De los relojes del siglo XIX al «smartwatch»

Joyería Villar presume de ser el negocio más antiguo de Galicia. Lleva casi siglo y medio trabajando la plata y el oro y le ha puesto gafas a medio Cambados. Van ya por la cuarta generación


redacción / la voz

Joyería, óptica y relojería. En Villar ofrecen un tres por uno y viene siendo así desde hace mucho tiempo. En el palacio de Fefiñáns (Cambados) todavía se conserva uno de aquellos relojes que hizo Gerardo Villar hace un siglo, el pionero de la saga. Desde 1880, cuando abrió el taller, ha habido cuatro generaciones dedicadas a fabricar, reparar y vender relojes y joyas; fue años después cuando incorporaron la sección de óptica.

Recurriendo a una boutade se puede decir que Villar ha puesto gafas a la mitad de los cambadeses porque durante décadas fue la única óptica de la zona -Juan Manuel Villar fue uno de los primeros colegiados de Galicia, según recuerda su hijo Carlos- y a él acudían también de los concellos vecinos a la hora de revisarse la vista y encargar las gafas para leer y conducir. No siempre resultaba tarea fácil. No faltó quien, después de probarse todos los modelos de la tienda, seguía sin encontrar lo que buscaba. Claro que a las monturas les faltaban los cristales graduados y la mujer se lamentaba de que no veía bien con ninguna.

Es una de las anécdotas que dejan 140 años de historia al otro lado del mostrador, si bien en Villar no solo se dedican a la venta. Empezaron siendo taller y así continúan, ahora con Carlos y Santi al frente, hijos de José María, nietos de Juan Manuel y bisnietos de Gerardo Villar.

El oficio se transmitió de padres a hijos hasta convertir a Villar en una de las firmas con más solera en la joyería gallega. Fue testigo de la historia del último siglo, eso cuando no formó parte de ella, como ocurre con la Festa do Albariño. De su taller salen las Follas de Prata que el Concello de Cambados y el Capítulo Serenísimo entregan en sus distinciones anuales y como regalo institucional, lo cual ha contribuido a llevar su orfebrería artesanal por toda España y parte del extranjero.

Premios

Quién le iba a decir Juan Manuel que su negocio acabaría recibiendo en reconocimiento a su labor una de esas Follas de Prata que forjaba en su taller. Y no es el único premio que guarda en sus vitrinas; ha recibido distinciones de la Xunta, de la Federación Provincial de Comercio de Pontevedra, de APE Galicia y otra que no suele salir en los titulares: la fidelidad de su clientela que, en algunos casos, se hereda de abuelos a nietos.

Villar se tiene ganada su fama y están dispuestos a mantenerla aunque el viento no siempre sople a favor. «Se resistimos a unha guerra, como non imos aguantar agora», comenta Carlos en alusión a la pandemia y parafraseando a su padre, fallecido hace cinco años. Nunca se hubiera imaginado que iba a tener que bajar la reja por culpa de un virus ni que tendría que trabajar con mascarilla y guardando las distancias. El verano hizo atisbar un resquicio de normalidad, pero esta semana, de nuevo, llegaron las restricciones y como el resto del comercio tienen que cerrar a las seis de la tarde, aunque en su caso puede alargar el horario hasta las ocho porque la óptica está considerada una actividad esencial.

La joyería no es un producto de primera necesidad y al problema derivado de la incertidumbre económica se suma el miedo, según percibe el empresario. La pandemia está haciéndoles daño, pero en Villar ha demostrado sobradamente sus fortalezas.

Los vetustos relojes de pared y las ostentosas cadenas de oro han pasado a la historia. Hoy se venden otro tipo de artículos, si bien no tienen por que ser necesariamente hechos en serie y bajo el mismo molde. Siguen recibiendo encargos para realizar filigranas como un anillo inspirado en la imagen del Cristo de Dalí, y como la tradición no está reñida con la innovación, la firma ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, y en las estanterías que antes lucían relojes con pulsera de cuero, hoy se despliegan smartwatch de última tecnología.

Con todo, gracias al fenómeno vintage, al taller llegan cada vez más aquellos relojes de cadena del abuelo que quedaron olvidados en un cajón y ahora lucen orgullosos los chavales en el chaleco comprado en Vinted o sobre los vaqueros raídos.

Las joyerías son un sector de riesgo desde el punto de vista de los atracos, pero Villar ha tenido suerte en este terreno. Solo dos veces sufrieron un intento de robo, el último no hace mucho, pero los cacos hicieron más ruido de la cuenta y alertaron a los propietarios, que se encontraron ya la puerta abierta. La cerradura estaba sin forzar y no había destrozos, relata Carlos; se ve que era un trabajo de profesionales que esa vez no les salió bien.

El recorrido de Villar no solo ha sido temporal; también ha sido físico, a través del casco histórico de Cambados; primero estuvo en Fefiñáns, después en la calle Infantas y, en la última etapa, en la esquina de la calle Pontevedra con la plaza Ramón Cabanillas, donde Carlos y Santi se bregaron entre alicates, pulidores y destornilladores para acabados finos.

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