O Mosteiro exprime sus recursos para mantener un comedor escolar modélico

El colegio deberá invertir 4.000 euros solo en adaptar la vajilla al protocolo


meis / la voz

En el colegio de O Mosteiro (Meis), están acostumbrados a los milagros. Conviven con ellos todos los días, a la hora de comer, cuando casi 310 escolares se sientan a la mesa para ingerir unos alimentos sanos, sabrosos, equilibrados y que, en muchas ocasiones, les permiten viajar por otros países, conocer otras culturas, inspirarse en la variedad y en la riqueza del planeta. Todo eso se ha venido consiguiendo gracias a una cocina propia y a un gran equipo, experto en hacer buenas compras. Tan buenas, que parece que obran el milagro de los panes y los peces, porque «lo que tenemos son dos euros por usuario y día, lo que suman unos 600 euros al día y, al final del curso, unos 90.000 euros». De ese total, explica el director del centro, sale tanto la compra de alimentos como la compra de menaje y uniformes, el arreglo de averías, la adquisición de planchas... «Un 15 % del total se va cada año en cosas que no son comida», explica el director del centro. O así solía ser. Porque la crisis sanitaria del covid-19 ha provocado que, este año, el equipo directivo del colegio esté dándole vueltas y más vueltas a cómo conseguir adaptar sus instalaciones al protocolo de prevención con un dinero que, aseguran, no tienen.

«Tenemos que adaptarnos a un montón de directrices nuevas, y la consellería no nos da un euro», explica el director. «Estamos haciendo todo lo posible, buscando soluciones imaginativas... Pero la imaginación llega hasta donde llega. Nosotros, este año, vamos a tener que cambiar la vajilla porque a cada alumno hay que servirlo de forma individual. Eso nos va a suponer invertir 4.000 euros solo en la compra de bandejas». Y eso es solo uno de los sumandos: en la lista hay que poner también carros térmicos, un centenar de mamparas para separar a los chavales, -a entre 50 y 60 euros cada una- y todas aquellas cosas que han comenzado a ser necesarias por obra y gracia del covid-19.

El director del centro no es de los que se queja fácilmente. «Yo entiendo que estamos en un contexto muy complicado, y hasta puedo comprender que esté habiendo cambios en el protocolo hasta última hora, porque la situación va evolucionando», dice. Sin embargo, ese argumento no sirve para explicar la situación de «abandono» en la que se sienten comunidades educativas como la de O Mosteiro. «Antes del verano, trasladamos a la consellería algunas cosas que ya veíamos que íbamos a necesitar. Llega septiembre, y no tienen nada. No solo no lo tienen, no solo no nos dan más dinero para poder comprarlo. ¡Es que ni siquiera nos dicen dónde podemos encontrarlo!».

Los preparativos del curso se han complicado hasta límites insospechados, convertido en una yincana para encontrar todo lo que hace falta para mantener a pleno rendimiento un servicio «que sabemos que es importante para las familias, y por eso lo queremos mantener y con todas sus plazas». Y eso que los problemas no se acabarán cuando lleguen, por fin, las bandejas, los carros, las mamparas. Porque el profesor que hasta ahora era el encargado de la gestión del comedor, de las compras y los pedidos, pasará a ser compartido con otro centro, por lo que su continuidad en el proyecto está en el aire. «La Xunta sabe que es crucial para mantener el servicio con la calidad que tiene, pero aún así nos lo quitan».

Las mesas de la Festa dos Callos serán utilizadas en el centro

Estos días, el profesorado del colegio de O Mosteiro está trabajando arreo en el cambio físico que necesita el comedor escolar. Las mesas redondas compradas hace nada para facilitar la interacción de los chavales han quedado proscritas. Afortunadamente, en el colegio sobra imaginación, y a alguien se le ocurrió pedir al Concello que les cediese las tablas que se usan para la Festa dos Callos. «Por suposto, estamos encantados de botar unha man no que poidamos», dice la alcaldesa Marta Giráldez. Pero ni con todos los apaños se ajustan las cifras del colegio, que este año ha tenido que renunciar a la biblioteca para ampliar allí la zona de comidas. «Nos han dado una partida de 18.000 euros para una biblioteca que no vamos a poder utilizar, y yo no puedo tocar ese dinero en comprar las cosas que sí necesitamos para el comedor», se lamentan desde la dirección del centro.

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