Touriñán: «Son chistoso cando me pagan»

No llegó a pintor ni a futbolista, pero tiene mucho arte y con su Manolo mete goles de risa como nadie

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cambados / la voz

Lo tenía pendiente y esta tarde saldará su deuda. Xosé A. Touriñán estará en la Festa do Momo, la despedida más multitudinaria del entroido arousano que contará con el de Culleredo como estrella invitada. De aquí a comprarse una casa en el pueblo no queda nada, bromea, pero el caso es que esta temporada se dejará ver bastante por tierras arousanas. Después de los carnavales volverá en Semana Santa, pero no para ir de procesión. El día 30 y 31 de marzo estrenará en A Illa Somos Criminais con Carlos Blanco y el 11 de abril hará doblete en Vilagarcía, porque una única función se quedaba corta a la vista del ritmo que lleva la venta de entradas.

Desde que un Día das Letras Galegas, hace quince años, asomara por Luar con Marcos Pereiro dando vida a las cantareiras de Ardebullo, Touriñán ya nunca se bajó del escenario ni dejó de ponerse tras las cámaras. Pronto lo veremos en la pequeña pantalla en una serie de narcos, dando vida a un hijo de Charlín, en Fariña. Entre tanto, sigue abonado a ese Manolo que asoma cada jueves por Land Rober junto a la exuberante Concha, personaje que lo ha acabado de encumbrar.

Por de pronto, ya ha conseguido ser un icono del entroido, codeándose con Trump, indios y peliqueiros. «Nestes días chegáronme unha chea de fotos de disfraces de Manolo e Concha polas redes. Todas as miñas personaxes acabaron sendo personaxes de entroido, e iso é un orgullo», señala.

Le pedimos que elija entre sus múltiples criaturas. No lo duda, se queda «coa nai de todas»: Mucha. Aquella paisana desdentada de delantal eterno le cambió la vida. «Eu de pequeno quería ser futbolista, aínda que non me gusta correr». Y como el balón no viene solo a las botas, decidió que no estaría de más cultivarse un poco y estudió Filoloxía Galego-Portuguesa, aunque a él lo que de verdad le hubiera gustado hacer es Bellas Artes.

Pocos saben que a Xosé A. Touriñán le tira lo de pintar, más los retratos que los paisajes, y que no descarta rescatar algún día los pinceles y los lienzos. Ahora no hay tiempo para eso. Está en un momento dulce de su carrera que le exige plena dedicación. Trabajo no le falta y se sabe afortunado por ello. «O outro día saía un informe que dicía que o noventa por cento dos actores non poden vivir disto, eu son un privilexiado», y si puede pagar sus facturas haciendo reír a quienes le rodean, qué más se puede pedir.

Touriñán tiene un don. De niño ya era la alegría de la casa, siguió provocando carcajadas en el instituto y ahora se desternilla con él toda Galicia. «É marabilloso poder alegrarlle a vida á xente». Le valen todos los formatos: los matices que le permite el cine, la «comida rápida» de la televisión y las distancias cortas que le proporcionan los escenarios, porque, como con la colonia, para Touriñán, mejor cuanto más cerca. «O que máis me gustan son os pubs, aí é onde colles callo».

Los directos lo curtieron y con ellos se licenció como maestro de la improvisación y esa retranca que no siempre es bien entendida fuera de Galicia. Pero su talento derriba barreras y se llevó sus chistes a la capital, al Club de la Comedia ni más ni menos, y el galleguiño triunfó.

A María Teresa Campos le dijo que no, «porque para facer o que xa fago aquí, quedo», aunque tampoco se pone límites. «Penso máis rápido en galego, pero se soubera inglés, intentaría facer humor inglés. A cuestión é buscar os referentes axeitados para que a xente comprenda o humor», señala. Jugando en casa no falla. ¿El 155?. «Non é un mal coche ese», suelta. Y el auditorio se ríe, no hay que explicar nada más. El alcalde de Vilanova, Gonzalo Durán, lo calificaba el lunes de hombre alegre, pero Touriñán desmonta este tópico. Quién lo diría. Se confiesa una persona introvertida y seria, cada vez más, quizá porque la fama se ha convertido en una compañera de viaje inseparable. Imposible pasar desapercibido con semejante cabellera. Todo el mundo le pide una foto y todos esperan de él una gracia y una mueca. «Eu son chistoso cando me pagan», matiza, pero que nadie interprete esta sentencia como una señal de soberbia. «Quizais o peor da popularidade é para a xente que vive contigo, eu, a verdade, pásoo moi ben e, xa digo, considérome un privilexiado». Así que esta tarde pintará la mona, que diría Roberto Vilar, codeándose con el mismísimo dios del entroido vilanovés.

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