Carme y otros cuarenta seres humanos descienden de un flamante autocar que, vaya usted a saber cómo, porque esto es una epopeya al volante, ha logrado introducirse entre la multitud para depositar a sus pasajeros al pie mismo de la senda fluvial de Catoira. Son de Valencia, forman parte de un viaje organizado que hace fonda en Pontevedra y alguien les ha dicho que la Romaría Vikinga merece la pena. «Nunca había venido», reconoce la mujer mientras observa, con cierta perplejidad, cómo una horda de normandos que sudan vino bajo un calor de justicia braman «Úrsula, Úrsula» camino de las Torres de Oeste.

A Carme y a sus compañeros les han informado bien. Nunca falta quien se queda en la superficie y solo ve en esta fiesta de interés turístico internacional una oportunidad para mazarse hasta las trancas y dar unos cuantos gritos. Pero lo cierto es que en el desembarco vikingo funciona una llamada ancestral. Un poderoso elemento de catarsis que te invita a despojarte de las enmarañadas capas de imposturas que imponen los extraños tiempos que vivimos hasta desnudar tu ánimo y fundirte en el espíritu único de la tribu. Rasca bajo el pellejo del vikingo y te encontrarás a ti mismo. Claro que para alcanzar este punto es imprescindible embozarse en algún tipo de manto, empuñar la espada o el garrote, ceñir un buen casco y, solo si te apetece, satisfacer la sed con largueza. Aunque falte a la verdad histórica y enfade a algunos puristas, que se desesperan intentando deshacer la sólida asociación entre normandos y cornamenta, los cuernos, cuanto más grandes, mejor.

El ropaje importa porque proporciona libertad. Sin él, lo más probable es que acabes deambulando por las ruinas del milenario Castellum Honesti como un turista más, buscando churrasco sin toples -aquí el que enseña carne es porque le sale de donde estás pensando, no porque lo anuncie un proxeneta de barra americana- y negociando una caña en alguno de los múltiples puestos repletos de clientela.

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Así se vivió el desembarco vikingo en Catoira La marea trajo hoy a los vikingos hasta esta localidad, en uno de los eventos más vistosos del verano gallego

Son las doce en Catoira, las once en Canarias, y la primera embarcación que salta a la vista es una patrullera de la Guardia Civil. Imposible no evocar al compañero Nacho Mirás y aquella crónica suya que relataba cómo una pareja de agentes en zódiac pararon el desembarco para pedir los papeles del drakkar. Algún graciosete podría pensar que, si esto va de cuernos, bienvenidos sean los tricornios. Pero la razón es otra. Por primera vez se ha prohibido que barcos y lanchas particulares sigan a las cuatro naves guerreras en su singladura hacia las Torres. Menos domingueros a bordo. Se agradece.

Las temidas velas se alzan en el Ulla. Menos una. Algún problema con el hidromiel. El gentío ruge en la orilla. El terror que llega del norte desembarca chapoteando en el barro de la bajamar y se funde con las tropas galaicas, muy avikingadas ya. Malabaristas. Tragafuegos. Trapecistas. Miradas infantiles maravilladas. Y una voz con acento sureño que pregunta: «¿Pero por qué gritan Úrsula?». Amigo, moito queres ti saber. Vuelve el año que viene. Igual tienes suerte y alguien te introduce en el secreto mejor guardado de Catoira. Por Odín.

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Catoira desvela el cornudo encanto del vikingo