Claro que «a mí no me minaban. Si he de definirme, era de las chulitas. Si tenía que echar a alguien, no tenía problema. Si me decían si quería cambiar de lado de la pista, respondía que para nada, que prefería oír lo que me soltaban a 2 metros». Así empezó a arbirtrar con 17 años, y nunca lo hizo de otro modo.

Tras hacer pareja con el hasta hace poco presidente del Comité de Árbitros de España, Rodrigo Costa, o con la en su día colegiada internacional María Fernández, Patricia lo dejó a los 20 por incompatibilidad con un trabajo en una constructora. Hoy puede decir que «da gusto ver que el arbitraje entre mujeres ha crecido mucho».

Una mudanza a Vigo, primero, y los primeros años de crianza de su hija la alejaron del balonmano, y del Rasu. Hasta que Queco Fresco la convenció para volver al club. Fue en el año 2005. «Querían a una persona con dedicación exclusiva, porque los padres de los jugadores no estaban bien atendidos, y yo ya había hecho en el club el trabajo que necesitaban cubrir». Y si bien Patricia defiende la dignidad de su labor remunerada «del mismo modo que un entrenador cobra por su trabajo», deja bien claro, y los que la conocen bien lo saben, que lo suyo con el Rasu va mucho más allá de una relación contractual. «Si soy delegada de campo -del sénior masculino-, si estoy en la cantina, si paso la mopa, es por mi implicación con el club», resalta.

Prueba de ello fue su papel de copromotora en el 2006 del Campus de Tecnificación Juan de Dios Román junto a Queco Fresco, Katelo y Miguel Otero, desde hace años bajo el paraguas de la Federación Gallega de Balonmano, y que permitió ver y aprender en O Salnés de gente de la talla de los exseleccionadores Valero Rivera y Manolo Cadenas. También fue Patricia, aún conociendo el balonmano a la perfección, una de las primeras en sumarse al proyecto de las Rasunais, nacido de varias madres de chavales de la cantera que quisieron aprender a jugar al balonmano de la mano de Queco para entender mejor a sus hijos.

Patricia gozó del bronce nacional de las cadetes en el 2009, de la fase de ascenso a DHB de aquellas chiquillas ya séniores; y el pasado verano, del histórico salto del sénior masculino a Primera Nacional. Pero «mi mayor satisfacción es encontrarme en el pabellón con los más pequeñitos del club», y que con los años todos la recuerden como «Patri, la de los chicles de fresa sin azúcar» que aún hoy reparte entre sus niños.

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