Donde las pulgas se cuecen en las manos

Llegó de la Antártida en febrero y ahora cuenta en los colegios su experiencia en el continente helado


A Illa / la voz

La idea la tuvo, de nuevo, Charo. La profesora está empeñada en ampliar los horizontes de sus alumnos más allá de los libros de texto de modo que tan pronto monta un huerto en el patio del instituto como organiza una charla. Ayer llevó al centro a Luis Sampedro para hablar de la Antártida. Este biólogo de la Misión Biolóxica de Galicia volvió en febrero de una expedición en el continente helado y lleva ya unas cuantas conferencias en centros educativos para explicar su experiencia, de la mano del programa Expericiencia, del CSIC y de la Fundación Barrié.

Qué puede haber más gratificante que escuchar a un niño decir que él también quiere ser biólogo e ir a investigar a la Antártida nada más salir del aula. Luis lo consigue, y en ello tiene mucho que ver, además de su trabajo, su forma de contarlo, didáctica y amena, con alusiones a Nemo y Ice Age, para que a los chicos les sea más fácil identificar los conceptos. «Se se derretera o xeo da Antártida subiría o nivel do mar tanto que chegaría a Santiago», explicó ayer ante los alumnos de primero de la ESO de A Illa.

Al científico no le hace falta recurrir a tecnicismos ni a una marea de cifras para explicar que el calentamiento global está haciendo estragos y que los ecosistemas de la Antártida penden de un hilo. Según relató, hace solo un siglo, en 1911, que el hombre descubrió el continente austral y que hasta hace poco, su única motivación para viajar hasta el otro lado del planeta era para expoliarlo. De las 350.000 ballenas azules que vivían en sus aguas, «como a poboación de Vigo», quedan solo mil quinientas, y un millón de focas sucumbieron al machete para proveer de pieles a los cazadores. Son solo algunos de los datos que el biólogo desgranó ayer, aunque lo que más impresionó al auditorio es su relato de cómo se le cocían las pulgas de mar en las manos. Acostumbradas a vivir a temperaturas de dos grados bajo cero, el simple contacto con el cuerpo humano provoca que se mueran y que, literalmente, se cuezan entre los dedos. «Quedan cocidos, de cor laranxa. Isto da idea da fraxilidade do ecosistema». ¿Y a qué saben?, preguntó Gabi: «A camarón». La concejala de Medio Ambiente de A Illa y Víctor, otro de esos isleños preocupados por el medio natural, no dudaron en mezclarse con los alumnos de primero para escuchar los conocimientos y las peripecias de este gallego de Aguiño en la Antártida. El biólogo estuvo dos meses en la base española Gabriel de Castilla dentro de un programa de la Universidad de Vigo para estudiar la fauna y flora de este continente, y sus expectativas sobre la belleza y la dureza del paisaje se vieron cumplidas con creces. La primera sensación que le despertó su nuevo destino se desató en la pituitaria, porque estaba todo cubierto de nubes y apenas se veía nada. «O primeiro que notei foi o cheiro a pingüín, a galiñeiro, a peixe podre», desveló. Una vez instalado pudo comprobar que la isla Decepción, «estaba chea de bichos» y que rebosaba vida por todas partes. «Trabállase todo o día moi duro pero ves cousas que non teñen prezo, como estar ao lado da praia e toparte cos pingüíns e cos lobos mariños».

Salir al exterior de la base requiere una logística en toda regla: ropa de abrigo, mantas, radio, bengala, GPS? y nada de ir solo, siempre hay que hacerlo acompañado y muy pendiente del parte meteorológico pues las tormentas, aunque sea en pleno verano, son repentinas y virulentas. A cubierto, Sampedro convivió durante dos meses con cuarenta personas en doscientos metros cuadrados, y eso tampoco es fácil. «Para esa parte tamén hai que valer, hai que ser educado e compracente». Es preciso organizarse para limpiar, para dormir, para comer... y adquirir hábitos como cerrar la nevera para que los alimentos no se congelen. A veinte grados bajo cero hay que cambiar el chip porque el día a día nada tiene que ver con la Europa atlántica. Pero vida hay, y mucha, sobre todo en la costa. En el centro del continente, a 4.500 metros de altitud y a 80 grados bajo cero, la situación es mucho más que extrema. Al lado del mar es otra historia. Las corrientes oceánicas dejan un festín de plancton y kril que alimenta a toda la cadena trófica, hasta alcanzar a los grandes mamíferos como las focas leopardo y las ballenas.

Sampedro está «contentísimo» de poder trasladar su experiencia a los chavales -aunque cincuenta minutos de tiempo le saben a poco- y contribuir, así, a que conozcan nuevos mundos y a que se conciencien sobre la necesidad de cuidarlos.

Su primera sensación al llegar a la base fue la del mal olor que dejan los pingüinos

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