El Opus Dei contra Liang Shan Po

Crónica de un debate en Cambados entre dos catedráticos y un organizador de bailes de la patata


redacción / la voz

En 1981, en la comarca de O Salnés había tres institutos: el de Vilagarcía, el de Cambados y el de Fontecarmoa. Se conocían así para simplificar. En realidad, eran el Calvo Sotelo de Vilagarcía, el Cabanillas de Cambados y el de Fontecarmoa, que quizás por ser de FP no estaba encomendado a ningún escritor ni a ningún protomártir de la Cruzada de de Liberación y era conocido popularmente como Liang Shan Po, apelativo recogido de una serie japonesa de moda protagonizada por personajes depravados.

Ese año tomé posesión como profe de Lengua Española del Instituto de Formación Profesional de Fontecarmoa y, como era muy joven, muy inconsciente y muy entusiasta, dediqué mi tiempo libre a organizar actividades extraescolares, desde ciclos de cine hasta campeonatos de motocrós, desde grupos de teatro a festivales de variedades y shows diversos el día del santo patrón. Nos lo pasábamos bien, los alumnos, los profes y un servidor porque éramos todos muy jóvenes, porque estábamos estrenando la democracia y porque nos ilusionaban tantas cosas que no teníamos tiempo para abarcarlas todas.

 Los directores de los tres institutos también eran jóvenes y tenían que bregar con aquel sarpullido de emociones y proyectos, de pasiones e ideologías. Tenían apellidos tan sonoros como inolvidables: Feáns en el Calvo Sotelo, Lens en el Cabanillas y Lamelas en Fontecarmoa. Era todo tan intenso que el único Valium que he ingerido en mi vida me lo tomé justo antes de un claustro de profesores. Tenía la adrenalina tan subida y aquellos claustros eran tan vibrantes que o me tranquilizaba o podía darme algo así que me serené con el fármaco y así pude superar las siete horas de claustro. Sí, siete: empezábamos a las cinco de la tarde, llegaba la medianoche y aún seguíamos discutiendo. Era apoteósico. 

La presentación del problema

Una mañana, cuando no llevaba ni un año completo en mi instituto, el director de Cambados llamó al director de Fontecarmoa para exponerle un pequeño problema. El dire del Cabanillas, Lens, era un hombre elegante con una voz aterciopelada, más propia de un locutor de Radio Nacional o de un galán de telenovela que de un director de instituto. De hecho, pronto empezó a trabajar como doblador de películas y series al gallego y acabó montando una importante empresa de doblaje: Studio XXI Producciones. Pero además de planta y voz, Joaquín Lens era un tipo muy listo y su llamada a Elías Lamelas tenía la finalidad de nadar y guardar la ropa. Resulta que esa tarde se iba a celebrar en el Cabanillas una charla de dos profesores de la Universidad de Navarra para exponer a los estudiantes de COU las bondades aquella institución académica regida por el Opus Dei. Pero Lens pensaba que darle tanta cancha a los representantes de la universidad privada más prestigiosa de aquel tiempo no estaba bien. Quería contrarrestar o equilibrar la conferencia con otra propuesta educativa para los alumnos de COU. ¿Y qué se le ocurrió? Pues nada más y nada menos que un combate desigual: la prestigiosa Universidad de Navarra del Opus Dei y su oferta de carreras atractivas y punteras como Medicina o Periodismo frente al instituto Liang Shan Po y su oferta de FP (Metal, Electricidad, Electrónica, Automoción, Secretariado y Administrativo). 

La solución y la encerrona

Lens y Lamelas se llevaban bien y se hacían favores mutuamente, así que rápidamente solventaron el problema decidiendo que frente a los dos catedráticos del Opus, nada mejor que aquel muchacho joven y entusiasta recién llegado de Extremadura que lo mismo organizaba un baile de la patata en la discoteca Tótem que montaba un drama teatral sacrílego en el teatro de Caixa Vigo.

Nunca olvidaré aquella encerrona. En el estrado, dos venerables catedráticos de la Universidad de Navarra y un casi imberbe profesor de 24 años del Instituto de Fontecarmoa. Gané yo por goleada, pero era lo lógico: ellos ofertaban estudio, esfuerzo, renuncia, valores cristianos, una licenciatura y una posible salida laboral; servidor ofertaba unos estudios profesionales no excesivamente complicados, fiestas en Tótem, excursiones de fin de curso a Tenerife, actividades de teatro o fotografía, talleres de sexualidad y trabajo seguro al acabar FP.

Pero al acabar la confrontación del Opus Dei contra Liang Shan Po me sentí mal, sabía que había actuado como un vil charlatán, un tramposo vendedor de crecepelos y elixires curalotodo. Los navarros habían hecho lo mismo, pero eso no me eximía de culpabilidad. Lamelas y Lens estaban encantados porque habían opuesto los atractivos de la enseñanza pública y laica a los encantos de la enseñanza privada y religiosa, pero yo cargué durante años con los agobios de la culpa hasta que, poco a poco, se demostró que en este país sobraban licenciados universitarios y faltaban profesionales de la automoción, el metal o la electricidad y superé el trauma. 

La huella

Elías Lamelas y Joaquín Lens dejaron su huella en el Cabanillas y en Fontecarmoa, hoy instituto ejemplar ya santificado con el nombre de un escritor: Fermín Bouza Brey. Lens acabó dedicándose al doblaje y a la crítica de arte y Lamelas se convirtió en ilustre abogado penalista y cónsul de Filipinas en Galicia. Ambos fallecieron hace años, pero ambos dejaron su huella en la enseñanza arousana. Yo sigo dando clase y hace años que no organizo bailes de la patata, pero la enseñanza arousana dejó huella en mí.

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