Adiós al negocio que amuebló buena parte de la ría

La Mueblería Saavedra, centenario establecimiento vilagarciano, cerrará sus puertas la próxima semana. El abuelo Alfonso comenzó en 1906 con una mueblería que se convirtió en toda una referencia


vilagarcía / la voz

«Cerramos porque queremos y sin deberle ni un euro a ningún proveedor. Como debe ser. Somos así de parvos», proclama orgulloso Alfonso Saavedra. Fue en 1906 cuando Alfonso Saavedra Rúa abrió la mueblería. Luego tomaron el relevo Daniel y Carmiña (padres de Alfonso) y Santiago y Fita (padres de Juan Jesús). «Mi tía Fita estuvo al pie de cañón muchos años, y es la única que está viva de los cuatro», apunta Alfonso. Y la mueblería Saavedra se hizo un hueco ya no solo en Vilagarcía, sino en toda la provincia y en el Barbanza, que de ahí también llegaron muchos clientes. Se convirtió en todo un clásico, como lo fue Galerías Eduardo y lo es todavía Cancelo.

El abuelo Alfonso arrancó con su negocio, pero no en su ubicación actual, y lo hizo fabricando él mismo los muebles. Fue a mediados del siglo pasado cuando llegó la mudanza para asentarse donde ahora está. Un edificio en la calle Rey Daviña, que ahora, con el inminente cierre, es todo un caramelo por su ubicación.

A Alfonso no le fue difícil tomar la decisión, pese a que lleva en el negocio familiar toda la vida. «Más de cuarenta años llevo. Quise venir. Dejé la carrera de Medicina en segundo, con primero aprobado, hice la mili y me vine para aquí. Me apasionaba el comercio», recuerda. «En junio fue cuando decidí que teníamos que cerrar. No podía más. Llega un momento en el que tienes que parar», explica.

Hubo tiempos mejores y otros peores, pero, como subraya Alfonso, «el comercio es una forma de vida». A él, uno de esos tipos que conocen a todo el mundo, le encanta estar de cara al público, pero aún recuerda los apuros durante las crisis -las nombra en plural porque cuarenta años dan para mucho- y cómo muchas veces había que poner al mal tiempo (en forma de cliente sabidillo o maleducado, que de todo hay) buena cara.

«Hemos amueblado a diferentes generaciones. Somos una referencia», presume Alfonso, que rememora alguna batallita de aquellos años. «Recuerdo ir en la barcaza a A Illa y pasar el día entero allí para poder hacer el trabajo», apunta.

Mucho ha cambiado todo últimamente. «Las perspectivas para el comercio tradicional no son las más favorables. Nunca será como antes, será otro tipo de comercio, pero también cercano, porque hay cosas que quieres comprar al natural. Si compras un sofá o un colchón lo quieres probar y eso aún lo tienes en los establecimientos tradicionales», explica.

No le han dado mucha bola al cierre los Saavedra, pero la noticia corre a toda velocidad por Vilagarcía, pese a que pusieron los carteles que anunciaban la liquidación solo hace unos días. La respuesta de la clientela es la esperada tras tantos años de esmerada atención. «Con los clientes habituales ya pasas a tener un cierto grado de amistad, claro. Es inevitable. Con pensar que has tenido suerte por conocer a una buena persona gracias a tu negocio ya te compensa», apunta Alfonso.

El edificio era de sus padres y de sus tíos. No hay todavía un futuro establecido para él, pero, como apunta Alfonso, «si se alquila o se vende es otra pensión que me queda».

No tiene todavía muy definido Alfonso cómo será su día a día a partir del día 1. Sí tiene, sin embargo, un proyecto claro aunque sin prisa para realizarlo. Quiere organizar una exposición-homenaje a su hermano Jose, pintor ya fallecido. «Desde que murió, periódicamente nos lo llevan diciendo distintos artistas», dice, pero es algo que va con calma. «Todavía no hablé con nadie», reconoce. Eso sí, a partir de dentro de unos días ya tendrá «el tiempo y las ganas. Hasta ahora no tenía ganas de nada después de todo lo que me pasó», explica, recordando los duros momentos que ha sufrido al tener que asumir dolorosas pérdidas familiares. «Ahora ya estoy bien, pero lo pasé muy mal. En todos los sentidos», lamenta.

No le tiene miedo al primer día en el que no tenga la obligación de abrir la mueblería. «Vendré por aquí igual porque la tienda sigue siendo nuestra», dice. «Me dará pena cuando se alquile o se venda, pero las penas con pan también son menos», bromea. «Hasta aquí me dio el cuerpo y ya no puedo pedirle más. Sería una osadía», concluye.

Y con la tienda ya cerrada habrá otra pasión que Alfonso querrá retomar: la poesía. «Me gustaría, pero esas cosas no pasan cuando quieres si no cuando vienen», explica. Y tiene razón.

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