El mundo rural se rediseña en Fofán

Una docena de casas perdidas en el verde de Meis. En ese entorno ha nacido un proyecto agrochic, una iniciativa de Mónica Novas que huele -¡y qué bien!- a pan de calabaza

Mónica y su pareja, Juan, están demostrando en Fofán que hay otra forma de vivir, disfrutar y hacer rentable la vida en la aldea.
Mónica y su pareja, Juan, están demostrando en Fofán que hay otra forma de vivir, disfrutar y hacer rentable la vida en la aldea.

vilagarcía / la voz

Al principio, fue Mónica Novas quien eligió Fofán. Tras vivir en algunas de las ciudades más populosas y evocadoras del mundo, esta grovense cosmopolita decidió que necesitaba un poco de tranquilidad. Un rincón en el que reconectarse con la tierra, en el que acompasarse a las estaciones del año. Su búsqueda acabó cuando encontró una casa en venta en una pequeña aldea de Meis. Fue hace 16 años. Mónica Novas eligió entonces Fofán. Y ahora, de alguna manera, Fofán la ha elegido a ella y le ha encargado rediseñar la vida rural gallega. Ya está manos a la obra. O, mejor dicho, con las manos en la masa del pan de calabaza y semillas de amapola que, con su aroma, ha dado aliento a «Madeinfofan».

Para entender este proyecto hay que conocer a la mujer que está detrás de él. Mónica, además de técnico de igualdad en el CIM de Cambados, es perseguidora de sueños y gastrosexóloga. Lleva tiempo explorando esa red de conexiones invisibles que unen los sabores y los aromas de los alimentos con los recuerdos, con la sensualidad. Hace unos diez años leyó sobre la calabaza y sus bondades. Y, como en su huerta de Fofán tenía mucho de este producto, se decidió a hacer pan, enriqueciendo la receta con las relajantes e hipnóticas semillas de amapola.

Los bollos, de apetecible color y cuerpo esponjoso, se convirtieron en una de las señales de identidad de la casa de Fofán. Inés, la hija de Mónica, no tardó en intuir que tras esos bocados había muchas oportunidades. No cuesta mucho trabajo imaginarse a la niña, de larga melena, balanceando sus zuecos de Elena Ferro y diciéndole a su madre: «Trabajas mucho. Deberías quedarte en casa haciendo pan y venderlo». Las palabras de la niña fueron una premonición. Hace unos meses, por pura casualidad, un hostelero de O Grove descubrió la maravilla de calabaza y amapola. Hizo un pedido, y luego otro, y ahora el pan de Fofán ya está en la carta de varios restaurantes.

A partir de ahí, el camino pareció andarse solo. A través de las redes sociales, la gente abordaba a Mónica Novas y le preguntaba «dónde podía comprar el pan». «Me daba apuro decir que no», así que fue atendiendo unos pedidos aquí y otros allá. A estas alturas, sus bollos de tono anaranjado y pecas de amapola se reparten, dos días a la semana, por todo O Salnés, Pontevedra y Santiago. Podrían pensar ustedes que el milagro de Fofán acaba ahí, en el horno de tres bandejas que este mismo fin de semana iba a instalar Mónica en su cocina para poder atender la creciente demanda. Pero se equivocan.

Las cestas verdes

Aprovechando los viajes del pan, la emprendedora grovense ha ideado las «cestas verdes», en las que envía al mundo las frutas, verduras y hortalizas que cultiva en su huerta. «Cada semana hago una lista con los productos que tenemos, que siempre son de temporada, y la gente pide lo que le apetece». Uvas, jugosos higos o aguacates grandes como puños son algunas de las variedades con las que recibe al otoño.

Son todos productos ecológicos, porque en el huerto de Fofán no se utiliza la química para nada. Mónica ha ido plantando los árboles frutales poco a poco, empeñada en construir un paraíso en el que Adán y Eva podrían comer manzanas de varios tipos, peras, caquis, mirabeles, grosellas, arándanos y un largo etcétera al que se podría poner el punto y final, por aquello de su exotismo, con las camelias del té.

Si usted no sabe nada de árboles, no se preocupe. Unas cucharas de madera, coquetamente colgadas de las ramas, indican qué puede esperar de cada uno de ellos. Algunos le sorprenderán. Por ejemplo, hará falta que vea los racimos de frutos que cuelgan de un enorme árbol para asumir que sí, que está ante un aguacate. «Una vez leí la historia de una mujer que tenía un aguacate que daba frutos tan grandes que cuando caían rompían las tejas de una casa. Y yo me dije: ?quiero uno así?», narra Novas. Y ya lo tiene.

Nos acompaña esta excelente anfitriona por el huerto. Nos cuenta que en lugar de enriquecer la tierra con productos químicos, usa la sabiduría atesorada por generaciones. Por ejemplo, si quiere preparar una pequeña parcela para algún tipo de plantación, pone a trabajar a las gallinas, que a golpe de pico y patas airean el terreno. Con ayudantes así, da gusto.

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