Talento de Sanxenxo en un instituto alemán del que salieron 18 premios Nobel

Una química sanxenxina investiga sobre cómo la nanopartículas pueden ayudar a curar tumores o la malaria


pontevedra / la voz

Los niños, y sobre todo los jóvenes que pueblan los colegios, institutos e incluso universidades gallegas no andan sobrados de ilusión cuando se les pregunta por el futuro que se imaginan para sí mismos. Muchos de ellos llevan años viendo a sus padres en paro. Otros tienen hermanos que se dan de bruces con el desempleo o el trabajo precario pese a estar más formados que cualquier otra generación. Así que el optimismo se vende caro. Pero a veces hay ejemplos que ayudan a pintar otro panorama. Ocurrió hace unos días en el colegio de Mosteiro, en Meis, donde la encargada, como canta Diego Torres de, «pintarnos la cara, color esperanza», fue toda una investigadora científica. Se llama Silvia Varela Aramburu y es de Sanxenxo. Pero habló a los chavales de Meis por videoconferencia desde Alemania. ¿Qué hace allí? Muchas cosas, pero sobre todo tres: formarse, aprender y poner su talento a disposición de la nanociencia para intentar buscar tratamientos novedosos -con nanopartículas, que son partículas microscópicas- para tumores cerebrales o enfermedades como la malaria.

Quizás habría que empezar a contar la historia de Silvia por el final, por lo que hace ahora, por su labor investigadora en el prestigioso instituto alemán Max Planck, del que salieron nada menos que 18 premios Nobel. Pero las casualidades de la vida pocas veces existen. Y quizás se entienda mejor que decidiese marcharse a Alemania a investigar conociendo su pasado y su contexto familiar donde, como ella dice con la voz emocionada, siempre la apoyaron para volar sola.

Silvia nació en Galicia. Pero a los dos años estaba ya camino de Holanda. Su madre, profesora de inglés, tuvo una oportunidad laboral allí y la familia se instaló cerca de Ámsterdam. De su paso por los Países Bajos, Silvia recuerda los paisajes bonitos y que tocaba el teclado. Cuando tenía ocho años la familia regresó, y montó su puerto base en Sanxenxo. Fue ahí donde creció y estudió ella, en los centros de Baltar y Vilalonga. A los 18 años, estaba convencida de que la medicina era lo suyo. Y no solo eso: también creía que su lugar estaba en Holanda. Se fue sola allí, aunque tenía unos tíos con los que residía de cuando en cuando. Dice que fueron solo doce meses en Holanda, pero que la experiencia la cambió por dentro: «Fue positivo porque aprendí a valerme por mí misma, trabajé de camarera, me puse a estudiar holandés... lo de la medicina no fue bien. Pero fue un año que al final aproveché mucho», subraya.

Estudió en Vigo

De vuelta a España, se marchó a estudiar a Vigo. Eligió la carrera de Químicas. Y le gustó. Cuando estaba ya en la recta final, un profesor le dio a conocer que existía la posibilidad de hacer el doctorado en un instituto alemán prestigioso. Y ahí se marchó Silvia hace tres años. Señala que está «encantada». No es raro que conectase bien con los niños de Meis por videoconferencia, porque explica con un lenguaje claro, apto para profanos en la materia, qué es lo que está investigando. Cuenta ella que forma parte de un equipo multidisciplinar en el que hay químicos, biólogos, físicos y médicos que busca cómo aplicar la nanociencia a la medicina. El proyecto es aplicar nanopartículas de oro, partículas microscópicas del preciado metal, para tratar enfermedades como la malaria o ciertos tumores malignos, como el caso de los cerebrales. Explica con entusiasmo que investigan cómo crear nanoesferas que, en medio de un suero, se adhieran al parásito de la malaria o al tumor en cuestión y acaben destruyéndolo. «No se trata de un fármaco, es un tratamiento mucho menos invasivo que, en el caso concreto de nuestra investigación, todavía no ha llegado a las personas», indica Silvia Varela.

La experiencia como investigadora va aparejada a su doctorado. En breve le tocará escribir la tesis sobre lo que está trabajando. Espera hacerlo este mismo verano. Indica que, cuando consiga presentarla, le gustaría continuar en Alemania. «Me está pareciendo una experiencia muy positiva, tanto a nivel vital para mí como en el instituto como investigadora. Tengo profesores como Peter Seeberger, que es alemán pero que estuvo muchos años en Estados Unidos, del que se puede aprender muchísimo». Cuenta ella que en el instituto le pagan por el trabajo como investigadora, así que en esta etapa de formación puede mantenerse por sí misma. «Me da para vivir, eso es algo muy bueno también, y que valoro, claro que sí», dice.

Vive en Berlín. Y el instituto en el que investiga está en Potsdam, a 50 minutos en tren. Para ella, la capital alemana es sinónimo de interculturalidad... «tengo amigos de muchos sitios distintos. Esa es otra de las razones por las que creo que es muy bueno salir de España y vivir alguna vez en un sitio como Berlín. Conoces muchas culturas distintas», dice. A veces, tiene morriña. Lo confiesa. Habla de que echa de menos el mar, el pescado de la ría o incluso el marisco. No cita a su familia. Uno se extraña, y le pregunta. Entonces, contesta: «Claro que los echo de menos, pero lo que me gusta es que a ellos les guste que yo esté aquí».

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