Entrantes y plato principal

Jorge Olleros TRIBUNA PÚBLICA

MEAÑO

La tortilla formó parte del menú del emérito en Meaño
La tortilla formó parte del menú del emérito en Meaño MONICA IRAGO

Quien trabaja en turismo sabe que una cama bien hecha, una mesa bien atendida, un producto bien tratado y una sonrisa sincera forman parte de la misma manera de recibir

17 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Leía estos días en la prensa local que el rey emérito, en una de sus visitas a las Rías Baixas, había comido en Meaño un menú tan reconocible como sabio: empanada, tortilla, mero de la ría y filloas. No voy a negar que, profesionalmente, soy más de alojamientos que de fogones. Pero quien trabaja en turismo sabe que una cama bien hecha, una mesa bien atendida, un producto bien tratado y una sonrisa sincera forman parte de la misma manera de recibir.

Por eso me gustó la escena. Sobre todo por la elección. En un mundo de comida rápida, prefabricada y envuelta en mucho márketing, con prisas incluso para comer, reconforta que alguien acuda a nuestros básicos gastronómicos. A esos platos que no necesitan demasiada explicación porque ya vienen explicados por generaciones enteras.

La empanada, la tortilla, el pescado de la ría, unas filloas. Ahí hay más oficio y más país del que parece. Hay producto, memoria, territorio y una forma de entender la vida. No todo tiene que ser sofisticado para ser excelente. A veces lo difícil es precisamente hacer bien lo sencillo.

Sin grandes alardes

Una buena mesa no siempre necesita grandes alardes. A veces basta con buen producto, oficio, punto y paciencia. Eso vale para una empanada, para una tortilla o para un pescado de la ría. Pocos ingredientes, bien tratados, pueden dar lugar a algo extraordinario. Igual ahí hay una pequeña metáfora que nos conviene: escoger bien, dar tiempo a las cosas y aprender de los errores.

Ya habrá días para el lacón, para el chorizo, para las torrijas o para cualquier otra gloria de la carta. Pero hay algo hermoso en que un menú de bienvenida se apoye en platos reconocibles, de esos que nos gustan a casi todos y no necesitan artificios. Quizá porque esos platos no compiten por parecer modernos: simplemente siguen ahí, cumpliendo.

De toda la fotografía de aquel almuerzo, me quedo especialmente con el equipo del restaurante. Esa gente que cocina, sirve, recoge, organiza y sostiene con profesionalidad lo que luego los demás resumimos en una frase: «Se comió muy bien». Bravo por ellos, porque no es nada fácil.

Y quizá por ahí se empieza también un país. Por hacer bien lo que parece pequeño. Por cuidar los básicos. Por no avergonzarse de lo propio. Por recordar que una mesa sencilla y bien servida puede decir mucho más de nosotros que muchos discursos solemnes.