Fraga y Cunqueiro se divertían en Cambados

Este mes ha abierto la casa museo del escritor mindoniense tan relacionado con O Salnés


redacción / la voz

Tiene guasa que después de vivir 20 años en Galicia, haya descubierto a Álvaro Cunqueiro al venirme a vivir a Cáceres. Supongo que tiene que ver con la morriña o quizás me suceda como a esos muchachos cabezotas a los que les hablan tanto del Quijote que se niegan a leerlo y no lo descubren hasta que pasan de los 40 y dejan de ser muchachos cabezotas. El caso es que hace un par de veranos, compré Os outros feirantes en la librería Nobel de Vilagarcía, me senté en una terraza en la Alameda a leerlo y sentí el poder arrebatador de la literatura, esa sensación que te atrapa, te divierte y, fundamentalmente, te provoca ganas de escribir.

Cuando acabé el café, me fui a casa, me senté en el balcón y allí, mirando al Xiabre, acabé Os outros feirantes en un par de tardes. Desde entonces, Álvaro Cunqueiro se ha añadido a mi particular antología de escritores-droga, de literatura estimulante que me chuto en vena cuando la abulia y la apatía hacen de las suyas y, teniendo que escribir un artículo, sí o sí, he de buscar un excitante, un apoyo, una manera de recuperar el entusiasmo. Y ahí aparece Cunqueiro: bastan un par de relatos y ya estoy sentado frente al ordenador. Leer libros de gastronomía provoca hambre, leer cuentos eróticos provoca deseo, leer a Cunqueiro provoca literatura. Otra cosa es si el hambre, el deseo o las ganas de escribir se sustancian en resultados gratificantes.

Este mes que hoy acaba, ha abierto en Mondoñedo la CMAC. Esto de llamar a los museos con iniciales es una modernidad un poco tonta. Ahí está el caso del Centro Cultural de Belem en Lisboa, que se llama CCB. Después se creó el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, que se llama CCCB y lo último es el CCCCB: Centro de Cultura Contemporánea de Castelo Branco. A ver a quién se le ocurre el no va más y crea un museo con cinco ces.

Así que ya podemos recorrer en Mondoñedo el CMAC, o sea, la Casa Museo Álvaro Cunqueiro, una visita inexcusable en la que, supongo, se podrán rastrear los orígenes arousanos del escritor mindoniense, por cuyas venas corría sangre de O Salnés pues, como es bien sabido, su padre, el boticario Joaquín Cunqueiro Montenegro, era natural de Cambados y su abuelo, Carlos Cunqueiro Mariño de Lobera, había nacido en Vilagarcía. Además, el escritor era primo de Valle Inclán, con quien emparentaba por parte de su abuela, Carmen Montenegro, natural de Pobra do Caramiñal.

Incansable divulgador

Esa relación con O Salnés, lo convirtió en un incansable divulgador de los encantos de la ría y en el mayor y más significado defensor del albariño, participando en su fiesta desde la segunda edición en 1954 hasta 1975. En Cambados, además de probar y juzgar los vinos, pronunciaba siempre un esperado discurso en el que se esmeraba mucho.

Cunqueiro declaraba en una de sus últimas entrevistas que el albariño era el vino blanco más importante de España. Eso ya era verdad en ese tiempo, a finales de los 70, cuando se embotellaba sin etiqueta y se bebía en las Rías Baixas y poco más. Qué diría si lo viera ahora, que cuando voy a cualquier supermercado en Cáceres tengo una docena de marcas de albariño para escoger.

En esa entrevista, Cunqueiro recordaba que en la fiesta mayor cambadesa se juntaba con un grupo de amigos muy cordiales como «Castroviejo o Manolo Fraga Iribarne, que fue jurado varias veces mucho antes de ser ministro e incluso personaje político y lo pasábamos muy bien. Es una de las fiestas más hermosas del país».

En mi librería, tengo media docena de libros de Cunqueiro con marca páginas señalando textos que me interesan y estimulan. Entre esos libros, hay uno muy singular que recoge dos discursos sobre don Álvaro pronunciados por don Manuel, o sea, Fraga, el 3 de abril de 1991 en Barcelona y el 17 de mayo de ese mismo año en Mondoñedo. En 1991, el Día das Letras Galegas estuvo dedicado a Cunqueiro y ese año, en agosto, un 13 y martes, a la hora taurina de las cinco de la tarde y con más miedo que un torero, había quedado yo en su chalé de Perbes con el presidente Fraga para hablar de libros en su biblioteca personal.

Puntual en un Golf negro

Don Manuel llegó puntual en un Golf negro tras jugar la partida de dominó de cada tarde de vacación con su amigo Carlos Pardo. Me ofreció un asiento bajito y él ocupó un butacón alto de cuero, dominando la situación. Me ofreció aguardiente o coñac, bebidas que jamás pruebo, pero, temiendo hacerle un feo, acepté una copa de caña. También me sacó un plato de almendrados. Empezó a hablar y no paró, me confesó que no leía poesías ni novelas, sino libros de provecho y me sobraron cinco minutos del tiempo concedido.

Al acabar, me regañó por no haber probado el aguardiente ni los almendrados, así que obedecí y comí y bebí atragantándome. Al irme, me regaló sus discursos sobre Cunqueiro y antes de escribir este Callejón del Viento, los he leído por primera vez. Están bien. A Fraga no se le entendía casi nada, pero a veces decía cosas interesantes.

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