Lina Solla: «Me veo igual que un hombre, o mejor»

Solla es la fundadora de Linamar, un grupo de comercialización y producción de marisco que factura más de 22 millones al año


«La calidad cuesta dinero», afirma Lina Solla (Raxó-Poio, 1968), que advierte que no hay dinero que compre la felicidad. La fundadora de Linamar, que factura más de 22 millones al año, nació de una crisis, de un divorcio y una vuelta a casa de los padres sin un duro, con dos hijos pequeños. Lina es directa, torrencial, apasionada, «pero ingenua», asegura, y una enamorada de las citas. «Me gusta esa de ‘‘No hay nada peor que un tonto motivado’’, de Emilio Duró», dice con una fuerza que rompe la pereza.

-¿Celebra o sufre este 8M?

-Me duele lo del Día de la Mujer, porque no hay un Día del Hombre. Yo me veo igual que un hombre, o incluso mejor... Yo no permito que nadie me minusvalore por ser mujer.

-¿No lo tuvo más difícil en un sector de hombres cuando creó de cero un imperio del mejillón?

-Cuando empecé tenía 28 años, y, sí, era una entre todos. La primera vez que llegué a Mercamadrid me sentí pequeñita-pequeñita, quería que me tragara el mundo, y te empiezan a decir «¡rubia!» y otras cosas. Pero eso me pasó una vez, la segunda no. Con la experiencia aprendes, aunque a veces lamentablemente tienes que perder la educación para poner a alguno en su sitio. Las mujeres tenemos que hacernos respetar a nosotras mismas. Cuando empecé en el mundo de los depuradores, me miraban en plan: «Onde vai esa rapaza, pobriña!». Luego sales adelante y es «porque estás liada con alguien». Yo soy de Raxó, y para montar una nueva empresa tuve que irme a Cambados. Imagínate, mujer, joven y de Cambados, donde parece que si te va bien te dedicas a la mierda. Yo soy de las que no han visto Fariña. Me duele en el alma esa imagen, con la cantidad de empresas bonitas que tenemos.

-«Linamar» junta su nombre con la mar de sus amores...

-No me compliqué mucho...

-Y nació de una crisis.

-De una crisis personal en los 90. Después llegó la de la empresa. Me casé con 17, superjoven, con un mejillonero. Vengo de una familia dedicada a la hostelería. Me crie en un bar desde los 7 años, eso enseña mucho. Teníamos un hostalito y un restaurante, en invierno bajaba el ajetreo y empecé a trabajar con mi ex. Tuve a mi hija, y, seis años después, a mi hijo. Para empezar, mis padres nos apoyaron, nos avalaron, y comenzó a ir bien la cosa, pero de la noche a la mañana me encontré con 28 años, sin un duro, de vuelta. Tras un divorcio, con dos niños pequeños, empecé de cero. Mi familia me apoyó. Y empecé en la tienda de ropa de una amiga.

-Le sonrió la suerte, hasta que llegó el chapapote.

-Mi mundo era el mejillón, comencé con un beneficio de 5 pesetas. Cuando la cosa empezó a ir bien quise tener mi propia depuradora. Me metí en una nave impresionante, los bancos me dicen adelante... pero ¡ah!, se hunde el Prestige, y me cierran las puertas. Y empieza mi hecatombe. Mi madre el plan de pensiones que tenía lo vendió para prestarme.

-¿De ese momento es su frase «Salvo las gallinas de mi madre, lo tengo todo hipotecado»?

-Ahí estamos, fue en el 2002. Mis padres y mi hermano lo que tenían me lo dieron, así que si la empresa no iba adelante tiraba por la borda el esfuerzo de toda una familia. La necesidad te obliga. Las mujeres tenemos una sensibilidad especial, que puede ser pararte a pensar en el súper qué necesitas, qué quieres comprar. Yo cuando llegaba a casa a las cuatro de la tarde compraba la Florette, porque quería llegar rápido y comer, no ponerme a lavar una lechuga. Y quise hacer lo mismo con el mejillón.

-¿La llamaron «loca» muchas veces por seguir su instinto?

-La palabra loca me ha acompañado a lo largo de los años.

-¿Cuánto facturan hoy?

-Unos 22 millones anuales... ¡vendiendo mejillones, eh!

-¿Hay paridad en Linamar?

-Diría que un 80% de directivas de mi empresa son mujeres.

-¿Sufrió lo suyo como madre?

-Para mí lo más duro era dejar a un hijo con fiebre para viajar por trabajo a Madrid... Pero la cosa está cambiando. Mis hijos han sabido siempre lo que vale un peine. Y a los dos, hija e hijo, los he educado igual. Creo en la pasión y en la ley del esfuerzo.

-¿Disfruta como abuela?

-¡Ser abuela es la leche! Ejerces de madre lo que te gusta y lo otro se lo dejas a los padres, ja, ja, ja. La alegría de mi vida es Alma. Y quizá una buena continuadora de la saga.

-¿La receta del éxito?

-Que te encante lo que haces.

-¿Lo mejor de su vida?

-La familia. Somos una piña. Aquí hay un problema, y es un problema de todos. Una alegría es una alegría en familia. Mi gran pena es que mi padre, que murió hace 12 años, no vea lo genial que estamos ahora.

-¿Es sentimental?

-Sí, soy de las que lloran en las películas, ¡en las malas! Hay quien me llama ONG Linamar. Mi madre dijo una vez: «A ver si le encuentran un novio que no le dé, pero que tampoco le pida», ja, ja, ja. A veces pienso que me gustaría encontrar a alguien que... Para estar con alguien, tendría que ser un hombre al que admire, como persona. Pero me he ido haciendo independiente y cada vez más casera. 

-¿Qué les pide a los políticos?

-Que no fastidien. Yo soy políticamente incorrecta.

-La felicidad en una escena.

-Estar en casa, viendo llover, tranquila, con unos gin-tonic, mi madre con un ron con naranja... Estar a gusto en casa. Eso es felicidad. Lo más importante no se compra con dinero.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Comentarios

Lina Solla: «Me veo igual que un hombre, o mejor»