Seso Casais: «O problema do mar é que quen manda non ten que cumprir coas súas normas»

El cambadés fue testigo de excepción del proceso de regularización de pesca y marisqueo


cambados / la voz

«Eu nacín no rancho. Sabes o que é o rancho? Agora xa non se di moito esa palabra, pero así era como se lle chamaba ao primeiro compartimento dunha dorna». José Casais, Seso para sus vecinos de Cambados, habla en sentido figurado. No nació en una dorna, pero casi. «Son de familia de mar. Os meus avós xa eran mariñeiros, as miñas avoas peixeiras», dice. Y recalca: «Peixeiras, non pescantinas». Seso marca carácter: es de esas personas que no se andan con medias tintas, que tienen las ideas claras y que las defienden con vehemencia. «Tendo a falar alto», dice sonriendo. Y a disculparse cuando se equivoca.

Era un rapaz cuando su padre «me botou para o mar». Empezaban los sesenta y su bautizo en la ría iba a coincidir con el del Sesito, el primer barco de su familia, que hasta entonces había faenado con dornas. Comenzaba así nuestro protagonista una vida en la que solo había dos estaciones: la de invierno y la de verano. «Partiamos así o ano», dice Seso.

En aquellos tiempos, recuerda, dedicaban los meses fríos a capturar vieira y ostra. El verano era para ir «ao xeito». «Cando faltou a sardiña, empezamos a ir ao cerco, enrolados noutros barcos», cuenta. Y deja escapar una pregunta a la que lleva dándole vueltas toda la vida. «Vou morrer sen saber que pasa coa sardiña», dice, esa especie esquiva que viene y va sin que nadie se lo explique. Tampoco Seso Casais encuentra respuesta a ese misterio.

Pero no perdamos el hilo. Porque, además de fallar la sardina, cuando este cambadés era joven falló, también, la ostra de la ría. No solo falló: acabó desapareciendo por completo. Y flaqueó también la vieira, que empezaba a acusar los achaques de la toxina. «Entón deunos a vida o mexillón de fondo», el que se caía de las bateas y los barcos de arrastre de Cambados recogían. «O mexillón de fondo limpou moitos piollos, matou moita fame, pero finalmente os bateeiros presionaron para que non nos deixaran ir e acabaron por prohibilo».

Seso menea la cabeza, piensa bien lo que dice. Duda. Los marineros gallegos, dice, tienen muchas cosas buenas. En el Cantábrico, por ejemplo, no había color entre los barcos galaicos y los vascos. «Colliamos moito mellor o peixe, e tratabámolo moito mellor», relata el lobo de mar. Ah, pero la vida en un barco es mucho más que echar las redes con maestría. Al sector gallego, dice Seso, le faltaba compromiso y cierta dosis de responsabilidad. Tanto en la costera como en las rías. Seso recuerda bien los tiempos del can, un arte depredador que acabó siendo prohibida, o aquellos años en los que las embarcaciones salían a por vieira armados con cuatro rastros. «Logo veu López Veiga e dixo que diso nada, que só dous», recuerda, esbozando una sonrisa.

Y eso que él, con López Veiga, tuvo sus más y sus menos a lo largo de los años. Seso recuerda bien como, durante una visita del conselleiro a Cambados, se enfrentó a él para decirle «que se seguían facendo as cousas como el quería habíame de matar afogado». «Querían eliminar artes como o trambolín, ou o bou de vara», que también estaban sin regular. «Tivemos que montar unha asociación para salvalas», dice Casais. Al final, consiguieron su objetivo.

Escuchar

Seso aprovecha este recodo en el camino para hacer un inciso: «A Administración tería que escoitar máis á xente; hai veces que parece que empuxan aos mariñeiros a facer a trampa», dice. La lista de ejemplos que pone es enorme y se remonta a muchos años atrás, cuando los barcos no podían tirar del aparejo con motor, sino con remos y viento. «E que mal faría o motoriño?», se pregunta aún hoy, que considera «unha pallasada tanto aparato que lle mandan levar agora aos barcos pequenos, que están a cen metros do litoral. Caixas de urxencias cheas de todo... O problema do mar é que quen manda non ten que cumprir coas súas normas», resume este veterano del mar arousano.

Y lo dice en voz alta y clara, como siempre. Con la confianza de quien lleva toda la vida meditando lo que dice, acumulando experiencia y saberes. Esa vida le enseñó mucho. Y también sus padres, su profesora, «e o cine». «Sempre me gustou moito o cine».

Una pasión. «O mar gústame moito. Eu era moi feliz traballando. Paseino moi ben no meu barco, ao trambolín», cuenta.

La ría. Aunque participó en campañas en el País Vasco, reconoce que la ría es «máis cómoda e segura».

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