El gaiteiro que no hace ascos a ninguna aventura

Simón se estrena en el Barco de los Locos, una especie de ONU flotante, para actuar en A Illa y poner rumbo a Cabo Verde


a illa / La voz

Los contratiempos, esos sucesos inoportunos que obstaculizan el curso normal de las cosas, pueden ser motivo de celebración. Buena prueba de ello es Simón Sineiro Leiro, el vecino de Portonovo de 33 años que se estrena estos días en A Illa como el nuevo tripulante del Barco de los Locos, ese en el que personas de distintas nacionalidades llevan ya 28 años jugando a atravesar el mundo y dejando, allá por donde pasan, el recuerdo de sus funciones y una duda en el aire: ¿quiénes son los verdaderos locos?.

La incorporación de Sineiro en este buque no sé debe a un contratiempo. Fueron dos. Dos averías de la nave que le dieron la posibilidad de acercarse a puerto para preguntar por sus integrantes. Para conocer el transcurso de los acontecimientos hay que echar la vista atrás y ubicar en el mapa Pasaia, San Sebastián. Fue allí donde el barco se detuvo hace cuatro años a causa de la avería que les hizo suspender su viaje durante dos años. «Estaba por esa zona cuando me enteré de que estaban pendientes de una reparación y aproveché para acercarme hasta el puerto para conocer a la tripulación y ver si necesitaban algo», recuerda. Volvió al año siguiente, como parte de un nuevo viaje, a visitarles. Nada le hacía sospechar que una nueva avería, esta vez más cerca de casa, le daría la posibilidad de iniciar una trayecto muy diferente a los que guarda en su mochila.

«A nadie le sorprende, siempre fui muy aventurero y viajero», asegura Simón sobre un viaje que comienza con una amplia lista de actuaciones ese fin de semana en A Illa y que tiene como destino el Festival Internacional de Teatro de Mindelo, en Cabo Verde. A partir de ahí, ya se verá. Y, aunque lleva solo una semana viviendo en el barco, lo tiene claro: «me encantaría poder seguir, al menos, hasta el verano», señala. No es el único nuevo: acaban de embarcar su novia, Ginni, una joven italiana a la que conoció en Redondela; y Zaira, una cántabra que ya se está ejerciendo de directora de teatro.

Aunque todos hacen de todo y a Simón le tocará también actuar, su misión de cara a la obra que interpretan será acompañar con su música a lo que va sucediendo en escena. Para él, misión sencilla. Lleva consigo a su mejor aliada: la gaita que le acompaña en cada viaje y con la que consigue completar los ahorros que acumula trabajando en un restaurante de Portonovo cada verano. Su mundo va al revés: el período estival lo destina a colaborar en el negocio familiar y el resto del año lo pasa allí donde cuadre. Y, le ha cuadrado ya por medio mundo. ¿El lugar que más le ha gustado?. Difícil. Pero, «si tengo que elegir me quedo con Grecia y la India», señala. Eso sí, con un matiz: en el primero viviría, y el segundo le gusta para ir de vacaciones. En ambos, su gaita ha dejado melodías gallegas en el ambiente.

Tenía dieciocho años cuando decidió que quería recorrer mundo. Viajó solo a Edimburgo y, desde entonces, solo se quedó dos inviernos en casa. Los que pasó trabajando en una taberna con un amigo. Las anécdotas son múltiples y variadas. No podía ser de otra manera. «En un viaje a Canarias, a mi hermano le ofrecieron vivir la experiencia del Barcostop y viajar en un velero a Sudamérica. Era la noche de fin de año, salimos, y por la mañana le acompañamos Ginni y yo al muelle para despedirle con una canción de gaita», recuerda.

También él tuvo la posibilidad de viajar gratis. Fue a Venezuela. Todavía lo recuerda impresionado. «Un gallego que vive allí y que estaba buscando músicos para celebrar por todo lo alto su cincuenta aniversario nos pagó a un buen número de personas el viaje», relata Simón. La gaita, que aprendió a tocar en la taberna Heicho de dar queridiña, en Insua, volvió a ser entonces un valioso tesoro. Con su inmersión en el Barco de los Locos, dará un paso más allá. Será el momento de meter el pie en el mundo de la actuación. «Es lo que me parece más complicado», señala. En A Illa tendrá tiempo a tomar nota. Les esperan dos días ajetreados. En los que sacarán las gradas al muelle para ellos no bajarse del barco y demostrar que no es de locos buscar otra forma de vivir.

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