Cómo sobrevivir a los vikingos

Si quiere disfrutar del desembarco, olvídese del coche, de los tacones y de la ropa de domingo


vilagarcía / la voz

Mañana, al filo de la una de la tarde -la hora exacta solo la sabe la marea- cuatro barcos cargados de vikingos tocarán tierra en Catoira. Sus fieros ocupantes saltarán sobre el lodo, espadas en alto, y escenificarán una batalla en la que no faltará el barro y la sangre, convertida por obra y gracia de la fiesta, en vino tinto. Dicen los devotos de la Romería Vikinga que para disfrutar del desembarco no hace falta nada más que un espíritu alegre. Pero, aunque no les falte razón, hay otros elementos que se deben tener en cuenta para exprimir al máximo el encuentro con los normandos.

Ramón Conde pertenece al Ateneo Vikingo de Catoira. Mañana será uno de los encargados de mantener la disciplina entre los tripulantes del barco con el que esta asociación participa, un año más, en la romería. «Temos unha norma clara: o que estea bébedo, non pode vir con nós. É unha cuestión de seguridade», explica. Muchos de los que llegan por mar, muchos de los que esperan en tierra, asistirán hoy a la cena vikinga y a otros aquelarres. Y deberán vencer la tentación de prolongar la fiesta hasta el amanecer. Si no, mañana puede ser un día muy largo.

A vueltas con el coche

Otros que saben bien lo que se cuece en el desembarco vikingo son los voluntarios de Protección Civil. Ellos también recomiendan precaución con el vino y la cerveza: atienden a demasiadas personas afectadas por estos bebedizos. Mañana, el principal cometido de la treintena de voluntarios que velarán por los asistentes a As Torres -llegarán efectivos de Pontecesures, Caldas, Moraña, Cuntis, Portas y Vilagarcía- será controlar el tráfico. Aunque el tren es una opción a tener en cuenta, la gran mayoría de los turistas acudirán en su propio coche. Pretender llegar con él a los restos del castillo de Xelmírez es un gran error. «O mellor é aparcar na zona do pavillón de deportes e do campo de fútbol, e dende aí ir camiñando».

Así que, como hay que andar un trecho, «que ninguén veña de tacóns», recomendaban ayer desde la agrupación. Ni zapatos altos, ni ropa nueva: lo más probable es que vuelva a casa llena de machas. Aunque hay quien intenta embridar a los vikingos para que no lancen barro y vino a diestro y siniestro, lo cierto es que evitar las salpicaduras es complicado. «Nós temos claro que a xente se ven divertir. Así que se alguén nos pide que lle botemos viño, encantados. Pero se non, queremos intentar ser respectuosos», afirma Ramón Conde. Pero no todos los vikingos son así de considerados. E igual que en Vilagarcía, el día del Agua, hay comandos a la búsqueda del viandante seco, en Catoira hay quien gusta de manchar, precisamente, al que menos ganas tiene de darse un baño de vino tinto.

Antes de que las hordas invasoras toquen tierra firme, hay otro asunto que el espectador debe dilucidar. ¿Dónde nos colocamos para poder gozar del espectáculo? Si quieren vivirlo desde dentro, no se aleje mucho de la orilla del río, de esa zona enlamada en la que los bárbaros se rebozan antes de lanzarse sobre Catoira. Si prefiere una visión menos realista, busque acomodo en el recinto de As Torres, que es amplio. Pero no sucumba a la tentación de escalar las ruinas. Ni se obtiene una gran vista, ni es seguro. «Desaconsellámolo por completo. Pode haber caídas e outro tipo de problemas», indican desde Protección Civil.

A vista de pájaro

Si es usted de los que prefiere ver las cosas a vista de pájaro, el puente interprovincial es su sitio. Desde allí arriba se puede disfrutar del desembarco sin correr el riesgo de ser asaltado por un guerrero. Eso sí. «Se se elixe ese sitio non se pode esquecer que é unha ponte pola que pasan moitos coches, e hai que extremar as precaucións».

Utilizar alguna loción antimosquitos, protegerse del sol, no perder de vista a los niños... La lista de consejos es tan larga en la Vikinga de Catoira como en cualquier otra fiesta que reúna a miles de personas. Pero lo fundamental para sacarle el jugo a esta celebración es vivirla hasta el final. Hasta mucho después de que los vikingos se hayan ido. Hasta la hora de comer, cuando los grupos buscan acomodo en la pradera y las canciones populares brotan de las agotadas gargantas.

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