Un «hasta pronto» con aroma a camelia desde el pazo de la Saleta en Meis

Sara Dorado MEIS / LA VOZ

MEIS

Silvia Rodríguez se encarga de guiar a los visitantes por los 20.000 metros de jardín
Silvia Rodríguez se encarga de guiar a los visitantes por los 20.000 metros de jardín MONICA IRAGO

El inmueble y sus jardines dejarán de ser visitables a partir del 1 de marzo

14 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Galicia se despide de uno de sus rincones mágicos. Un lugar especial, que parece sacado de otro planeta, en donde el tiempo se ralentiza para que podamos pararnos a observar y disfrutar. El pazo de la Saleta (Meis) y sus emblemáticos jardines dejarán de ser visitables a partir del 1 de marzo. Sus dueños necesitan un respiro después de varios años recibiendo a miles de curiosos venidos de todo el mundo. «Hoy empezamos los últimos quince días de visitas», comentan Silvia Rodríguez y su madre, Blanca, dueñas del inmueble.

La familia se hizo con la propiedad en el año 1996, pero el espacio nada tenía que ver con la construcción actual: «Era literalmente una ruina», comenta Silvia, quien añade: «Los dueños originales, la familia Gimson, de origen inglés, no valoraban esta parte de la finca, ni el pazo ni la capilla, porque estaban construídas al estilo tradicional gallego, así que lo dejaron ir», explica. Fue Blanca y su marido quienes, enamorados de la propiedad y los jardines, adquirieron el terreno y arreglaron lo que hoy se puede visitar.

Ella fue, de hecho, quién comenzó con las rutas: «Todos los jueves venía a ver a la señora Gimson y paseábamos por el jardín, hicimos las primeras tarjetas identificativas de los árboles y recibimos a los primeros interesados, normalmente de fuera de España», explica Blanca.

Blanca - a la izquierda- y Silvia, madre e hija mano a mano en La Saleta
Blanca - a la izquierda- y Silvia, madre e hija mano a mano en La Saleta SARA DORADO

Fue en manos de su familia cuando el espacio floreció, literal y metafóricamente. Hoy en día, este jardín de estilo inglés —diseñado por la paisajista Brenda Colvin — cuenta con 800 especies botánicas: «Buscamos la naturalidad, el movimiento... algunos ejemplares se secan y luego descubrimos que uno de sus esquejes reapareció al otro lado del terreno, es pura magia», cuenta Silvia.

Fue uno de los cinco jardines originarios de la Ruta de la Camelia. Actualmente, el pazo cuenta con más de 230 tipos diferentes de esta flor, entre las que llama la atención una de color amarillo intenso y que es «de las favoritas» entre los visitantes. También algún ejemplar peculiar, como la bautizada como Camelia Saleta Summer: «Qué sorpresa la nuestra cuando nos dimos cuenta de que este ejemplar, que apareció de forma espontánea, florece tres veces al año, una de ellas en pleno mes de agosto, con el calor... es algo inusual», explica Silvia.

La Camelia Valentine Day, con forma de rosa
La Camelia Valentine Day, con forma de rosa MONICA IRAGO

Más allá de las camelias, el jardín cuenta con muchos otros ejemplares únicos: desde el madroño de mayor envergadura de Galicia —que plantó cara al huracán Hortensia —, hasta la Banksia Serrata, planta sudafricana cuya reproducción depende que se simulen las condiciones de un incendio, metiendo las semillas en un horno a alta temperatura para que germinen.

Son tantos los detalles, que para vivirlo, es necesario visitarlo. El jardín cuenta, por ejemplo, con armazones de algunas esculturas de César Lombera, entre ellas, la de Sor Aurora, figura original que se encuentra frente a la iglesia en A Illa de Arousa.

Escenario de libro

El pazo ha sido una fuente de inspiración total para Silvia Rodríguez, que dejó su vida en Madrid para volver a conectar con sus raíces y dedicarse a la escritura. Su primer libro En la penumbra de un jardín extraño narra este momento de cambio. Ahora trabaja en el segundo, también con Galicia como protagonista. «Es muy inspirador, incluso gente que ha leído mi libro me dice que le ha ayudado a conectar con la naturaleza», cuenta Silvia. Precisamente seguir con su oficio es empuja la decisión de cesar las visitas: «Llevan tiempo, son grupos grandes, somos nosotros los que los acompañamos... y yo no puedo concentrarme de la misma manera», cuenta.

Nostálgicos y curiosos tienen quince días para animarse a conocer La Saleta, su historia y su impresionante jardín en compañía de sus guardianas y cuidadoras. Luego, habrá que decir «hasta pronto» a este enclave de ensueño, con la esperanza de que dentro de un tiempo podamos volver a recorrer su laberíntico jardín: «Algo tenemos en mente... nos vemos en unos años», dicen los dueños.