No hay sonrisas en Cambados

A la espera de que Guillermo aparezca, hoy se despedirá a los tres vecinos cuyos cuerpos fueron rescatados del mar


cambados / la voz

Hay ocasiones en las que la tristeza es tan intensa que se puede tocar. Que se enreda en el pelo, en la ropa, que lo impregna todo, hasta el aire que respiramos. No es un mito. Ayer, en Cambados, la tristeza era contagiosa. Cuando se encontraba, la gente no se saludaba con sonrisas, ni se felicitaba las fiestas. «Este ano non hai Nadal», decía a las puertas del Concello una mujer, con los ojos hinchados por las lágrimas vertidas. Faltaban unos minutos para las doce del mediodía, la hora marcada para rendir homenaje a las víctimas del Sin Querer Dos. Con la corporación al frente, con los responsables de la cofradía perdidos entre la multitud, la nutrida representación del pueblo guardó un silencio ominoso, en el que se percibían las vibraciones del llanto contra el que casi todos batallaban. Cuando sonaron los primeros acordes de la Negra Sombra, muchos no pudieron contenerse más. Asomaron las lágrimas, los pañuelos, las manos cogidas en busca de consuelo.

Pero no es sencillo calmar un dolor tan intenso. «Esto é un pobo. Aquí coñecémonos todos, medramos todos máis ou menos xuntos. E dunha forma ou doutra, esta desgraza chegounos a todos», reflexionaba María José Cacabelos, la concejala de Mar. Y por eso, todo el mundo ha intentado mostrar su respeto y su dolor a las familias: el Concello ha decretado luto oficial hasta la medianoche de mañana, sábado. La Navidad se ha apagado. Los colegios han suspendido algunos de sus festivales. Y la cofradía ha decidido suspender su actividad hoy, mañana y pasado. «Non hai mar, non hai peixe, non hai lonxa», decía ayer un dolorido patrón mayor. El miércoles, Ruperto Costa y varios de sus compañeros de cabildo habían recorrido los puertos de la tragedia intentando despejar dudas, buscando certezas que poder transmitir a unas familias desesperadas. Fue, la suya, la mejor muestra de respeto y afecto.

Pero no fue la única. Hoy, en la plaza de abastos, no habrá pescado. Ayer, ya funcionó a medio gas. Las peixeiras trabajaron haciendo de tripas corazón, con los labios apretados y los ojos bajos, mirando de reojo los puestos vacíos de algunas de sus compañeras. Porque las mujeres de Manuel y de Guillermo, así como la hermana de Teófilo, son sus compañeras. Las bancadas que suelen llenar con su producto y sus risas estaban ayer vacías. Frías. Inertes. «¿Como imos estar nós? Elas son compañeiras nosas, a eles coñeciámolos a todos... E ademais eu tamén son muller de mariñeiro. ¿Como imos estar? Desexando marchar para casa».

Un bálsamo

Esas muestras de dolor son, probablemente, el único bálsamo que tolera una herida abierta, sangrante mientras el cuerpo de Guillermo no aparezca. Además del afecto de los vecinos, que desbordaron por la tarde la capilla ardiente instalada en O Pombal, las familias recibieron ayer las condolencias oficiales. Por la mañana, al minuto de silencio se unieron el delegado del Gobierno, Javier Losada, y la subdelegada en Pontevedra, Maica Larriba. Por la tarde, la Secretaria General de Pesca acudió a O Pombal, hasta donde también se acercó el líder socialista Gonzalo Caballero. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hizo llegar a Cambados sus condolencias, igual que Carmela Silva. El Concello de Vigo se solidarizó con el dolor de la localidad del Albariño. Y lo mismo hizo Sanxenxo, municipio hermano en este dolor sin precedentes.

Las familias de los fallecidos pidieron un rato para estar a solas con sus seres queridos. Para llorar tranquilos, cobijados de las miradas ajenas. Estaba previsto que la capilla ardiente se abriese al público a las cinco de la tarde, pero finalmente los tiempos se dilataron y las puertas no se franquearon hasta el filo de las siete de la tarde. Pero, al frío de la tarde de diciembre, los vecinos aguardaban a la puerta. Marineros veteranos, muchos de ellos jubilados, echaban la vista atrás para recordar todas las tragedias que el mar ha dejado en Cambados. Desde el Bahía, hasta una vieja historia de seis hombres muertos en un naufragio «hai sesenta anos».

Cambados era ayer un pueblo sin sonrisas, una localidad desolada. Con la misma timidez con la que en el cielo intentaba brillar el sol, asomaban a muchas bocas los nombres de los supervivientes. En Cambados viven dos: Carlos Costa y Diadji. Carlos ya está en casa, arropado por la familia y los amigos. Empezando a digerir su condición de superviviente. Diadji, cuentan sus amigos, sigue en el hospital, recuperándose lentamente de un golpe de mar que ha robado cuatro vidas, pero que ha cambiado el rumbo de muchas más.

Hoy por la tarde, a las cuatro, se oficiará en O Pombal -un lugar muy querido por los fallecidos- la misa funeral. Está previsto que la oficie el Arzobispo de Santiago, Julián Barrio. Si el mar quisiese devolver el cuerpo de Guillermo, los planes variarían para que este pudiese ser enterrado junto a sus compañeros. Su familia, atendida por psicólogos, intenta asumir lo ocurrido. Aunque parezca a estas alturas imposible, la vida tiene que continuar.

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