El guardián de la cartelería del Albariño desde hace medio siglo

También posee numerosas pegatinas, invitaciones al xantar, etiquetas y actas de las primeras catas


cambados / la voz

Despliega su tesoro en la mesa de la cocina. Benito Charlín Abal lleva medio siglo recopilando carteles, pegatinas, programas y etiquetas de la Festa do Albariño. Sus joyas de la corona son una etiqueta de 1963, el programa de 1964, otra pegatina de 1971 «que non ten ninguén en Cambados» y el cartel con el dios Baco que pintó Lino Silva, al que hubo que acabar incorporando unas hojas de parra en las partes pudendas por aquello de la censura de la época. Son casi como los hijos, no resulta fácil elegir. «Gustáronme todos os carteis da festa, o de este ano tamén, paréceme moi orixinal», reflexiona. Y por supuesto, el merchandising del 2017 está ya incorporado a su colección desde hace semanas. Charlín no falla. Acude puntualmente cada verano al Concello a hacerse con el material en cuanto sale de la imprenta, incluso lo hacía cuando estaba emigrado en Alemania.

Esta perseverancia nace de su afición por el coleccionismo en general y de su amor a la fiesta en particular, no en vano Charlín es uno de esos cambadeses que vive el Albariño a tope. «Un grupo de amigos temos o costume, xa o primeiro día da festa, de ir tomar uns viños a Calzada e logo ir comer, desfruto moito con esta festa», comenta. «A boa pinga» se llamaba la peña que formaba con Galiñanes, Silverio, Moncho, Victorino y otros, en la que no faltaba su particular cata y el premio «labios de oro» para el mejor ribeiro entre tanto albariño. El espíritu festeiro de aquellos precursores sigue vigente en las nuevas generaciones, y Benito está encantado. Del Albariño de los años setenta y ochenta han cambiado muchas cosas, pero él no es de los nostálgicos de los puestos hechos con tablones ni de aquella fiesta alejada de multitudes. «As cousas teñen que evolucionar, está moi ben que Cambados se coñeza en todo o mundo».

En todo caso, tampoco se olvida de quienes pusieron los cimientos para que la fiesta llegase a ser lo que es hoy, y menciona a Joaquín Fole, a Marcelino Torres, a Xoán Antonio Pillado y a las mujeres de las familias Cabanillas y Botana, que cocinaban las empanadas de las que daban cuenta los primeros albariñenses.

Su colección resulta una buena guía para seguirle la pista a los cambios que ha experimentado la fiesta en cinco décadas: de cuando, a falta de denominación de origen, los vinos se etiquetaban con la imagen del cartel oficial y de cuando las actas del concurso del vino se redactaban como piezas literarias. También las tiene, así como numerosas invitaciones al Xantar do Albariño que nunca usó. «A miña festa é a do pobo, pero este ano vou ir á comida por primeira vez, a ver como é iso», comenta.

A su colección no le faltan novias. Mucha gente le pide los originales para hacer copias y también cedió su material para las exposiciones del Museo do Viño y la que se organizó con motivo del cincuenta aniversario de la fiesta. «Estou encantado de poder colaborar».

Al abuelo Muxe, como le llaman sus nietos, todavía le quedan fuerzas y entusiasmo para seguir agrandando su legado, que será para su hijo Nito, nos desvela. Su otro vástago, Xurxo Charlín, tendrá que conformarse con hacer copias de los carteles como las que cuelgan en su despacho de concejal en el Concello cambadés.

La fiesta no es su única debilidad. Benito Charlín también coleccionó sellos -muestra ejemplares dedicados a la propia fiesta, de 1976- y conserva todos los carnés que tuvo como socio del Juventud de Cambados, del Xuven y del desaparecido club de remo. En su piso de O Pombal ya no hay sitio para más. «Teño os caixóns cheos», explica mirando a su mujer, y todo apunta a que tendrá que buscar más cajones para lo que depare el futuro.

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